(t2) ¿Me estoy metamorfoseando en hombre? -XXV-

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Cuando ocurren cosas inesperadas, es inevitable descolocarse. Después de cuarenta años y de una amplia experiencia sexual, resulta que un buen día te das cuenta de que no quieres hacer la cucharita sino que prefieres marcharte a casa después de. ¿Es una condición intrínsecamente masculina no acabar perdidamente enamoradas después de una noche de sexo? Si no ocurre, ¿es eso una señal de que no es el hombre apropiado? ¿Debemos buscar en nuestro interior la razón por la que no hemos acabado suspirando en el balcón? ¿O se trata simplemente de que estamos evolucionando hacia una versión actualizada de mujeres? Si después de una noche de sexo con un hombre, todo lo que deseas es irte a tu casa, ¿estás completando tu mutación a #MujerActualTotalPro?

Después de mi tocata y fuga de la barbacoa de Mariluz, sabía que mis amigas no iban a tardar en pedirme el relato de la jugada. La noche del miércoles, se presentaron sin avisar en casa, cada una con un plato preparado y dos botellas de champán bien frío cortesía de Diana. Me eché a reír. Eran tremendas. Los niños repartieron besos a las titas y aceptaron con agrado su retiro anticipado al dormitorio, porque sabían que aquella visita implicaba que por esa noche podían llevarse sus tablets a la cama.

Una vez a solas, comenzó el interrogatorio:

—Bueno, bueno, qué carita de boba tiene aquí la señorita… —bromeó Mariluz sirviendo el champán.

—Pues sí, lo pasamos muy bien en la cama. Si hubiera sabido que era tan bueno, lo habría catado veinte años antes.

—Probablemente, hace veinte años no sería tan bueno. La experiencia es un grado —dijo Diana alzando su copa a modo de brindis.

—¿Habéis vuelto a quedar? —quiso saber Mariluz.

—¿Te escribió? —suplicó Emi—. Dime por favor que tuviste un día después maravilloso.

—No hemos quedado aún. Entre semana es complicado. Pero sí, me escribió —concedí con una sonrisa—, es el mejor día después de la historia.

Diana me miraba desconfiada sin pronunciar palabra, mientras a Emi se le encendían los ojos.

—Sin embargo, no sé por qué, una vez que terminamos, sólo quería salir de allí.

—¿Por qué? —preguntaba Mariluz, visiblemente contrariada por que le boicoteara sus planes de boda.

—No lo sé. Ya me pasó con Víctor. Y con Coque me vuelve a pasar. No puedo soportar esa intimidad con nadie. Me siento muy incómoda y sólo quiero escapar.

—Qué extraño, creía que Coque te gustaba —insistió Mariluz—. Y es un tipo verdaderamente encantador.

—¿Habré perdido la capacidad de querer? —pregunté—. ¡Dios mío! ¡Me estoy transformando en hombre!

Diana se echó a reír.

—No seas absurda. No es tu hombre. Eso es lo único que te pasa. Estás aprendiendo a diferenciar el sexo del amor. Enhorabuena —dijo, volviendo a alzar su copa.

—Ah, que no es su hombre. ¿Y el imbécil número uno sí es su hombre? —protestó Mariluz, en clara alusión a Eme.

Y entonces supe que tenía que someter al Senado la cartita recibida, para que pudieran darme un veredicto.

—Bueno, poneos cómodas, hay algo que no sabéis.

Y les conté lo que tan sólo había compartido con Di, sin ahorrar detalles, observando cómo a Emi se le iluminaba la cara y a Mariluz se le avinagraba el gesto. Cuando acabé de leer la carta y la devolví al sobre, Mariluz hizo la temida pregunta:

—Y si vuelve, ¿qué?

—Pues ya lo gestionaré en su momento. Iré viendo.

Me sostuvo la mirada, intentando creer en mí.

—Sólo lo tienes en standby porque está en América. Y sabes igual que yo que en cuanto regrese y chasquee los dedos volverás con él. Y no se lo merece.

—No lo tengo en standby. Intento dejarlo en el pasado, Mariluz, créeme.

—¿Que lo intentas? Tú miras tanto hacia el pasado que deberías llevar retrovisores.

—Cuando quieres, eres una víbora.

—Es la verdad. Tienes un hombre estupendo, sin compromisos, que además te gusta, y vas a estropearlo por Mr. PongoPiesEnPolvorosa. No puedo soportarlo.

Mariluz se levantó del sofá y se puso a recoger la mesa. Como siempre, se quitaba de enmedio cuando el tema la desbordaba. Las otras dos aprovecharon para aconsejarme.

—No vivas pensando que va a volver, ni cuándo —me dijo Emi—. No estás haciendo nada malo por salir con alguien.

—Exacto —asintió Diana—. ¿Qué pasa contigo? ¿Si un tío te gusta ya tienes que plantearte enamorarte y serle fiel? ¡Ni siquiera habéis hablado de exclusividad!  Despierta, Salo. Coque seguro que tiene más de una como tú. ¿Piensas que se va a conformar con echar un polvo cada quince días?

—Me dijo que no iba a hacerme daño.

—Eso no significa necesariamente que vaya a follar sólo contigo. Los hombres tienen una aversión natural a la monogamia —insistió la cazadora.

—Lo sé. Lo peor es que no me importa demasiado.

—De todas formas —intervino Emi—, si uno de los motivos que te hacen sentirte mal es que sientes que estás engañando a Eme, olvídate. Él nunca sabrá que has estado con otros. Se queda para nosotras. No te martirices, ¿me oyes?

Asentí.

—¿Prometes? —me pidió Diana.

—Lo prometo.

Nos quedamos unos segundos en silencio y me permití un poquito de autocompasión.

—¡¡Dios!! ¿Por qué tuve que conocerle?

—Era el destino —respondió Emi.

—¿Para acabar así? ¿Esto es lo que me tocaba vivir con Eme? ¿Ésta ha sido nuestra historia? ¿Ya no queda más amor? ¿Dónde se ha ido? ¿Dónde está todo eso que sentíamos cuando estábamos juntos? ¿Qué se supone que queda entre nosotros después de que se haya acabado el amor?

—No se ha acabado el amor —corrigió Emi—. Está ahí, en alguna parte, esperando a que os juntéis.

La miré condescendiente. Escuchado en boca de alguien que me quería tanto, aún sonaba más deprimente. Decidí darle carpetazo a Eme por esa noche.

—Bien, fin de la conversación. ¡Mariluz, ya puedes traer el postre ese tan rico que has preparado!

Mi amiga la pastelera volvió de la cocina con unos profiteroles bañados en chocolate que me alegraron el espíritu y me hicieron olvidarme de los hombres. Ni Eme, ni Coque, ni ninguno. Sólo chocolate, champán y mis amigas.

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