(t2) Peor imposible -XXV-

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Esta vez sí tuve la sensación de haberme equivocado con Fatine. Su cara de sorpresa generaba una situación incómoda, que yo podría haber evitado antes explicando algo que tan solo técnicamente tenía razón de ser, y que los momentos tirantes y de comunicación deteriorada que habíamos vivido durante las últimas horas impidieron.

—¿Dónde está el dinero? —repitió algo seca—. Dentro de la bolsa solamente hay revistas de historia.

—Cierra la cremallera y dame la bolsa. Acompáñame y espera unos momentos. Lo vas a entender todo muy pronto. Y por favor; sonríe todo el tiempo.

El señor Massú saludó en árabe a Fatine. Sin duda sabía quién era ella. Esta vez la Inteligencia marroquí había hecho su trabajo de manera eficaz. Nos invitó a entrar en el palacete, y una vez dentro, a instalarnos en un enorme salón a la derecha en el que todo estaba dispuesto para comer. Una mesa larga, decorada al mejor estilo de Versalles y en uno de sus extremos tres servicios dispuestos. Uno en su cabecera y a ambos lados los otros dos, para Fatine y para mí.

—La hospitalidad de mi pueblo obliga siempre a ofrecer alimento al visitante, y luego llegado el caso, a hablar de negocios. Tengan la bondad de instalarse y sean mis invitados. Su largo viaje bien merece una buena comida.

De nuevo tuve la sensación de que la Inteligencia había hecho su trabajo, y el señor Massú conocía la detención del Clan de AlÍ, nuestro concurso en la misma y, ahora estaba menos seguro que nunca, de si acaso todo aquello de la Pick-up blanca, del pirulo que le habían puesto al Opel, y lo de la sombra en el tejado del Benabola no habría sido obra suya. Tal vez haciéndose antes con el dinero, Aitor se vería obligado a preparar una nueva partida, en cuyo caso el beneficio del negocio solamente caería en un lado. Los tiburones se huelen entre ellos, y mi olfato me empezaba a poner sobre aviso de que tal vez la situación podía ser complicada de verdad, cuando al abrir la bolsa el dinero no estuviera allí.

Perdimos la cuenta y el interés, ante la ingente cantidad de platos diferentes que nos ofrecieron.

A primera vista, Massú era un hombre de no más de cuarenta, de tez morena y un espeso bigote que casi anulaba el valor de su sonrisa. Iba vestido al estilo tradicional, con una chilaba de lino crema y bordados con hilos de oro en los puños y el bajo, ricos anillos con diferentes diamantes en cada uno de los dedos de ambas manos, y unas gafas también con  montura de oro que no dejaban lugar a dudas, tenía mucha pasta y quería más.

Superados los postres, nos propuso desplazarnos a un tresillo de piel en un nuevo salón contiguo, para sobre una mesita de centro sacar el dinero de la bolsa y finiquitar el negocio.

Era el momento de poner las cartas bocarriba y hacer uso de toda mi capacidad de persuasión si queríamos que aquello terminase bien, que era para lo que Aitor nos había contratado.

—Señor Massú. Tengo la grata sensación de que usted es un hombre muy bien informado. Hay cosas que no hace falta que sean dichas para entenderse. Apostaría a que sabe usted de muchos de mis pasos desde que recogí en Bilbao esta bolsa de deporte. Seguramente conozca que desde que salí en dirección a Santander, una Pick-up blanca siguió mis pasos. Tal vez conozca que me vigilaron mediante un dron y que luego me perdieron la pista. Quizás no le suene extraño que nos pusieron en el coche un seguidor GPS, y que se lo colocamos a una pareja de jubilados británicos en su coche. Le habrán informado de lo del Clan de Alí, y de mi amistad con uno de los guardias con el que liberé a su hermana, una joven llamada Malak, y con el que detuve a Alí y a sus secuaces.

Massú asistió silencioso a mi exposición asintiendo de tanto en tanto.

—Ahí tiene su bolsa. No espere encontrar dentro ni un billete de cinco euros, porque no lo hay. Estoy seguro de que cuando Aitor me encargó este trabajo, lo hizo en la seguridad de que su dinero no estaría en peligro, y créame que acertó. Soy profesional hasta el extremo, señor Massú, y la protección del dinero de Aitor antes, y de usted después, es mi trabajo, por lo que tenía que llegar hasta aquí, y conocer el camino sin que la pasta corriese riesgos. Ya todo el mundo piensa que usted tiene su dinero, y yo ya he dejado de ser interesante. Es ahora cuando puedo hacerle la entrega con toda libertad, y con total seguridad.

Mis explicaciones estaban no sólo llamadas a convencer a Massú, sino a que sirvieran de bálsamo para Fatine, que por su gesto parecía comprenderlo todo y no fiarse nada.

—Es usted realmente astuto. Sin duda Aitor contrató al mejor. ¿Dónde está entonces el dinero?

—Permítame que me reserve esa información. Mi trabajo terminará cuando tenga usted su dinero sobre esta mesita.

Massú debió accionar algún pulsador bajo la mesa, porque al momento entraron los tres gorilas. Cada uno se puso tras uno de nosotros. El que estaba custodiando a Fatine sacó una pistola y encañonó su cabellera.

—Le diré lo que haremos. Nada prueba que usted no me haya entregado el dinero. Me quedo con la chica como garantía. Le doy tres días para que me traiga el dinero, a partir de ahí mis chicos comenzarán a divertirse con ella, y cuando pierden los papeles en medio de la diversión, se vuelven chacales asesinos.

Cuando me senté al volante del Opel pensé que la cosa no podría ir ya a peor. Busqué el pasaporte intuitivamente y recordé que estaba en mi mochila de mano dentro del palacete. Sólo tenía una opción. Marqué el número de Diana.

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