(t2) Póker de Damas -XXVI-

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Mientras el teléfono de Diana daba el tono de llamada, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces, tuve tiempo de repasar mentalmente la situación hasta que saltó su contestador y maldije mientras colgaba.
Fatine estaba retenida en el palacete del señor Massú, y yo tenía setenta y dos horas para entregar el dinero antes de que sus animales le mostraran a mi compañera sus peores modales. No tenía ni pasaporte, ni dinero, ni tarjetas; todo se había quedado entre las cuatro paredes de aquella prisión improvisada y bella. No podía volver a La Línea a recoger el dinero del hueco de la rueda de repuesto del BMW, sin pasaporte y sin forma de pago posible. Diana no me había atendido la llamada, tal vez presa de unos celos para los que yo no había concedido permisos. Tenía que pensar y rápido.

Marqué el teléfono de Fatine, en la esperanza de que lo tuviera todavía con ella. Al segundo tono me contestó.
—¿Estás bien?
—Sí Fatine, ¿y tú?
—Me acabo de instalar en un cuarto de invitados, del que por supuesto no puedo salir. Tengo un baño completo y servicio a mi llamada. Como ya habrás comprobado no me han quitado el móvil, aunque no estoy segura de que no lo hayan pinchado o vayan a hacerlo en breve, de modo que hablemos lo que sea rápido.
—Allí dentro se ha quedado mi mochila y…
—Dentro está tu pasaporte y tu cartera. ¿Quieres que llame a las chicas para que vayan en tu auxilio?
—Eres un amor Fatine. Diles que me encontraré con ellas en el barrio de la Curtiduría Chouwara. Que paseen por sus calles esta noche. Yo las encontraré a ellas. Confía en mí cariño, el dinero llegará muy pronto. No puedo volver a por la mochila. Si ellos comprueban que necesito el pasaporte, sabrán que el dinero está fuera de Marruecos, y no quiero correr el riesgo de que me hagan un marcaje y lo que no ha ocurrido antes, ocurra después. No quiero ni el menor riesgo para ti.
—Entendido. Creo que ya sé dónde está el dinero. Tranquilo, no lo diré. Tú sabrás cómo piensas hacer que aparezca. Tu mochila me la acaban de entregar y no falta nada pero, seguro que saben que tu pasaporte está aquí dentro, y tú allí fuera. Te dejo, están llamando a la puerta. Espero que sepas compensarme. Besos.

No me dio tiempo ni a despedirme. La siguiente llamada sin duda tendría que ser a Jaime.
—Hola Jaime. Te figuro de vacaciones tras la captura de ayer. ¿Un permiso compensatorio quizás?…
—Hola comisario. ¿Desde dónde me llama?
—Desde Marruecos. Necesito tu ayuda.
—Sí a lo primero, y por supuesto a lo segundo.
—Necesito que te encuentres con una amiga en La Línea. Ella te recogerá con mi coche, y quiero que os montéis en el ferry rumbo a Tánger sin que nadie moleste. Vendrás con ella hasta Fez a la mayor brevedad.
—Entiendo comisario. Seguro que en el coche trae un equipaje suyo al que es mejor que no le dé la luz.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Algo así Jaime. Necesito que hagas de la chica y del coche una escolta férrea. No te fíes de nadie, no estoy seguro de que no os sigan. Por cierto, se llama Diana.
—Cuente con ello. Le debo una bien grande.
—Ahora en cuanto hable con ella, le paso tu número por WhatsApp para que os coordineis.
—A la orden Comisario.

Cerré los ojos mientras suspiraba tras terminar la llamada con Jaime. No podía perder ni un minuto. Volví a marcar el número de Diana.

—¿Qué tripa se le ha roto a mi poli?
—Por favor Di, menos mal que puedo hablar contigo. Estoy metido en un buen lío.
—Y acudes a tu cazadora…
—No seas mala conmigo. No te molestaría si no fuera imprescindible.
—No me molestas tonto. ¿Qué pasa?
—Podrías bajar a La Línea. En el parking del Hotel Príncipe Felipe está mi coche. Tiene un mes de aparcamiento pagado. Entra en parking con tu coche, paga una hora y lo dejas en el lugar del mío, Coges el BMW y sal de allí con él.
—¿Y luego?
Tienes que haber sacado dos billetes para el ferry a Tánger, y la tarjeta para el coche.
—¿Vendrás conmigo?
—No, pero te escoltará un amigo de la guardia civil. Yo os espero en Fez. Te paso ahora su contacto. Él te esperará en La Línea, y subirás al barco sin que te molesten. Es de los guardias del puerto.
—¿Por qué habrían de molestarme? No me digas que…
—Ni lo pronuncies. No sé si nos están escuchando. Tu imaginación no te ha fallado ni un milímetro. En el cajón del mueble de la entrada tienes una copia de las llaves.
—Estaré ahí para ti, y espero que sepas compensarme.

Dos mujeres jugando al mismo juego conmigo. Ambas poniéndose en peligro por mí, pero exigiendo a cambio una compensación de lo más valiosa.
Aún tenía tiempo de vagabundear un poco por las calles de la vetusta medina, antes de pasarme por la Curtiduría de Chouwara a buscar al otro par de damas de mi póker de hoy, quería pasar por la universidad más vieja del mundo, la Universidad de El-Quarawiyyin, que se encontraba apenas a un par de kilómetros de mí, en este Fez en el que tanto me estaba jugando.

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