(T2) Si no eres tú -VI-

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Toda sanación precisa de terapia. Del mismo modo que cuando nos rompemos un tobillo necesitamos semanas de rehabilitación, cuando lo que se ha roto es el corazón, necesitamos hacerlo latir, aunque sea lentamente, para volver a poner el motor en marcha. Deberíamos tomarlo como un tratamiento con prescripción médica: tres tomas de coraje cada ocho horas después de las comidas para autoconvencernos de que debemos olvidar al que se fue y acoger a un nuevo aspirante a ocupar nuestro corazón. Pero yo me pregunto, ¿sois igual de conscientes que yo de que en el fondo estamos protagonizando una mentira para engañarnos a nosotras mismas acerca de lo que en verdad sentimos? ¿Significa que somos un fraude como mujeres modernas y liberadas porque, a nuestro pesar, nos sigue costando la vida acostarnos con alguien a quien no amamos? ¿Es una especie de performance de mierda, en definitiva, para conformarnos con lo que tenemos, porque lo que en realidad queremos es completamente imposible?

Víctor vivía en un precioso ático en el centro. Yo había decidido coger un taxi hasta su casa, porque ya que iba dispuesta a dejarme emborrachar, no quería que el alcohol me impidiera salir corriendo si llegaba el momento de poner pies en polvorosa. Me abrió la puerta con unos pantalones anchos de lino, color azul oscuro y una camiseta de manga larga remangada por los codos. Tomó de mis manos la botella de vino blanco que había llevado, un chardonnay delicioso de los que nunca me faltaban en casa, y me pidió que soltara mi bolso y lo acompañara a la cocina. Víctor estaba cocinando el salmón que habíamos comprado en Ikea y unos medallones a base de patatas con brócoli, puerros, cebolla y queso. Olía de maravilla. Abrí el vino y serví dos copas. Mientras él terminaba, le pedí permiso para curiosear por su salón.

La decoración era acogedora: una mezcla de estilos entre lo funcional y lo decorativo con una esencia muy masculina. En un rincón junto a la mesa del comedor tenía un aparador cargado de revistas de historia y una pila de libros cuidadosamente amontonados. Varias librerías pequeñas se repartían por las paredes, con las baldas atiborradas de ejemplares rebosantes, que me recordaron a una maleta a la vuelta de un largo viaje. Descubrí con agrado que compartíamos algunos gustos en cuanto a autores. También tenía muchas fotografías colgadas de las paredes, que él me explicó desde la cocina que había tomado él mismo en sus viajes. Cuando volví a la cocina, ya estaba emplatando y me pidió que le ayudara a poner la mesa en la terraza.

Me maravilló lo amplia que era, y él me confirmó que tenía casi los mismos metros cuadrados que el resto del piso. Me dijo que era una ventaja increíble para acoger reuniones de amigos, aunque la desventaja era que siempre le tocaba organizarlas a él. Antes de sentarnos, puso un poco de música de fondo, algo de jazz, o bossa nova con una mezcla de ritmos caribeños, no sabría decir.

Durante la cena, después de charlar de lo divino y de lo humano, le pregunté por su situación sentimental. Obviamente no estaba casado, pero necesitaba saber si alguna vez lo había estado.

—No, nunca encontré a la mujer perfecta —me respondió—. He tenido relaciones estables, pero nunca he sentido que quisiera compartir el resto de mi vida con ninguna de ellas.

—Vaya —le respondí dando otro sorbo a mi vino—, ¿tampoco tienes hijos?

—Tampoco. Una vez, la que era mi pareja me lo pidió, y estuve a punto de acceder, pero mientras lo buscábamos, todo se torció. Se obsesionó tanto en buscar el embarazo que le cambió el humor y se transformó en otra persona. No pude seguir. ¿Qué hay de ti, Salomé? —me preguntó, mirándome por encima de su copa—. ¿Estás casada?

La pregunta me pilló por sorpresa.

—En absoluto —negué rotundamente—. Si lo estuviera, ¿crees que estaría aquí contigo?

—No me dedico a juzgar a las personas.

Su respuesta me descolocó de forma positiva, pero tuvo que añadir:

—Aquella vez que nos encontramos en La Alameda…

Levanté la mano pidiéndole que no siguiera por ahí. No, no iba a consentir que Víctor y yo acabáramos hablando de Eme, porque siempre que aparecía en mis conversaciones, terminaba llorando a moco tendido.

—¿Qué esperas tú de esta cita? —le lancé, cambiando de conversación.

—¿Yo? Pues pasar un rato agradable, con una mujer preciosa que además tiene una buena conversación. Nada más —se echó hacia atrás en su butaca—. ¿Por qué? ¿Debería esperar algo más?

No supe qué responderle. Claramente, estábamos entrando en zona pantanosa y él jugaba a manejarse en el terreno difuso de la insinuación. Decidí jugar a su juego. Me levanté, dejando que la raja de mi vestido largo se abriera hasta casi enseñar las ingles, asegurándome de que él disfrutara del espectáculo. Crucé toda la terraza contoneándome despacio y me asomé a la barandilla. Desde allí, le pedí que me acercara un cigarillo. Él se acercó solícito, encendió el pitillo y me lo ofreció. Sin dejar de mirarlo, le di la primera calada y le eché el humo en la cara.

—Ya te dije una vez que eso tiene un significado —respondió muy pausado.

Lo miré con media sonrisa en los labios y me atreví:

—¿Y a qué estás esperando?

Me quitó el cigarro de las manos y lo apagó en la maceta más cercana. Luego me tomó de la barbilla y, colocándose muy cerca, me besó. Y para mi delicia, lo hizo muy bien. Por un momento, una fracción de segundo, sólo un destello, apareció el recuerdo de Eme, pero enseguida me recordé en qué parte del mundo estaba él en aquel momento por voluntad propia, así que pasé mis brazos alrededor del cuello de Víctor y dejé que me llevara a la cama.

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