(t2) El momento superbonus -XXIV-

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Todas las relaciones pasan por fases. Está la fase uno, que es donde una comienza a conocer a la otra persona, que se define por la ausencia de contacto físico. La fase dos, en la que hay cierto coqueteo, cuando los dos saben que se gustan y quieren seguir avanzando. Pero la fase tres es la complicada. Se sitúa justo en el punto de inflexión, en ese momento en el que se pasa de ser amigos a ser algo más. Y cada uno tiene su rol: nosotras insinuamos que la veda está abierta y ellos apuntan el arma. Algo así como si fuéramos un videojuego y le diéramos a Yoshi una estrella de superpoderes que le otorga inmunidad para pasar de nivel sin peligro. ¿Seguimos temiendo las mujeres que si somos demasiado descaradas podamos acabar dando una mala impresión de nosotras mismas? ¿Está mal visto por ellos que tomemos nosotras las riendas de la fase tres?

Después de los consejos de mis amigas, había decidido darle una oportunidad a Coque y, de repente, pasar de fase se había vuelto una necesidad imperiosa. A eso de las cuatro de la tarde ya había decidido del todo meterme en su cama, pero era domingo y en tres horas tendría a los niños de vuelta en casa. Si no cambiaba el sentido de nuestra relación en ese mismo momento, probablemente tendría que esperar un par de semanas para poder hacerlo.

Le daba vueltas en mi cabeza a cómo insinuarme sin exponerme demasiado, sin dejar de observarle ni de sorprenderme por la naturalidad con la que se desenvolvía entre aquel grupo de desconocidos. Seguía teniendo ese don de gentes que me enamoró hacía veinte años, y alguna que otra de las invitadas solteras de Mariluz ya le tenían echado el ojo. Diana me estudiaba con disimulo hasta que se acercó a mi oído:

—¿Qué te pasa, Salo, celosa?

Me sacó una sonrisa.

—Tú y yo no somos celosas, Di.

Diana torció el gesto.

—Claro que lo somos, querida. Pero sólo con el hombre adecuado.

De nuevo, mi amiga me sorprendía. ¿Qué había querido decir?

—Coque no va a ser más que un entretenimiento para ti, tú lo sabes igual que yo. Eso sí, menudo entretenimiento.

—¿Quién te pone celosa a ti? —le pregunté, conociendo de antemano la respuesta.

—Ayer llamé a mi poli. Hacía siglos que no hablábamos. Estaba trabajando y tuvo que salir corriendo detrás de un tipo. Una mujer lo excusó por teléfono.

—Sería una compañera —intenté justificar.

—Querida, ninguno de los dos nos prometimos exclusividad ni fidelidad. Pero no es lo mismo intuirlo y aceptarlo, que constatarlo cuando menos te apetece.

Mierda. Odiaba el lado vulnerable de Diana. Ella era mi diosa, mi referente, mi supermujer indolente. No soportaba ver tambalearse su seguridad. Diana pareció darse cuenta de mi conmiseración.

—Ah, querida, deja de compadecerme. Esa mujer no tiene nada que hacer a mi lado. Y ahora espabila, alrededor de tu caramelito hay ya demasiados moscones.

Me señaló con la mirada a Coque, que efectivamente se las había apañado para acabar rodeado por cuatro mujeres. Reparé en el modo en que aquéllas le reían las gracias y en la forma aparentemente inofensiva en que la cuñada de Mariluz le tomaba del brazo mientras le contaba algo muy gracioso. Diana insistió:

—No seas idiota. Si él está aquí es por ti.

Miré a mi amiga muy intensamente. Ella me sostuvo la mirada, expectante. Sabía que estaba meditando algo importante. Entonces miré mi reloj, me levanté decidida de la silla y le susurré al oído:

—Me voy a echar un polvo.

La carcajada de Diana resonó en el patio. Todos se volvieron a mirarla y ella sólo se encogió de hombros, levantándose y acudiendo a por otro gintonic. Me acerqué donde Coque, la mano de la cuñada todavía en su antebrazo, y acerqué mi boca a su cuello, para que notara mi aliento caliente al susurrarle:

—Tengo que estar en casa a las ocho. ¿Se te ocurre algún plan para las próximas tres horas?

Coque me miró, sonrió encantado, dejó la copa que se estaba tomando en la mesa más cercana y se despidió brevemente de todo el mundo mientras yo le lanzaba besos de despedida a Diana y Emi y le daba explicaciones a Mariluz de por qué nos marchábamos tan pronto.

Me preguntó “dónde vamos”. Mi casa estaba más cerca pero no quería arriesgarme a que llegaran los niños y Coque estuviera en el piso aún, así que le respondí “a tu casa” sin dudarlo. Por el camino, lo observaba conducir. Habían pasado los años, pero yo seguía viendo a ese Coque de veintipocos, lleno de proyectos y divertido con el que nunca llegué a traspasar la línea. ¿De verdad iba a recuperar un amor del pasado? ¿Era eso lo que el destino tenía planeado para mí? ¿Un círculo en el que había sido necesario un matrimonio fallido y un amante que me succionó el alma para acabar de nuevo en el mismo punto de partida? ¿Me estaba conformando? ¿O sólo me estaba dejando llevar?

En ese momento, Coque encontró aparcamiento y yo volví a la realidad. Hoy no iba a aclararlo, sólo tenía ganas de sexo y estaba dispuesta a comprobar qué tal era mi exnovio en la cama. Coque vivía en Felipe II, en una urbanización rodeada de arboleda y donde no se escuchaba el ruido del tráfico. Subimos por las escaleras, hablando de cómo había encontrado el piso y desde cuándo vivía allí. Llegamos a la segunda planta, su puerta era la d.  Me preguntó si quería tomar una copa mientras levantaba las persianas y negué con la cabeza. Se paró en seco en mitad del salón, clavándome su mirada. Yo había venido por otra cosa.

—¿Me enseñas tu habitación? —le pregunté, sugerente.

Entonces, dio dos pasos hacia mí, me abrazó por la cintura y me besó. ¡Y qué bien besaba! Le pasé mis manos por detrás de su cuello, entrelazando mis dedos en sus rizos y pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó un centímetro de aire entre nosotros. Sentí sus manos bajando hasta más allá de mi cintura, me levantó el corto vestido que llevaba puesto y rozó con sus dedos mi entrepierna por encima de las medias. Suspiré y Coque me tomó de la mano y me llevó a su habitación.

La cama estaba sin hacer y había algunas prendas de deporte tiradas sobre la cómoda. Todo en ese espacio me parecía terriblemente masculino y sexy. Le desabotoné la camisa de cuadros que llevaba puesta y pasé mis manos por sus abdominales marcados, bajo una capa de espeso vello negro. ¡Qué bueno estaba, por Dios! ¡Era el mismísimo Dios Apolo! Me levantó el vestido y lo sacó por mi cabeza. Allí me quedé de pie, en sujetador y con las medias puestas, mientras él me escrutaba con lascivia, rozando apenas mis pechos con la yema de sus dedos.

—Me acuerdo perfectamente de cómo eran —me susurró, con media sonrisa

Bromeé diciéndole que era imposible, y él me cerró la boca, besándome de nuevo. Me tumbó en la cama y me quitó las medias. Se desabrochó el pantalón y se quedó de rodillas con los calzoncillos puestos. Estábamos muy excitados y sorprendentemente no me daba vergüenza. Era el momento de cerrar el círculo, de completar por fin aquello que habíamos dejado pendiente durante tantos años, de probar si realmente conectábamos. Le metí mi mano dentro de su ropa de algodón blanca y dejó que lo acariciara lentamente hasta que me cruzó las manos sobre la cabeza y pasó a recorrer mi cuerpo con su lengua. Deseaba entregarme a él por completo. Le abrí mis piernas y se deleitó en saborearme. Cuando le dije que necesitaba sentirlo dentro, sacó un preservativo de su mesita de noche, se lo colocó y me dio las dos horas de sexo más intenso que podía recordar en años. Coque acababa de escalar hasta el número uno de mi ranking de amantes.

Tumbados sobre la cama, con su cabeza apoyada en mi barriga, le susurré:

—Tengo que irme.

—Te llevo a casa —se ofreció.

—No, pillaré un taxi, no te preocupes.  Prefiero llegar sola.

Comprendió mis motivos sin necesidad de explicaciones.

—Como quieras. ¿Lo has pasado bien?

—Dos veces —le respondí en alusión a los orgasmos que había tenido.

Sonrió encantado y me tomó en brazos para colocarme encima de él.  Sentada a horcajadas sobre sus caderas, sintiendo la humedad de mi sexo sobre el suyo y contemplándolo tumbado sobre la cama revuelta, de repente, todo lo que deseaba era largarme de allí. No podía entender lo que me pasaba, pero no quería ninguna intimidad más. Hice el amago de levantarme para vestirme, pero Coque me retuvo por el brazo:

—No voy a hacerte daño.

Una promesa demasiado grande para la primera tarde. Me incliné para darle un beso rápido en los labios  y me escapé de allí sintiéndome una extraña en mi propio pellejo.

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