(t2) Si el sexo no funciona… -XIII-

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Sexo y amor. Un clásico entre los clásicos. Cuántos ríos de tinta se han escrito ya sobre el tema. Afortunadamente, parecemos tener superado ya que si dos personas buscan sólo sexo no hay ningún inconveniente en satisfacer el deseo mutuo pero, sin embargo, aún seguimos dudando sobre la pertinencia de ser demasiado rápidas a la hora de disfrutar del placer con un hombre cuando en la ecuación entra en juego una tercera incógnita:  si éste te importa como para plantearte una relación seria, ¿es un error tener sexo con él a la primera de cambio? ¿Condicionará eso todo el futuro que podáis tener juntos? ¿Catalogan los hombres a las mujeres que se meten en sus camas en la primera noche o es un temor que nosotras proyectamos hacia ellos, propio de la moral victoriana del siglo diecinueve? Y sobre todo, en nuestro afán por que nos tomen en serio, ¿nos arriesgamos a establecer un vínculo sentimental con alguien que luego puede no gustarnos entre las sábanas? ¿Le concedemos las mujeres menos importancia a la compatibilidad sexual que ellos? En definitiva, ¿somos nosotras capaces de continuar una relación con un tío que no es bueno en la cama?

Dado que las intenciones de Emi continuaban por el camino de escaparse para conocer a su donjuán tinderiano, y dado que yo no tenía a los niños y que ya me había hecho a la idea de pasar un fin de semana de literatura en soledad para cubrir a mi amiga y asegurarme de que el tipo no fuera un degenerado ni un asesino en potencia, el jueves la invité a cenar a casa para ultimar los detalles de nuestra escapada. Ella seguía sin confesar a las demás nuestros planes y yo no tenía más alternativa que acatar su decisión; al fin y al cabo, no era asunto mío.

Emi me detalló que el plan era llegar a eso del mediodía, fijar un encuentro en algún lugar público donde pudieran al fin conocerse en persona y que me permitiera observar en un discreto segundo plano, y si la cosa marchaba, ella se marcharía con él, y yo tendría las siguientes horas para pasear a mis anchas y para ver museos. Cuando empecé a divagar con los planes que tenía para Málaga, volvió a sorprenderme:

—Ah, ¿pero no te lo he dicho? No vamos a Málaga, nos vamos a Badajoz.

A mi expresión de absoluto desconcierto le siguieron una serie de explicaciones sobre aquel nuevo candidato que había acabado ganando el concurso de “pasa una noche conmigo”. Desde luego, Emi estaba como una cabra y a mí me decepcionó un poquito. Me había hecho mis expectativas culturales con Málaga y ahora, ¿Badajoz? Me centré en el asunto. Emi me tenía maravillada con su nueva faceta de mujer fatal, pero tenía serias dudas de que fuera capaz de llevar a cabo ningún acercamiento más íntimo del de un par de besos con lengua, y así se lo hice saber.

—No llevo nada previsto, Salomé, y claro que tengo mis dudas —me decía mientras yo ultimaba el puré de calabacín y ponía una sartén a calentar para hacer unos perritos calientes a los niños de segundo plato—. La verdad es que no sé si es apropiado acostarme con él en la primera cita.

Me eché a reír.

—A ver, si vas hasta Badajoz para conocerlo, ¿qué crees que espera él? ¿Pasear contigo de la mano?

—Bueno, no sé. Es que los hombres son muy extraños. Nunca se sabe qué esperan de ti. Si los usas sólo para el sexo, les parece mal, pero si quieres algo más, tampoco les gustas. Me lo planteo como un experimento.

Cuando estaba sacando la batidora del cajón sonó el porterillo. Emi fue a abrir. Volvió a la cocina con una expresión de sorpresa:

—Es Diana. Ni una palabra de todo esto.

No me dio tiempo a preguntarle qué era exactamente lo que temía de que las demás conocieran sus intenciones, cuando mi amiga la diva entró por la puerta repartiendo besos.

—Bueno, ¿qué es esto? ¿No estaréis siendo felices sin mí, no?

—Hablábamos de tener o no sexo en la primera cita.

—¿Quién tiene una cita? —quiso saber Diana.

—No, ninguna, era una pregunta filosófica —zanjé yo—. ¿Qué crees que piensan los hombres de las mujeres que tienen sexo la primera noche?

Diana se sirvió una copa de vino. Me hacía feliz que mis amigas se sintieran como en casa.

—¿Y a quién demonios le importa lo que ellos piensen? ¿Para qué esperar? ¿No es una pérdida absoluta de tiempo?

—Bueno, si esperas conseguir algo más de la relación, quizás sea un error inaugurarla con sexo, porque hará que ellos no quieran nada más a partir de ese momento —dije yo, poniendo en marcha la batidora.

—¡Eso es absurdo! ¿Y si luego te decepciona? —Diana cogió una de las salchichas que tenía preparadas en la encimera y cortó un trozo del tamaño de un dedal—. ¿Qué te parecería hacer el amor con esto cada noche?

Nos echamos a reír. No se podía ser más gráfica.

—Pero puede que te guste mucho su personalidad y que el sexo no sea tan decisivo, ¿o no? —a Emi le salió su lado romántico, pero Diana no estaba dispuesta a claudicar.

—Cariño, si el sexo no funciona, no hay lugar para el amor.

Al sonido de nuestras carcajadas, mis hijos entraron en la cocina, preguntando por la cena. “Id a poner la mesa”, dije yo, “cenamos en cinco minutos”.

—Bueno —intervine, pidiendo opiniones—, ¿y si has tenido una relación con alguien hace mucho tiempo, aunque nunca llegaste a tener sexo, y ahora volviera a surgir la oportunidad, ¿no se consideraría una primera cita, no?

Diana me lanzó una mirada astuta:

—¿Has quedado con Coque?

Emi, que iba y venía del salón a la cocina ayudando a los niños, se paró en seco en la puerta de la cocina, queriendo saber, y yo sonreí bajando la mirada.

—Bueno, hemos estado hablando desde la semana pasada.

Emi comenzó a preguntar los detalles pero Diana seguía con la boca abierta sin dar crédito hasta que preguntó:

—¿Nunca te acostaste con él?

—Éramos dos críos, Di.

Ella fingió incredulidad, pero me conocía demasiado bien:

—¡Pero si tú ya no eras virgen! O al menos eso me dijiste hace mil años.

Emi seguía nuestra charla, mirándonos alternativamente a una y a otra como si de un partido de tenis se tratara.

—No, ya lo sé, pero él tenía una fama terrible de ligón y yo no quería contribuir a su lista de chicas fáciles.

—¿Durante dos años?

—Bueno, el caso es que ahora tendría la oportunidad de cerrar aquello. Catarlo de una vez, sacarme esa espinita.

Diana se encogió de hombros.

—No pierdes nada, aunque debes tener claro que las cosas ya no son como eran antes.

—Claro, claro, en fin, aún no lo tengo decidido. Prefiero esperar un poco más a ver.

Acabé sirviendo cinco raciones de puré y cinco perritos calientes, dos de ellos sólo con ketchup y los otros tres cubiertos de mostaza y cebolla crujiente deshidratada por encima. Esa cena, con una forma tan erótica, en compañía de mi amiga Diana, nos hizo acabar la noche del jueves llorando de risa, con las caras de mis dos hijos mirándonos sin entender nada. ¿Podría un hombre hacerte reír tanto?

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