(t2) Ojos verdes de Vestal -XXXVII-

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Tal como había llegado hasta nosotros, frente al Coliseo, Brunella había desaparecido de la misma manera casi mágica. Era una rara cualidad en ella: ahora me ves, ahora no me ves. Me demostró en el pasado ser una profesional del escapismo. Se las componía para mezclarse con el lumpen criminal a las mil maravillas, y para ver sin ser vista.

Mi primera reacción fue poner cara de cámara oculta convencido de que estaría en algún lugar sonriendo, y mi dignidad de soltero, hombre y poli, cosa que uno en el fondo nunca deja de ser, me impedía pasar por la broma con expresión bobalicona de pagano.

Eché un vistazo a los alrededores, buscando posiciones desde las que ella pudiera estar agazapada pero, la verdad es que no encontré lugar alguno ni para ocular el coche, ni para que ella pudiera hacer lo propio. Pasaron quince minutos y nada diferente ocurrió, salvo la gente que entraba y salía del edificio. Ya solamente me quedaba lamentar el no haberle pedido el número de teléfono, porque Aitor apareció al fin bajando las escaleras con la sonrisa del éxito en la cara.

—¿Y la chica?

—No lo sé, la verdad. He entrado en ese bazar a por caramelos y al salir ya no estaba. Por cierto ¿quieres uno?

—¿No tienes su móvil ni nada?

—Sé a la oficina a la que estaba adscrita pero… a veces el destino es caprichoso.

—Seguro que algo le ha pasado. ¿Has visto cómo te miraba con esos ojos verdes de Vestal? Algo me dice que ha mantenido encendido en la lámpara de su corazón el fuego sagrado del amor.

—¿Y tú cómo sabes esas cosas? Anda no exageres. Hemos trabajado juntos hace años y ya está. Además conocerás también que las vestales se mantenían vírgenes, y sospecho que la cosa no va por ahí.

—Sevillano, yo no entiendo mucho de mujeres. Me casé con Nagore que fue mi primera y única novia pero, hay cosas para las que no hace falta un máster.

—Sea como fuere, Brunella ya no está. ¿Cómo te han ido las cosas ahí dentro?

—Muy bien, muy bien, muy bien. No sólo hemos cerrado el contrato, sino que antes de la campaña de navidades habremos cerrado otro, pero ya con entregas periódicas. No va a quedar una clupea pilchardus en el mar.    

—Pues sin sardinas los océanos no serán lo mismo.

—Oye chico, sabes de todo.

—No te olvides que el latín forma parte de mi cultura.

Ambos reímos a grandes carcajadas. Brunella se había disipado y era evidente que entre Aitor y yo se iba fraguando poco a poco una amistad serena y natural, de aquellas en las que no interviene la conveniencia, por más que él fuese el que me pagaba en este caso.

—Nos hemos merecido un almuerzo de primera.

—Miedo me das Aitor, cuando un vasco habla de comer échate a temblar.

Tomamos un taxi y le dijimos al simpático romano que lo conducía, que nos llevase a un restaurante que fuese muy bueno, diferente de la comida de pizza y pasta, y al poder ser discreto. Aitor le puso 100.€ en la mano, y con eso se aseguró la eficacia del destino, y que el hombre no diese más vueltas de las necesarias.

Por el camino nos desviaron de la avenida por la que circulábamos a una calle aledaña. Al fondo se veían gran cantidad de luces de coches de la polizia italiana, ambulancias y un hospital de campaña montado en medio de la calle. Sin duda había ocurrido algo grave, un atentado quizás. Entre el rapidísimo parloteo del taxista, acerté a entresacar dos palabras clave: mafia y yihadistas.

El Ristorante Seiperdue Crudo Gourmet engaña. Sirve perfectamente al propósito de la discreción, con un aforo bastante pequeño, pero lo de la cocina en crudo puede dar lugar a pensar que no va a cumplir con las expectativas de una cocina de nivel, y luego pudimos comprobar que las superaba sobradamente. Aquello era un concepto nuevo y ante nuestras dudas razonables, el amabilísimo maitre nos pidió que aguardásemos un minuto, y enseguida vino acompañado por el chef.

Éste nos contó cómo eliminando el fuego, hicieron el “descubrimiento”: revelar una inmensidad de nuevas combinaciones, nuevas técnicas, y nuevos platos. Nos explicó que trabajando en crudo eran más libres para crear recetas completamente innovadoras, e incluso volver a trabajar las de tradición en una clave cruda. Aquel tipo sabía muy bien de lo que hablaba. Para concluir nos propuso el siguiente argumento.

—Y aquí está la ” gran revelación” señores. Cualquier plato que les  presentemos es nuevo, es bueno, tiene que contar una historia, un misterio: su sabor, sus perfumes aparentemente más simples son en realidad más complejos, más vivos, más interesantes. Y esta revelación se materializa todas los días en los rostros de nuestros clientes que entran escépticos y dudosos y luego salen sonriendo, felices de haber probado algo nuevo que les ha devuelto la sorpresa, la curiosidad, el deseo de conocer y experimentar algo más allá de lo conocido. y por qué no … comida ligera que sacia y se digiere muy fácil.

Incluso Aitor, capaz de comerse un buey relleno de pavo y pajarillos terminó con una sensación de plenitud, que le llevó a pedir la cuenta con entera satisfacción. Por si vais a Roma pronto, no describiré nuestro almuerzo. Solamente mantengo la recomendación de la visita, a un sitio que, además, está cerca de casi todo.

Desde la Via Bonifacio VIII, 14, hasta mi hotel, apenas había diez minutos andando, por lo que al salir, Aitor quedó en pasar a recogerme con un taxi para llegar a Pompeya antes de la hora de cenar, y registrarnos con tiempo en el hotel. Pompeya, de nuevo Pompeya. Era como ingresar en la vida del imperio veinte siglos después.

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