(t2) La vida de las otras -VIII-

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Cuando a una la hacen partícipe de una historia desconocida, que ha venido sucediendo por largo tiempo y de la que no sospechaba nada, una siempre se queda con la sensación de haber estado viviendo en una galaxia muy muy lejana, dentro de su particular Estrella de la Muerte como mínimo, para no haberse dado cuenta de que aquello estaba pasando a un palmo de sus narices. Si encima esto sucede con dos de tus mejores amigas, la cosa se agrava, porque a la sensación de despiste infinito se suma ahora la de haber fallado. ¿Era posible haber estado tan ciega como para haberme creído la única con problemas? ¿Había fracasado como amiga por haberme ofuscado en ser el centro de atención en todas nuestras tertulias? ¿Había sido un poco egoísta por pensar que el mundo se había acabado no sólo para mí sino para todas las demás después de Eme?

La confesión de Emi me dejó descolocada. Sabía que Tinder era una aplicación para conocer gente pero, ¿Emi? ¿En serio? ¿Qué buscaba mi amiga exactamente en un sitio así? Mariluz se encargó de hacer la pregunta que había quedado flotando en el ambiente, con toda la acidez que le era propia:

—¿Qué coño hace una mujer casada y con dos hijos ahí, me lo quieres explicar?

Emi se justificó:

—No lo sé, quizás evadirme de esta vida miserable que llevo.

—¿Y por qué no intentas arreglar tu vida, en lugar de buscar una nueva? —continuó Mariluz.

—Porque no quiero, porque creo que mi matrimonio ya no tiene arreglo, porque miro a Paco y veo a un completo desconocido y ya ni me acuerdo de qué fue lo que me enamoró de él.

Me dio muchísima pena escuchar a mi amiga. La entendía perfectamente. Yo misma me había sentido igual durante mi matrimonio. Hasta el punto que descubrir la infidelidad de exmarido fue como una liberación, la llave que me permitió escapar de aquella vida sin cargar con el sentimiento de culpa que me aterrorizaba.

—¿Qué pasa? ¿Que entre unas y otras habéis decidido matarme? —continuó Mariluz—, ¡sois todas unas degeneradas! Una ni siquiera lleva la cuenta de los tíos que han pasado por su cama en lo que va de mes, otra sigue enganchada a un idiota casado que no la merece y ahora ésta, que quiere ligar por internet. De verdad, voy a tener que buscarme amigas nuevas.

Nos echamos a reír. Lo cierto era que en el último año la vida de todas nosotras estaba siendo un tanto turbulenta.

—No sólo hay gente soltera en Tinder, Mariluz —se defendió Emi—. Te sorprendería saber la de casados que buscan un escape, sea del tipo que sea. No hace falta quedar para tener sexo, puedes quedar para tomar un café, para contarle tus problemas a alguien que esté en tu misma situación, para conocer gente… luego si surge otra cosa, ya se verá.

La explicación de Emi dejó a Mariluz descolocada:

—¿Es verdad eso que me estás diciendo?

—Y tanto.

Me divertía ver a Mariluz con la cara desencajada. Su moralidad sin mácula no le permitía aceptar que estas cosas sucedieran con la mayor naturalidad del mundo. Entonces, Diana se encargó de rematar la faena:

—A ver, Mariluz, las infidelidades existen desde que el hombre es hombre. Sólo que ahora resulta mucho más fácil llevarlas a cabo. No conozco a una sola pareja en la que uno de los dos no haya echado una canita al aire alguna vez.

La mirada de Mariluz la obligó a añadir:

—Bueno, excepto tú y Josema, claro.

Mariluz frunció el ceño, se quedó pensando unos segundos y le pidió a Emi:

—Comprueba si Josema está en Tinder.

—¡¿Qué?! —preguntamos al unísono las tres.

Aquello era lo que faltaba. Entre unas y otras habíamos conseguido que la confianza ciega de la más ejemplar de mis amigas se resquebrajara. Intentamos hacerla entrar en razón, diciéndole que sólo porque tuviera tres amigas degeneradas no significaba que todo el mundo lo fuera, que sabíamos que Josema estaba loco por ella, que su matrimonio era ideal, y que en el fondo, la envidiábamos. Entonces, Mariluz respiró hondo y nos dijo:

—Ahora voy a contaros algo que me viene pasando desde principios del verano —hizo una pausa y nos miró, sabíamos que ella se prodigaba poco en contar cosas personales, y si algo la había estado preocupando, la cosa merecía toda la atención del mundo—. Últimamente, noto a mi marido muy distante. Al principio, pensé que era el final de curso, los exámenes, las evaluaciones y demás. De hecho, cuando le conté lo de nuestras vacaciones juntas, me sorprendió la buena acogida que tuvo la idea por su parte. No es que esperara que  se fuera a oponer al viaje, ni mucho menos, pero su reacción fue casi como de alivio, de contenida alegría, diría.

Nuestras caras eran de sorpresa absoluta, pero ninguna nos atrevíamos a interrumpir.

—¿En qué sentido distante, nena? —preguntó Diana.

—Pues… está más pendiente de su móvil de lo que había estado nunca, incluso le ha puesto una contraseña de desbloqueo, cosa que jamás había tenido.

—¿Le has preguntado por qué lo ha hecho? —quise saber yo.

—Dice que es porque cuando va a clase, deja el móvil en la sala de profesores y no quiere que cualquiera pueda usarlo.

Nos quedamos a cuadros. Era la peor explicación que había escuchado en la historia de las justificaciones absurdas, y Mariluz lo sabía.

—Aparte de eso, no se separa de él, se lo lleva incluso al baño. También cuida su aspecto muchísimo más que antes. He bromeado con ese tema diciéndole que se ha vuelto presumido con los años, y me responde que antes me quejaba porque iba más desaliñado, que me quejo por todo, que no estoy contenta con nada.

Vaya. La cosa pintaba fea.

—Ha quitado la información de la última hora de conexión de su whatsapp. No sé si me estaré volviendo loca, pero cuando os escucho a vosotras, sumo dos más dos, y me da cuatro.

Salimos al rescate, diciendo todo lo que se nos ocurrió para reconfortarla, hasta que Diana se atrevió a preguntar lo que nos estábamos temiendo:

—¿Vuestras relaciones sexuales, cómo son?

Y Mariluz sentenció:

—No recuerdo si este mes me ha tocado.

 

Photo by Tim Marshall on Unsplash

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