(t2) Melilla connection -XV-

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Tuve apenas un par de segundos para valorar la situación. Liarse a tiros suponía salvar a la chica y que aquello se llenase de gendarmes pidiendo explicaciones sobre qué hacíamos nosotros dos dentro de una nave a la que no nos habían invitado. También suponía correr un riesgo innecesario y sobretodo, poner en peligro a Fatine.  Tapé de nuevo la boca de la chica con la cinta y con un gesto de mi dedo sobre los labios le indiqué que se mantuviese tumbada y en silencio. Fatine desapareció tras la puerta de lo que debía de ser un pequeño servicio, y yo me deslicé bajo el camastro, encogido y bien pegado a la pared. Lentamente saqué de la cartuchera mi pistola y quité el seguro. En caso de ensalada de tiros, cada instante ganado al adversario era oro puro. Desde mi escondite vi llegar los zapatos del tipo bien vestido. Eran de corte italiano y con aspecto de muy caros; zapatos para acelerar el Ferrari rojo que había en la nave. Algo me hacía pensar que a escasos cincuenta centímetros, aquellas punteras de tafilete pertenecían a los zapatos de Ali. Mientras éste hablaba, note como disminuía la presión sobre el somier, y la hermana de Jaime se levantaba, y se ponía de espaldas al hombre. Aquello tenía pinta de que le estaba desatando las manos. Vi como sus babuchas se dirigían hacia el servicio, y agradecí que al menos Ali respetase su intimidad, y por el bien de Fatine no entrase tras ella. Sonó al poco la cisterna y de nuevo salió para sentarse en la cama. Pude ver cómo desde la oscuridad del aseo mi compañera observaba la estancia. El tipo salió y pude leer en los labios de Fatine.

—Le ha dejado magdalenas para que coma. Creo que ahora volverá para atar sus manos.

En efecto, al poco llegó el gorilón y de malos modos le exigió que se diera la vuelta para atarle las manos. Ella protestó por los malos modos, y él contestó algo que yo no entendí, pero que nos daría la clave de las próximas horas. Abandonó la estancia y cerró la puerta. Poco tiempo después los portalones se cerraban, y los ladridos de un perro que no debía ser precisamente pequeño, indicaban que un nuevo problema nos esperaba al otro lado del tablero de la hoja de la puerta.

Fatine abandonó el servicio mientras yo dejaba mi escondite con excrementos de rata pegados a la ropa.

—¿Sabes lo que acaba de decir el animal?

—Francamente no. Prometo aprender árabe algún día.

—Pues que mañana pasan a Melilla y cruzan hasta España. Creo que a ellos también les gusta utilizar el factor sorpresa.

Fatine despegó de nuevo la cinta que el gorila había puesto sobre la boca de Malak.

—Matamos al perro y salimos por el mismo sitio por el que entramos —propuso Fatine.

—De eso nada —respondió enérgica Malak en perfecto castellano—. Yo no me muevo de aquí. Estos bastardos no tienen escrúpulos, ni compasión. Les he oído hablar de extorsión sin límites, de tener comprados a guardias en la frontera, y de haber pegado algún que otro tiro en la cabeza de chivatos, disidentes y de aquellos que ya no les resultan de utilidad. En cuanto al perro no os preocupéis, yo lo apaciguaré. Tengo experiencia y amo a los animales, seguro que eso no será un problema. Pensad algo para que les pillen, y mi hermano se libere de una vez esta manada de sinvergüenzas.

El perro olfateaba tras la puerta con una intensidad de las de no buscar precisamente amigos.

—Desátame las manos —me pidió—. Poneos detrás de mí.

Abrió la puerta un poco y comenzó por el breve espacio a susurrar al perro, que poco a poco pareció calmarse.  Se trataba de un enorme stanford de capa castaña y enorme pecho blanco. Yo no daba crédito a que aquel gigantesco moloso jugase ahora con Malak como si fuera su ama.

—Átame de nuevo las manos a la espalda y os acompaño a la puerta con el perro. Luego vuelvo a la habitación y espero a que vuelvan. Creo que pueden regresar en cualquier momento con la droga. Confío en vosotros. No perdáis el tiempo.

Desde luego que no podíamos perder ni un minuto. La próxima noche la pasaríamos en Melilla, y el siguiente día prometía una travesía de vuelta a la Península para nada aburrida.

 

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