(t2) Mermelada de mellum -XXIX-

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Durante las seis horas que transcurrieron hasta la llamada de Diana anunciando su llegada, tuve tiempo de hacer con Shaina y Zareen turismo al mejor estilo europeo. Me fueron mostrando rincones y lugares que de manera sorprendente podrían enamorar a cualquiera, y por los que pasé un poco de puntillas, con la cabeza más puesta en lo que vendría después, que en admirar tantos detalles de la cultura marroquí. Antes de llegar al hotel, pasamos por una de las infinitas tiendas de Fez para comprar una bolsa de deporte. Tenía pinta de ser de imitación, y qué casualidad, de la otra gran marca competencia de Adidas, algo mayor que ésta y negra con las letras y el símbolo de la marca en blanco. Así llegamos a destino con la bolsa de Nike vacía en las manos.

A la izquierda de la recepción del Hotel Riad Jamai había un grupo de sillones, todos tapizados en el mismo cuero marrón que los de las habitaciones, y decorados con cojines rojos, del mismo rojo pasión de las gasas del dosel de la cama. Acomodada entre ellos estaba Diana, charlando animada con Jaime que, sin duda en estado de alerta profesional, se había sentado pegado a la pared y frente a la entrada. Él fue el primero en verme, y se levantó solícito con la mano tendida.

—Comisario… Aquí estamos al fin.

Diana se levantó felina, casi como flotando en el aire. Mientras Jaime saludaba a Zareen y a Shaina que se habían quedado un poco por detrás de mí, ella me miró con intensidad. No me quedó duda alguna de a lo que había venido. Una blusa blanca con tres botones desabrochados, unos vaqueros de los de segunda piel, y el pelo recogido en una cola bien tensa, dejaban franco el óvalo de la cara que, sin embargo, mantenía el maquillaje recién retocado y en perfecto estado de revista. Se colgó de mi cuello y me besó largo y profundo, dejando en mi boca ese aroma de menta que tanto me gustaba.

—Hola mi amor. ¿Me has echado de menos?

Diana me acababa de preguntar exactamente lo mismo que yo a mi par de damas cuando las encontré el barrio de la Curtiduriía Chouwara. En el fondo Diana y yo no éramos tan diferentes. El haber compartido media vida, hacía que determinadas estructuras de pensamiento se diesen de idéntica manera en ambos.

—Pues claro que sí. Por eso estás aquí, en este Fez que parece sacado de otro tiempo.

—¿Quién de las dos es tu compañera de aventuras en Marruecos?

—Ninguna: Son Shaina y Zareen. Ellas son amigas de Fatine, y tengo que agradecerles que hayan venido en mi auxilio. No tengo conmigo la mochila en la que llevaba mi pasaporte y mi cartera.

Diana sonrió a las chicas con gratitud por lo que de bueno pudieran haber hecho por mí, y con una inclinación de cabeza las saludó a un par de metros.

—Jaime, ¿Habéis hecho ya el check in?

—Sí comisario. Ya hemos subido a las habitaciones el equipaje.

Diana me miró risueña. En sus ojos había una pregunta. “¿De verdad pensabas que me podía plantear dormir con el picoleto?”

—¿Y el coche?

—En el parking, Diana tiene la llave.

—¿Quieres bajar al aparcamiento conmigo? —me preguntó Diana.

—Sí por favor, vamos un momento.

Echaba de menos mi BMW X4. Es un coche amplio y muy seguro. Aculado contra una de las paredes del aparcamiento, pude abrir el portón del maletero. Bajo la rueda de repuesto que yo había dejado fuera, estaba la moqueta bien colocada, y bajo ésta, todo el dinero tal y como yo lo había puesto días antes.

—Ayúdame por favor. Mantén la bolsa abierta mientras guardo dentro la pasta.

—Eres encantadoramente raro. Vienes a Marruecos a entregar el dinero y te lo dejas en La Línea, y tu acompañante desaparece cuando yo llego.

—No lo creas. Soy jodidamente profesional. Luego te lo explicaré todo, incluyendo dónde está Fatine.

Subimos con la bolsa directamente desde el parking hasta la habitación de Diana para dejarla oculta dentro la bañera. Cuando bajamos, Jaime y las chicas estaban instalados en la misma mesa del patio sobre la que cenamos en la noche anterior. Shaina y Zareen mantuvieron una prudente distancia conmigo, sabedoras de que ahora todo el espacio lo ocupaba Diana. A los postres, mi sevillana sugirió que tomásemos unos gin tonic´s, a lo que mis damas marroquís asintieron. Preguntaron si podían servirnos con las bebidas unos dulces de mellum, que al parecer se compone de carne de membrillo, almendra molida, miel y polen de hachís.

El ser turista en algunos países islámicos pero de corte moderno como lo es Marruecos, facilita mucho las cosas. Sendas copas de balón para todos, y una bandeja llena de hojaldres cubiertos de una mermelada que hizo estragos en el bueno de Jaime, y que poco tiempo después me tenía llevándolo a su habitación seriamente perjudicado, fueron la corta sobremesa.

Cuando le acosté y recogía sobre un sillón sus ropas alguien golpeó suavemente en la puerta. Al abrir encontré a Diana insinuante.

—Las chicas también estaban contentas con los hojaldres. Se han ido a dormir muertas de risa. Nuestras copas estaban a medias, y yo las he subido. ¿Vamos a mi habitación a terminarlas?

Besé sus labios anticipando el resto de la noche. ¿Cómo iba a negarme?

—Por supuesto que sí mi cazadora, pero para ducharnos tendremos que sacar la bolsa de Nike de la bañera.

Entre risas y cogidos por la cintura buscamos por el pasillo la habitación de Diana.

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