(T2) Un muerto muy vivo -XII-

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Lo mejor de reencontrarse con un amor del pasado es comprobar en carne propia si eso de “donde hubo llamas quedan rescoldos” es aplicable al caso. El tiempo y la nostalgia pueden llevarte a confundir un dulce recuerdo con algo que podría seguir vigente, y muchas de nosotras podríamos fácilmente caer en la trampa de pensar que puede revivirse el amor perdido. ¿O es inevitable seguir sintiendo atracción por quien alguna vez despertó la más ardiente de nuestras pasiones? ¿Es un recurso desesperado y rancio pretender avivar las llamas de un noviazgo antiguo? ¿Es una triquiñuela facilona de nuestra autoestima recurrir a alguien a quien sabemos que una vez gustamos? ¿Es una apuesta segura contra posibles desengaños?

Coque y yo habíamos salido juntos durante un par de años, allá por los dulces noventa, cuando tener un novio dos años mayor que tú que ya iba a la universidad era una hazaña que te catapultaba a la cima del ranking de popularidad sin pasar por la casilla de salida. Lo conocí en una fiesta, teníamos amigos comunes, y enseguida empezamos a salir. Era el típico niño pijo motorizado con un puntito boy scout, al que había que añadirle una pandilla de amigos con la que siempre estaba organizando acampadas de fin de semana a la sierra. A través de nuestra relación, mis amigas y yo comenzamos a salir con su grupo, y fueron unos años dorados en cuanto a diversión sana y natural se refiere. Diana llegó a mi vida casi al final de mi relación con Coque, durante mi primer año de facultad y asistió a los últimos coletazos de un noviazgo apasionado como sólo esa edad puede darlos. Aún así, le alcanzó el tiempo para enrollarse con Tito, el mejor amigo de Coque, y creo recordar que también cató a alguno más. Después de veinticinco años, rememorar aquel noviazgo inocente me hacía sentirme en una canción de los Hombres G, con mi novio acompañándome a la puerta de casa, esperándome sin móvil a la hora convenida o dándonos el lote en el portal de la casa de mis padres.

El encuentro en el campo aquel sábado dio para poco más que una rápida puesta al día, cómo nos iba la vida, cómo estaban los demás e intercambiarnos los teléfonos. Cuando estábamos a punto de despedirnos, mi pequeño Miguel, que había detectado mi señal wifi desde lejos, vino corriendo a mis brazos, momento que aproveché para hablar de mis hijos y de mi ausencia de marido. A la pregunta “¿Y qué hay de ti?”, él respondió “nunca me casé, el matrimonio no es para mí”, y pocos minutos después nosotras volvíamos a nuestro lugar del merendero y él desaparecía entre las ramas, con el balón que nos había hecho reencontrarnos debajo del brazo y una sonrisa de oreja a oreja en la cara.

La merienda, como no podía ser de otra forma, transcurrió poniendo al día a Emi y Mariluz acerca de aquella época en la que ellas aún no formaban parte de nuestra vidas, recordando anécdotas y riéndonos de situaciones comprometidas que habíamos relegado al baúl de nuestra memoria. Detecté un brillo familiar en los ojos de Mariluz y me apresuré a negar con la cabeza. Ella se defendió:

—Pero si es monísimo, y está soltero, ¿por qué no?

—Eso es pescado congelado, nena —replicó Diana por mí.

Le di otra calada a mi cigarrillo, divertida con la situación.

—¿Y eso qué demonios significa, Di? —preguntó Mariluz.

—Pues que es como sacar del congelador el pescado que lleva meses ahí esperando una opción. Hace veinticinco años de aquello, por amor de Dios, ¿se han acabado ya todos los hombres de Sevilla como para tener que empezar a repetir con los antiguos?

Solté una carcajada. Mariluz siguió insistiendo:

—Pero, ¿es que no has visto cómo se miraban? ¿No has visto la cara de tonta que se le ha puesto a la Salo?

—Eso es producto de otra cosa —tercié levantando un dedo y señalando mi cigarrillo, en una clara alusión a los efectos del hachís.

—Y además no está casado —proseguía la casamentera número uno del mundo mundial.

—¿Por qué crees que no se ha casado nunca, Di? —pregunté yo.

Mariluz respondió primero:

—No habrá encontrado a la mujer adecuada.

Mi amiga la cazadora y yo le dirigimos una mirada de “¿y quién la ha encontrado, querida?” que la convenció para no seguir por ese terreno.

—No sé, pero parecía tenerlo bastante claro —dijo Diana—. Nunca pensé que Coque fuera de los míos.

Me quedé pensativa unos instantes, la verdad es que por aquella época era bastante Casanova, pero también lo recordaba dulce y cariñoso, nunca pensé que acabaría soltero. Diana interrumpió mis recuerdos con su alegato de la soltería:

—¿Por qué vivís tan obsesionadas con el matrimonio? Si nunca se ha casado es porque no ha querido, ¿por qué tiene eso que convertirlo en un bicho raro? Al fin y al cabo, los casados sólo quieren volver a estar solteros.

No se dio cuenta de lo que había dicho hasta que vio a Mariluz torcer el gesto. Diana apretó los dientes y se dio media vuelta buscando un cigarrillo en su bolso. Emi, que entre las cervezas que llevaba encima y las cuatro caladas que le había dado al piti andaba un poco lenta de reflejos, vino a rematar la faena:

—Estoy de acuerdo contigo, Di. Los hombres que quieren casarse son los que echan de menos a sus madres.

Aquello nos hizo partirnos de risa, desde luego, cuando estaba inspirada era única. Decidimos que era el momento de empezar a recoger chismes, antes de que refrescara, así tendríamos tiempo de llegar a casa y empezar con los baños a una hora prudente.

Unas horas más tarde, con todo el despliegue logístico utilizado aquel día ya colocado de vuelta en su sitio y los niños durmiendo como angelitos caídos del cielo en sus camas, me fui directa a la mía con el nuevo libro de Paul Auster bajo el brazo y el móvil en la mano para ponerlo a cargar. Cuando lo enchufé a la corriente, vi un whatsapp que me subió la autoestima y me sacó una sonrisa:

“Estás increíble. Me ha encantado verte hoy.”

Le respondí con cortesía y comenzamos una conversación cariñosa y nostálgica que sin saber cómo nos llevó de una cosa a otra, y acabamos a las tres de la mañana teniendo sexo telefónico. Cuando dejé el móvil, Auster me miraba desde la mesita de noche, enfadado por no haberle dado la opción ni de engatusarme con la primera línea de su libro.

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