(t2) Señales y más señales -XX-

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Todo en la vida son señales. Algunas las escuchamos, otras pasan desapercibidas y otras directamente las ignoramos. Paulo Coelho dice en su libro “El Alquimista” que el Universo fue creado por una lengua que todo el mundo entiende pero que ya fue olvidada. Y creo que tiene razón. O será simplemente que dotamos de significado aquellas circunstancias que la casualidad hace suceder en nuestros momentos más susceptibles. Es decir, ¿existen las señales en sí, o existen porque nosotras nos empeñamos en ver la conexión? ¿Es de ser un poco supersticiosas seguir creyendo en las señales? Cuando una pasa por debajo de una escalera abierta, durante los siguientes cinco segundos, ¿no se queda esperando que un piano caiga del cielo para destrozarle la crisma? ¿Nos pasa igual con las señales? Si no les prestamos atención, ¿nos quedamos un poco con la congoja de “a qué me estoy arriesgando exactamente”?

Hoy era el día en el que por fin Coque y yo íbamos a salir a almorzar. Un almuerzo rápido, una hora u hora y media en un bar cerca de mi trabajo para ponernos al día y salir de una vez de aquella extraña relación en forma de novio virtual desde el día de nuestro encuentro en el campo. No llevaba ninguna expectativa, no había querido analizar lo que iba a pasar ni cómo me iba a sentir, quizás el hecho de que no fuera un completo desconocido me hacía sentir más cómoda de lo que sería de esperar en una primera cita. Me esforcé en sacar el máximo de trabajo durante la mañana, por si tenía que entretenerme un poquito más en el almuerzo y pocos minutos después de la una, tocaron en la puerta de mi despacho:

—Salomé, un señor ha venido a verte.

Levanté la cabeza de mi ordenador extrañada, no imaginaba quién podía ser. Me dirigí a recepción y se me helaron las piernas. Me quedé parada en mitad del vestíbulo, incapaz de avanzar hacia él, maldiciendo que el Universo y sus puñeteras señales lo tuvieran todo tan bien orquestado, justo el día en el que había decidido tener una cita con un hombre.

Guille, el hermano de Eme, me miraba desde el mostrador, quizás un poco avergonzado, pero ante mi perplejidad, resolvió avanzar hacia mí, dispuesto a hacer lo que hubiera venido a hacer.

—Hola Salomé —me dijo plantándome dos besos— cuánto tiempo, ¿qué tal estás?

Yo seguía muda y asombrada y sólo esbocé media sonrisa. Me bullía la cabeza con mil preguntas y no sabía por dónde empezar.

—Te preguntarás qué hago aquí. ¿Tienes tiempo para una cerveza rápida?

Le pedí que me siguiera y subimos a la terraza. Pedimos un par de cervezas y nos sentamos al sol de febrero, que anticipaba ya la primavera. Encendí un cigarrillo y le pedí que me explicara el motivo de su visita.

—Las pasadas Navidades estuve visitando a mi hermano en Estados Unidos.

Estar allí sentada escuchando hablar al hermano de Eme me revolvía el estómago. Lo hacía más real, lo traía de vuelta al mundo de los vivos,  y abría una herida que aún no había terminado de cicatrizar.

—Lo vi muy desmejorado, ha perdido peso, se ha dejado barba, me pareció que estaba descolocado.

Empecé a cabrearme.

—¿Quieres que te cuente cómo lo he pasado yo?

—No, por favor —Guille me pidió una tregua, tomándome de las manos— no me malinterpretes, no he venido a lavar su imagen.

Guille suspiró y se pasó la mano por el pelo, en un gesto que me recordó terriblemente a su hermano, y añadió:

—Salomé, no hace falta que te diga que mi hermano está enamorado de ti.

Acabé por desesperarme.

—No, lo siento, no puedo permitir esto, Guille.

—Escúchame, necesito acabar lo que he venido a contarte.

—Pero, ¿con qué derecho? ¿Con qué derecho te presentas aquí después de seis meses para decirme todo lo que me quiere tu hermano? Se fue, Guille. Me dejó. Se acabó. He sufrido lo indecible para intentar continuar con mi vida y no es justo que vengas a recordarme que me quiere.

—Pero es que…

—No basta con querer. A veces, no es suficiente. A veces, es necesario ser un poco más valiente.

—Mi hermano ha sido muy valiente al emigrar, dejando atrás a la mujer que ama, por su hija.

—Tu hermano necesita emigrar de su zona de confort. Entonces, sí sería valiente. Ahora mismo, sólo es… un hombre común más.

Guille bajó la cabeza.

—Entiendo que estés dolida, pero aún así, escúchame por favor.

Apagué mi cigarrillo y encendí otro sin esperar.

—No creo que aguante mucho allí. Me lo llevé a tomar una cerveza a solas y me confesó que se ha dado cuenta de que está viviendo una mentira, y te echa de menos. Me dijo que no había conocido ni conocería a una mujer como tú. Que se arrepentía de cada segundo que no pasó a tu lado, y que no hay un sólo día que pase sin pensar en ti.

Me estaba asfixiando. Guille debió de notarme la angustia en la cara porque me dijo sin más.

—Me pidió que viniera a verte cuanto antes y que te diera esto —se metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un sobre acolchado amarillo—, lo siento, no he sido todo lo rápido que él habría querido, pero me ha costado un poco encontrar un hueco en el trabajo.

Me tendió el sobre que yo recogí como quien está aceptando un contrato con el diablo, sin saber si iba a atreverme a abrirlo algún día. Guille se levantó, me dio un sólo beso en la mejilla y me dijo a modo de despedida:

—Cuídate, le diré que estás preciosa.

Y me quedé allí, con el corazón encogido, la respiración agitada y una sensación de mareo que me impedía levantarme del taburete, mirando aquel sobre que me traía justo hasta mi hotel al hombre que había interpuesto un océano entre nosotros. Sonó mi móvil. Era Coque:

—Salo, ¿tardas mucho? Yo ya estoy en el bar.

Sacudí mi cabeza. Hoy no, señor Eme. Bajé a la planta baja, dejé el sobre en mi despacho y me fui a comer con Coque, tal y como había planeado. De todos los días del calendario, ¿era casualidad que Guille hubiera aparecido precisamente hoy?

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