(t2) ¿saben ellos que fingimos los orgasmos? -XVII-

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En la sociedad de la información en la que vivimos, donde todo conocimiento es accesible gracias a internet de manera instantánea, el problema aparece cuando uno cree saberlo todo. En el terreno sexual, hombres del mundo, lamento deciros que aún os falta mucho por aprender. La mayoría de las mujeres fingen orgasmos en sus relaciones sexuales porque sois incapaces de llevarlas al clímax y sí, nosotras también nos aburrimos en la cama. Así que, aprovechando esa ventaja técnica que la madre naturaleza nos da y sirviéndonos de vuestra ingenuidad para detectar un engaño, os hacemos creer que hemos acabado cuando en realidad, no es así. En este sentido me pregunto, ¿somos nosotras culpables de perpetuar esta situación si les hacemos creer continuamente lo bien que lo han hecho? ¿Saben ellos que tienen que trabajar más?

Llegamos a casa cerca de las dos de la tarde, con una resaca de mil demonios. Subimos a mi piso, nos preparamos algo ligero de comer  y nos tumbamos en el sofá a esperar a las demás. No tardaron en llegar. Diana apareció con una mirada divertida en los ojos, en el fondo estaba encantada de que Emi hubiera decidido añadirle algo de pimienta a su vida, y Mariluz hizo su entrada con una tarta de arándanos recién horneada y repartió un “no puedo con vosotras” para cada una.

Preparé una cafetera mientras Emi pasaba a narrar su escapada con todo lujo de detalles desde el momento en que decidió planificarla hasta el final. Cuando volvía de la cocina con la bandeja del café y los platos para la tarta Emi decía:

—La verdad es que no me lo pensé ni por un momento. No es que sintiera que era el amor de mi vida, pero me apetecía echar un polvo sin compromisos. Supongo que el vino me ayudó a no reflexionar demasiado.

A lo que Mariluz respondió:

—Desde luego, históricamente el Lambrusco ha abierto más almejas que el vapor.

Nos echamos a reír.

—¿Y ahora qué? —siguió preguntando Mariluz.

—Bueno, yo no voy a ser la primera en escribirle. Esperaré —respondió Emi, añadiendo dos terrones de azúcar a su café—. Pero si no me escribe… lo recordaré cariñosamente como un gilipollas.

Le reímos la ocurrencia. Cuatro trozos de deliciosa tarta más tarde, decidimos ver juntas uno a uno todos los vídeos que habíamos grabado la noche anterior para que entendieran a la perfección lo perjudicadas que acabamos. La anécdota con Coque hizo que Mariluz se llevara las manos a la cabeza. Cuando ya nos dolían los abdominales de tanto reírnos, mi amiga la pastelera nos confesó:

—¿Sabéis que he descubierto lo que le pasaba a Josema?

A lo que las cuatro respondimos un “Por Dios, cuenta” al unísono, prestándole toda nuestra atención.

Al parecer, el interés detectivesco de Mariluz no acabó con el momento espionaje de móvil, y a los pocos días la emprendió con su portátil. Aprovechó una noche que las niñas estaban dormidas y Josema estaba en la ducha para hacerlo, y se encontró con varios vídeos porno que la dejaron tan absorta que fue incapaz de parar de mirar, sin darse cuenta de que Josema ya había acabado con el baño. Cuando él salió y la vio sentada delante del ordenador con esa cara, se quedó blanco. Mariluz le dirigió una mirada cargada de reproches y hasta de asco y su marido intentó por todos los medios hacerla entender que no pasaba nada por ver algo de porno de vez en cuando.

—Me sentí engañada, chicas. Me entraron ganas de llorar al darme cuenta de que mi marido necesitaba otro estímulo en el sexo.

—Pero alma mía, ¿de qué planeta has salido tú? —le preguntó condescendiente Diana.

—¿En serio es tan normal? Jamás había visto una peli porno, ¡en mi vida! Me parecían unas guarradas asquerosas y humillantes.

Nos miramos unas a otras con cara de circunstancia.

—¿Queréis decirme que todas habéis visto porno? —preguntó ella desesperada.

—Sólo es sexo, Mariluz. Ver algo de porno no te convierte en una degenerada, mi niña —añadí.

—Eso me dijo Josema —respondió bajando la mirada—. Y no es todo. Me pidió que viéramos una peli juntos.

—Muy bien, cariño, me parece fantástico —Diana le puso una mano sobre la suya—. ¿Y lo hiciste?

—¡No! Aún estoy enfadada con él.

Diana se desesperó. Se fue a la terraza a fumarse un cigarro mientras le decía “mira que eres cuadriculada, hija mía, eso te pasa por ir a un colegio de monjas”.

Nosotras aprovechamos el momento para convencerla de que lo intentara, de que se liberara de prejuicios y lo usara para volver a acercarse a su marido. Ella empezó a pensárselo cuando Diana dio en el clavo:

—¿Se quejó Josema de vuestras relaciones sexuales?

Glup. Momento delicado.

—Claro. Me dijo que se habían vuelto aburridas y que seguía sintiendo mucho apetito sexual hacia mí, pero que se encontraba con una muerta en la cama, que quería disfrutar más. Pero él siempre se corre. No entiendo qué puede faltarle.

—¿Qué quiere decir que él siempre se corre? ¿Es que tú no? —preguntó Diana.

—¡Claro que no! —respondió Mariluz sin dudarlo—. La mayoría de las veces finjo el orgasmo para que acabe ya.

Diana abrió los ojos sin dar crédito.

—¿Qué me estás contando?

—Alto ahí, Di. Antes de que la emprendas con ella, te diré que eso es algo que la mayoría de las mujeres hemos hecho en alguna ocasión.

Miré a Emi buscando su apoyo y ésta respondió:

—¡Oh, yes!

—¿En serio? —Diana seguía sin dar crédito.

Nos miraba a las tres de hito en hito.

—Querida —añadí—, me temo que en esta ocasión, el bicho raro eres tú. La mayoría de los hombres creen que el orgasmo femenino se consigue con tres empujones y llega un momento en el que tú ya te has dado cuenta de que por ese camino no lo vas a alcanzar. Así que optas por fingirlo y que se aparte cuanto antes.

—Amén —añadió Emi.

—¿Tú también, Salo? —me preguntó Diana abiertamente.

—Con exmarido los orgasmos reales eran como la cena de Nochebuena, una vez al año.

Diana nos soltó una reprimenda por no exigir a nuestras parejas un poco más de implicación, por no pedir que aprendieran lo que nos gusta, con la misma naturalidad con la que ellos lo hacían con nosotras. Mariluz se sintió reconfortada al saber que lo suyo no era del todo una causa perdida y volvió a casa con el compromiso de intentar estimularse un poco con algo de porno compartido con su marido. A la una de la mañana, Mariluz envió un whatsapp a nuestro chat que decía:

“Josema os da las gracias a todas por haberme invitado a merendar hoy”

Me giré hacia una lado, ahuequé la almohada y sonreí. Yeah.

2 Comentarios

  1. Juan salguero says:

    Sabeis vosotras…. que nosotros tambien? 😁😁😁

    1. Raquel Tello says:

      Eso es físicamente imposible, Juan!
      El algodón no engaña…

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