(t2) de lo insólito -xxx-

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Al volver la esquina del pasillo se oían todavía las risas de Shaina y Zareen, que parecían tener alguna dificultad para ingresar en la suite. Por fin, el portazo dejó el ambiente en silencio y la zona despejada.

Cuando salí del baño con la bolsa del dinero cogida por las asas, encontré a Diana tumbada sobre la cama y con una mueca burlona.

—No te lo he dicho —me contó arrastrando un poco las palabras— pero los tres últimos hojaldres que quedaban en la bandeja antes de subir, me los he comido yo.

Al poco Diana dormía como una bendita, mientras en la bañera el agua caía con un ruido de borboteo hipnotizante.

A la mañana siguiente abandonamos temprano el hotel. Yo conducía el X4 con Diana, mientras Jaime iba por detrás llevando el Opel y a las chicas. Por fin llegamos hasta la entrada del palacete del señor Massú. Decidimos que Zareen se quedase al volante del BMW y Shaina al del Opel. Diana no consintió en quedarse fuera y entre Jaime y yo, se hizo porteadora de la bolsa de NIKE, colgada de su hombro por la bandolera. Desde alguna cámara de seguridad debieron de vernos, por lo que no hizo falta llamar. La puerta lateral se abrió, y el cacho de carne que había encañonado a Fatine nos invitó a entrar desde dentro.

Allí estábamos al fin en el mismo salón del que salí la última vez, dejando como rehén a Fatine. El señor Massú entró por una puerta lateral con su mejor sonrisa.

—Señores, celebro verles a todos. ¿Han traído mi dinero?

Jaime y Diana se quedaron un paso por detrás. Tendí mi mano hacia Massú manteniendo el ambiente conciliador con el que nos había recibido.

—Por supuesto. Ya le dije que soy profesional, y ello comporta cumplir los plazos. ¿Puede usted hacer venir a Fatine?

Dijo algo en árabe, y una vez más lamenté no entender sus palabras, aunque el bruto que nos había abierto la puerta salió de la estancia.

—¿Puedo preguntarles por el viaje?

Para mi sorpresa Diana intervino con serenidad.

—Claro que puede. De hecho es una cortesía que le agradezco. Le he de confesar que hace años que no vengo a Marruecos y, hacerlo por mediación suya, bien merece una mención.

El gorila abrió la puerta por la que había salido un minuto antes, y primero entró Fatine, y tras ella que refunfuñaba, lo hizo él. A mis labios vino una pregunta.

—¿Estás bien Fatine?

Ambos llegaron hasta nosotros.

—Hasta hace un momento estaba bien, pero este animal no se acuerda de que su jefe, el señor Massú, había puesto un plazo de 72 horas que, por supuesto, aún no se han cumplido. Tú estás aquí, cosa que nunca he dudado que ocurriría. Traes otra bolsa de deporte, en la que presumo está el dinero. Hasta ahí todo correcto, salvo que su chimpancé, señor Massú, no ha respetado el acuerdo, y mientras veníamos hacia aquí, ha intentado meterme mano.

Se giró hacia el bruto, y primero le dio un rodillazo en la entrepierna absolutamente efectivo, y luego una bofetada cuando éste se agachaba levemente. Antes de que el bruto hiciera intención de agredir a Fatine, yo ya le estaba apuntando en la cabeza, mientras Jaime hacía lo propio con el otro y Diana que no iba a ser menos se dirigía a Massú.

—Lo que ha hecho esta señorita es de justicia caballero. Le sugiero que mande usted a sus chicos que se retiren discretamente, le entreguemos su dinero y cada uno por su lado. He venido a hacer turismo, y no quisiera desviarme del propósito.

—Creo que tiene usted razón, señorita.

Hizo un gesto a los gorilas que permanecían encañonados todavía, y simultáneamente Jaime y yo les quitamos sus pistolas. Luego salieron.

—Bien, puede usted contar el dinero si quiere. Aquí está hasta el último billete.

—No me hace falta. Me ha demostrado suficiente. Pueden ustedes abandonar mi morada. Lamento todo esto sinceramente, créanme. La próxima vez, este hombre ya no trabajará conmigo, se lo aseguro. Tengo que darles un maletín con documentos. Han de llevarlos a Bilbao. Son los nuevos contratos, y el condicionado “especial”. Comprenderán que se trata de algo muy confidencial, y que prefiero que se entregue en mano.

Dejamos sobre la mesa las pistolas de los guardaespaldas y abandonamos hasta la puerta el palacete en un silencio tenso, acompañados por nuestro anfitrión.

—Espero que nos volvamos a ver caballeros.

Una muchacha de servicio se acercó corriendo hasta nosotros con mi pequeña mochila en las manos.

—Sin pasaporte le resultará complicado salir de mi país.

La puerta lateral se cerró tras nosotros, y por fin Diana y Fatine se quedaron frente a frente.

Tres, cuatro, cinco segundos tal vez que se hicieron eternos. Por fin habló Diana.

—Te había imaginado de otra forma.

—¿Con menos ovarios tal vez? —sonrió—. Yo no te había imaginado de ningún modo, aunque siempre he sabido que existías. Tu intervención ha sido muy apropiada. Te felicito.

Entonces ocurrió algo insólito: ambas se fundieron en un abrazo largo y sincero.

—Ahora tenéis que regresar a España con el maletín. Yo volveré con mis hermanas a Marrakech, si este joven quiere llevarnos en el Opel, y luego  a La Linea con él a devolver el coche, y después a Roma. Creo que me he merecido unas vacaciones en toda regla.

Aquello por supuesto no fue un adiós, más bien resultó un “hasta la vista” que a todos nos devolvía la calma para una temporada. Subieron los cuatro al Corsa y desde la ventanilla del copiloto Fatine me lanzó un beso tan dulce como el que un momento antes no me había dado en los labios para no generar incomodidad.

—Bueno poli… pon rumbo a Sevilla, por favor. Tenemos bastantes cosas de las que hablar por el camino, y mucho tiempo.

 

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