(t2) Screen Mirroring -XXXIII-

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La vuelta desde Carmona a Sevilla me ofreció una magistral gama de naranjas, rojos y violetas, que sobre la cornisa del Aljarafe se desplegaba ante mis ojos con la caída de la tarde. El vasco descolgó el teléfono casi al primer tono de llamada.

—Aitor, ya sé lo que vamos a hacer.

—Tú dirás. Antes me puse a tu disposición.

—Aunque no sepa lo que contienen los documentos, supongo que si están escritos para ti, debes tenerlos en tu poder a la mayor brevedad. Eso haremos. Te los voy a llevar en un par de días hasta donde estés.

—Mañana salgo para Italia. Estoy cerrando acuerdos con los italianos, ahora que tenemos producción a un precio inmejorable desde Marruecos, también con un grupo distribuidor holandés que en la sombra mueven casi la mitad del mercado mundial de la conserva.

El destino caprichoso se empeña en retorcer a veces las situaciones, hasta convertirlas en rizos inverosímiles. No pude evitar recordar que Fatine nos había dicho en Fez que pensaba tomarse unos días de vacaciones en Italia.

—¿Puedo preguntarte a qué parte de Italia irás?

—Claro. Aterrizo en Fiumicino a las 21 horas. Duermo en Roma.  Al día siguiente por la mañana tengo una entrevista para firmar contratos, y al  siguiente con los holandeses en Pompeya por la tarde, firmaré otra operación muy importante. Saldré de Italia con las cuentas del 2018 muy saneadas.

—¿No te asusta la Mafia?

Lo dije en tono de broma, sin ninguna intención de generar en Aitor desasosiego pero las palabras despiertan paraísos y miedos, y en este caso, y tras un largo silencio, Aitor cosechó de lo segundo.

—Mira, no lo había pensado  pero, ahora que lo dices y si no te importa, te agradecería mucho el que amanecieras en Roma tú también. Te lo agradecería es un sentimiento, y por supuesto, la entrega de seguridad de los documentos y tu escolta por Italia, me la facturas sin dudar ni un instante. Es más, no te voy a preguntar por los honorarios, lo que factures será pagado y agradecido.  ¿Qué me dices?

¿Cómo negarse a tal propuesta? Aitor y su grupo de empresas se habían convertido en mi principal cliente del momento, de modo que era imposible negarse.

—Qué te voy a decir Aitor. Nos vemos en Roma.

—Ahora me ocupo de que te hagan las reservas desde Administración.

—¿A qué hora tienes la firma?

—A las doce.

—Si te parece quedamos a las once en la salida del metro de Colosseo. Es un sitio lleno de turistas, el Coliseo mueve un flujo constante. Los lugares muy concurridos suelen ser seguros para según qué tipo de encuentros.

—De acuerdo. Allí nos vemos.

Transitaba por la todavía solitaria SE-40 en el tramo que une la ruta que llega desde Madrid con la carretera de Utrera. Sin duda parecía haber comenzado una de esas épocas en la vida en las que el suelo se mueve bajo tus pies a fuerza de viajar. Mañana volaría hasta Roma, y todavía tenía que cerrar avión y hotel.

De nuevo en casa, deshacer equipaje, poner lavadoras, hacer equipaje y consultar vuelos y reservar fueron las actividades que llenaron mis siguientes horas. Por fin cerca de las 10 de la noche, el hambre me devolvió a la realidad.

Abrí una lata de espárragos de Tudela y metí en el microondas un tupper de pimientos de piquillo rellenos de bacalao. A punto de apretar el botón de power recordé que no se debe calentar la comida en recipientes de plástico, por lo que de cancerígeno tiene la cosa. Los coloqué en un recipiente de cristal y puse sobre ellos un plato. Reflexionaba mientras se descongelaban/calentaban durante tres minutos, sobre cómo a medida que vamos cumpliendo años, empezamos a tomarnos en serio determinados riesgos: el cáncer podía ser uno de ellos, enfilar la segunda parte de la vida en la mayor de las libertades, pero sin nadie al lado con quien afrontar algunos momentos… recordé las palabras de Diana, que no sabía si sería capaz de compartir su vida con alguien.

Instalé la cena en la mesita baja frente al sofá: los siete espárragos gigantes, un tarro de mayonesa, los pimientos y paté de venado con minitostadas. De la nevera traje medía botella de Ribera del Duero y un flan de queso a punto de caducar.

Encendí el televisor y a través de la función Screen Mirroring de mi teléfono móvil ocupé toda la pantalla con el contacto de WhatsApp de Diana. Marqué el icono de videollamada  y esperé a verla a tamaño natural sobre la pantalla plana de mi televisor.

Diana descolgó con una sonrisa amable. Mantuvo el teléfono cerca de su cara, de modo que el tiro de cámara no abriese el plano más allá del óvalo de su rostro. Me había dicho en multitud de ocasiones que le encantaba andar por casa medio desnuda, y como Narciso, mirarse en cada espejo mientras se lo pudiera permitir subida al carro de lo bello. Me pregunté, si la convivencia cambiaría en ella ese hábito y algún otro. La verdad es que la palabra convivencia se había instalado en un rincón de mi cabeza con tanta discreción como fuerza.

—Hola Di. Te estoy viendo en la pantalla de la televisión. Así me pareces más real.

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