(t2) ¿Momentos de debilidad? -X-

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En la vida de una mujer sin compromiso, sea soltera, separada o viuda, aparecen momentos fugaces en los que una añora volver a tener pareja. Después de un tiempo de independencia, tendemos a recordar sólo lo bueno de mantener una relación y olvidamos todos los inconvenientes de la convivencia. Y yo me pregunto, ¿es que no estamos preparadas las mujeres para aceptar vivir solas? ¿Qué añoramos exactamente de tener una pareja, dando por sentado que no es sólo el sexo lo que echamos de menos? Para aquéllas que hemos llegado a adorar nuestra forma de vida, ¿es posible mantener una relación sentimental que consista sólo en salir a cenar, ver una peli y un buen rato de cama o hay que comprar el pack completo? ¿Añorar momentos de la vida en pareja es síntoma de debilidad?

Durante la semana, pasé mucho tiempo dándole vueltas a lo que me habían contado Emi y Mariluz. Cuando paraba para un café o para un cigarrillo, mis pensamientos iban para aquellas dos amigas mías que estaban atravesando por momentos difíciles en el terreno sentimental.

Emi estaba eufórica. Me enviaba capturas de pantalla de sus múltiples conversaciones con los cuatro o cinco hombres con los que mantenía contacto. ¡Era incapaz de seguirle el hilo! Pero por lo que llegué a entender, su quedada con el malagueño seguía avanzando, a la vez que flirteaba con otras posibles conquistas. Jugaba a varias cartas para asegurarse una ronda ganadora, y a pesar de que a mí me preocupaba ese frenesí desatado con el que había comenzado a perfilar su nueva vida, ella parecía encantada.

Mariluz por el contrario, estaba más apagada de lo habitual. Después de la confesión que nos hizo el domingo, no volvió a mencionar tema, por lo que tampoco me sabía bien preguntarle abiertamente. Tenía la esperanza de que la relación con su marido siguiera tan fantástica como siempre. Quizás llegó a casa, le echó un buen polvo a su Josema, y todos sus miedos quedaron en el felpudo de la entrada. Necesitaba verla cara a cara para atreverme a preguntarle sin ofenderla, antes de quitarme esa preocupación de la cabeza.

Se me ocurrió proponer que pasáramos un día de campo todos juntos el sábado, maridos y niños incluidos; nos vendría bien un poco de normalidad, los niños lo agradecerían y nosotras seguro que encontrábamos un momento para escaparnos y poder charlar tranquilas.

El tiempo acompañó aquel fin de semana, me levanté temprano para preparar la bolsa de la comida, y como siempre, cuando llegó el momento de cargarlo todo en el coche, me arrepentí de haber preparado víveres como si el holocausto zombie estuviera a punto de estallar. Tuve que dar varios viajes en ascensor para cargar mesa, sillas, bolsas de comida, nevera con bebidas, mantita para tumbarnos al sol, juguetes de los niños… Por favor, ¿cuándo íbamos a aprender a echar un día de campo con un par de bocatas en la mochila? En momentos así, echaba de menos tener a un hombre a mi lado, ¡aunque fuera para aliviar mi espalda!

Cuando localicé a mis amigas en el Corredor Verde no pude evitar echarme a reír. Si yo había exagerado, ¡ellas no habían sido menos! Sobre la mesa habían dispuesto tortillas de patatas, humus con tostas, salchichas con hojaldre para los peques, nuggets, perritos calientes, ensaladilla, empanadas, embutidos, queso, pizza casera de salmón —Mariluz siempre aportaba ese puntito de glamour a cualquier quedada—, aceitunas, bastoncitos de verdura con salsa agria, filetes de lomo en salsa… ¿pero hasta cuándo pensábamos quedarnos? La única que rompía los esquemas era, cómo no, Diana, que conociendo nuestra tendencia a los excesos había colaborado con una botella de Ginebra para la sobremesa y varias cajetillas de cigarrillos. Supuse que la maternidad te premiaba con este castigo de gen de cargar con más comida de la necesaria, del que ella se libraba.

Los maridos de mis amigas, Josema y Paco, corrieron a ayudarme en cuanto me vieron aparecer y ese detalle cortés me despertó de nuevo la nostalgia de tener a un varón en mi vida que cuidara de mí. Y por primera vez en mucho tiempo, aquel pensamiento no me condujo a Eme. Después de colocar mi aportación al banquete del juicio final sobre la mesa común, me senté con mi modelito dominguero en una silla, un cigarrillo en una mano y una cerveza en la otra, dispuesta a pasar un día feliz.

Estuve muy pendiente de Josema, a quien vi como siempre atento y cariñoso con su mujer, y de Paco, a quien Emi ignoraba abiertamente, aprovechando cualquier excusa para contestarle de malos modos como si su sola presencia fuese más de lo que ella podía soportar. Los niños no paraban: habían construido ya una cabaña con palos, hecho un concurso de lanzar piedras al lago, escalado árboles, jugado al escondite y ahora demandaban un poco de liderazgo adulto para proponerles algún juego a la altura de sus inquietudes. Josema y Paco se dispusieron a montarles un columpio con una cuerda larga que Paco llevaba en el coche y me di cuenta de que mis propias amigas y yo repetíamos patrones de conducta heredados de nuestros padres: las mujeres se encargan de la comida y los hombres de la logística y los juegos. Así nunca íbamos a salir de la cueva, ni en un millón de años.

Aproveché el momento para proponer un paseíto femenino, buscando esa intimidad que llevaba toda la semana ansiando, y las cuatro nos escabullimos con sigilo por el sendero más cercano. Apenas nos hubimos distanciamos lo suficiente como para no ser oídas, supliqué:

—Por favor, aprovechemos, rápido, no sabemos de cuánto tiempo disponemos antes de que algún niño venga corriendo a buscarnos. ¿Cómo estáis? Quiero novedades.

1 Comentarios

  1. Víctor González says:

    Ahora que el feedback con los lectores es posible e inmediato gracias a las nuevas tecnologías, os propongo que de vez en cuando dejéis aquí alguna cosa. Más allá del me encanta y demás, estoy seguro que al leer el texto os surgen inquietudes, dudas, necesidades de saber y, éstas son a su vez señales de asuntos que atender por parte de los que escribimos, y que interesan al respetable.

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