(T2) Con mando en plaza -XXXVI-

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A veces nos marchamos de los sitios, con la sensación incómoda de haber dejado una tensión sexual no resuelta. Es como desperdiciar más allá de lo puramente físico, el explorar un camino con final siempre incierto, pero con la posibilidad de regalarnos instantes de plenitud. Al fin y al cabo la felicidad es eso, momentos con principio y final que, intentamos tengan entre unos y otros no demasiados tramos largos de oscuridad.

Brunella Colavolta fue el enlace a Interpol que nos puso la polizía italiana en mi anterior estancia aquí. Había hecho un máster de criminalística en la UCAM de Murcia, y hablaba español con ese acento italiano que nunca termina por desaparecer. Con ella recorrimos mi compañero y yo las zonas calientes del crimen italiano, y su colaboración fue de inestimable ayuda para acabar desmontando aquella red mafiosa que llegaba hasta España. Aquella era una mujer con mando en plaza. El respeto a que entonces yo era un hombre casado, fue el que hizo que acabadas las jornadas de trabajo, tras compartir datos cada noche en los bares de los hoteles en los que nos alojábamos, y frente sendos vasos de whisky con hielo, la cosa quedase siempre en un buona notte, cuando ambos sabíamos que podría haber habido algo más.

Nos abrazamos con sinceridad profesional, y mientras se apretaba contra mi cuerpo con otra sinceridad, me miró un momento y me plantó un par de besos.

Aitor me observaba entre divertido, y acaso con una pizca de envidia.

—¿Es que no vas a presentarnos sevillano?

—Perdona Aitor, ha sido toda una sorpresa. Ella es Brunella. Es una poli de las buenas en Italia.

—¿Lo dices por el atuendo verdad?

Brunella llevaba una minifalda burdeos a juego con los zapatos de tacón, y una blusa sin mangas en blanco roto de seda cruda, eso y un bolso en bandolera cruzada en el que cabía seguro un arma. Ella se lo tomó como un cumplido.

—Bueno, si él me presenta como Aitor, lo dejaremos en Aitor. Encantado pero de verdad. Este hombre allá por dónde va, solamente conoce mujeres hermosas. Puedo dar fe de ello y de que es un gran profesional, mejorando lo presente.

Tomó la mano de Brunella y la besó de manera ceremoniosa. Ella se dejó hacer sin aspavientos y le devolvió una sonrisa.

—Este policía y yo.

—Expolicia –interrumpí— ahora me dedico a la seguridad privada.

—Bueno, pues este expolicía me ha enseñado mucho del oficio la última vez que nos vimos.

—Ella también a mí Aitor. Es el azote del crimen organizado por estas tierras. Seguro que podría haberme enseñado mucho más pero, acabó nuestro tiempo de estancia, e Interior no es amigo de pagar vacaciones.

Aquello sonó a algo diferente de lo que yo en realidad quería haber expresado. La picardía quedó en el aire, y tras un par de segundos de silencio ella apostilló.

—Siempre se está a tiempo de aprender. No olvides que cuando el alumno está preparado, siempre aparece un maestro.

La respuesta hizo el momento un poco más embarazoso que el anterior, y por romper el calor que subía a las mejillas del vasco, Brunella preguntó.

—¿Vais a algún sitio?

Aitor sacó del bolsillo interior de su americana un papel doblado y se lo tendió.

—Son cinco minutos en coche. Tengo aquí un camuflado, ¿queréis que os lleve?

Con su actitud no iba a darnos la oportunidad de decir que no. Puso sus manos sobre nuestras espaldas y nos empujó suavemente hacia una zona en la que estaba prohibido aparcar, aunque un Lancia Delta de cristales tintados, se saltaba la norma con la solvencia de ser él quien la impartía.

Aitor se sentó detrás, acostumbrado como estaba ya a las escoltas, y yo junto a Brunella, que seguía teniendo esa endiablada forma de conducir.

El tráfico en Roma es deplorable, no es algo consecuencia de la torpeza de los romanos, que muy al contrario, se las componen para desatascar naturalmente aglomeraciones de coches que en cualquier otro sitio serían motivo de colapso. Brunella encendió la luz azul del salpicadero y, supongo que las de la calandra, porque de pronto todo el mundo empezó a quitarse de nuestro camino, y en apenas diez minutos habíamos llegado a la dirección de la cita de Aitor.

El lugar era un edificio de oficinas muy moderno, todo en cristal y acero, con tornos a la entrada y escáner de seguridad. Se bajó del coche y subió una pequeña escalera hasta las puertas del edificio, para perderse entre un montón de gente que entraba y salía.

Nos habíamos quedado en la misma puerta, en zona de prohibido estacionar. Un policía muy serio se dirigió a la ventanilla del conductor, y antes de que abriera la boca la bella Brunella le estampó la placa contra el cristal. Él se limitó a saludar marcialmente y siguió su camino. Ella sacó del bolso una pitillera de alpaca con el escudo de Águilas dibujado sobre su portada y me ofreció un cigarrillo.

—¿Quieres uno?

—Gracias. Es algo que he dejado salvo raras excepciones.

Encendió el suyo y le dio una calada profunda para echarme todo el humo después.

—¿Qué otras cosas has dejado además de la policía y de fumar?

—Bastantes. Voy a buscar unos caramelos por aquí, y la vuelta te las cuento.

Cruzando la calle había un pequeño bazar que vendía de todo, y en el que comprar caramelos. Al salir desanudando la bolsa de plástico y levantar la vista, el Lancia camuflado ya no estaba.

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