(T2) El primer paso hacia cualquier otra parte -VII-

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¿No os ha pasado alguna vez al escuchar una canción que habéis cantado hasta la saciedad, que de repente, un buen día, la letra empieza a tener sentido? ¿Y con las expresiones, os ha ocurrido lo mismo? Olvidar un amor. Volver a empezar. Un clavo saca otro clavo… Se dicen así, alegremente, hasta que a una le toca lidiar con ellas, y entonces se da cuenta de lo terriblemente difícil que resulta llevarlas a cabo. Es como estar dentro de un pozo de hiel negra y espesa, atrapada y hundida e incapaz de salir. ¿Quién se inventó esa patraña del clavo? ¿Quién dijo que las huellas que una lleva en la piel y en el corazón se borran con trazos nuevos? ¿O es quizás un problema de expectativas? ¿De pretender que saldremos del paso en un sólo día? En el amor, para conseguir olvidar, ¿es válida la máxima de “a rey muerto, rey puesto”?

Me despertó el sonido de mi móvil, lejano. Abrí los ojos un poco aturdida, desubicada, hasta que vi a Víctor durmiendo boca abajo, desnudo a mi lado, ¡y me quise morir! ¡Dios! Las escasas horas de sueño habían servido para enfriar el calentón de la noche anterior y ya no sentía ni pizca de deseo hacia aquel hombre. Me levanté corriendo para coger el teléfono antes de que despertara al Bello Durmiente, tropezándome con todos los muebles de aquella casa en penumbras que me era tan ajena. Cuando al fin di con mi bolso, colgado en una de las sillas del salón, y cogí el móvil, leí Emi en la pantalla.

—Dime, Emilia —respondí en un susurro.

—Abre, estoy abajo.

—No estoy en casa, tesoro —le contesté con la misma voz queda.

—¿Dónde estás, putón?

Me sacó una sonrisa.

—Luego te cuento. ¿Qué pasa?

—Vente para el barrio. Hemos quedado con las niñas para cervecear.

Me pareció una salvación. Volví al dormitorio deseando escaparme de allí. ¿Cómo había sido capaz de meterme en la cama de un hombre por el que no sentía nada, Virgen Santa? ¿En qué clase de ser depravado me estaba convirtiendo? Víctor se giró sobre el colchón, desperezándose,  dejando al hacerlo su más íntima anatomía al descubierto. Ainssss, todo me incomodaba en grado sumo.

—Buenos días —me susurró. Hasta la familiaridad del tono con el que se dirigía a mí me molestaba—. ¿Te vas?

—Había olvidado que tenía una cita con mis amigas —le mentí atropelladamente—. ¿Puedo usar tu ducha?

Víctor pareció contrariado y yo me sentí más hombre que nunca en mi vida. Lo había utilizado para el sexo y ahora sólo quería fugarme de allí. No sentía ni el más mínimo cariño ni me apetecía alargar aquel momento de intimidad cuando el deseo ya había sido satisfecho. Me metí en el baño con toda mi ropa y mis zapatos hechos un gurruño entre mis brazos. Cuando salí, él seguía tumbado en la cama boca arriba. “¡Tápate, coño!”, me habría gustado gritarle. Pero me pareció descortés salir de allí sin más, y me agaché para darle un beso sin ganas en los labios y decirle un simple “hasta otra” que me hicieron sentirme moderna a más no poder. Por fin entendía qué siente un tío de una noche el día después.

Cogí un taxi y me maquillé con el estuche de emergencia que siempre llevaba en el bolso. Cuando llegué a mi barrio, las chicas ya estaban reunidas en el Divino. Se reían de algo animadamente pero callaron cuando me vieron aparecer. Me senté, pedí una copa de Ribera y me encendí un cigarrillo, con las tres mirándome sin pronunciar palabra:

—¿Y bien? —terció Diana—. ¿Se puede saber de dónde vienes?

Madre mía, ¡encima me tocaba darles explicaciones a estas locas!

—De pasar la noche con tu amigo Víctor.

Estallaron en carcajadas de júbilo que rápidamente corté.

—No os emocioneis. No volverá a pasar.

—Pero, ¿por qué? —leí la decepción en la cara de Mariluz. Seguro que ya había hecho planes de boda.

—No sé, ains, no quiero hablar del tema —me tocaba el cuello mientras hablaba, el vestido, el pelo, sentía que la ducha no se había llevado el rastro de aquel hombre de mi cuerpo, y me sentía asqueada.

—Pero ¿qué ha pasado cariño? —insistió Mariluz.

Volví a negar con la cabeza sin saber qué decir, cuando Emi dió en la tecla:

—Que no es Eme, ¿no es eso?

Hundí mi cabeza entre las manos, Dios, me sentía sucia y arrepentida. Y así se lo dije a las chicas.

—Para el carro, bonita —habló Diana—. No digas idioteces. Acepto que no quieras repetir pero, ¿qué es eso de sentirse sucia y arrepentida? Necesitabas sexo, ¿qué hay de malo? Recurriste a quien te lo podía dar y punto. Es el primer paso para avanzar en otra dirección que no sea Eme.

—Pero ¿cómo se hace eso, chicas? —me desesperé—. ¿Cómo? Os juro que lo intenté, que decidí que me iba a su casa y no os dije nada por lo mismo, para que no empezáramos a analizarlo todo al detalle, para no pensar más de la cuenta. Pero es que no puedo…

Me eché a llorar. Emi se abrazó a mí y sentí la mano de Mariluz sobre la mía.

—No es él, ése es el único problema, que yo lo quiero a él —continué lamentándome en una letanía sin pausa— no es su boca, no es su olor, ni sus manos, no es el calorcito de su cuello en el que me encantaba perderme, no es el ritmo de su cuerpo entrando en el mío, ni su pecho aplastándome, ni sus manos agarrando mis caderas… ni su pelo, ni el cigarro de después compartido a medias, ni su forma de comerme sólo con los ojos, ni su voz diciéndome que me quiere al oído…

Mis amigas guardaban silencio. Entonces, las hijas de Mariluz se acercaron a la mesa atropelladamente para beber agua y se tiraron a mis brazos cuando me vieron allí, afortunadamente, sin percatarse de mi tristeza. Me preguntaron por mis hijos, me enseñaron las nuevas pulseras que se habían hecho ellas mismas, me hablaron del mechón de pelo que se querían teñir desafiando la férrea oposición de su madre… Bendita interrupción. Me sirvió para recomponerme un poco. Cuando nos volvimos a quedar a solas, Emi intervino, decidida a cambiar el rumbo de aquella conversación y a facilitarme una tregua emocional:

—Bueno, yo tengo algo que contaros —dijo muy seria—: me he apuntado a Tinder.

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