(t2) La travesía -XVII-

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Aquel giro inesperado del destino nos llevaría rumbo a Málaga, en lugar de a Algeciras como era quizás lo previsible, aunque el narcotráfico, cambia con frecuencia sus planes para correr más que la policía y nunca puedes dar nada por sentado con ellos.

Teníamos toda la mañana para hacer turismo y algunas compras. Por orden de preferencias, lo primero era resolver con el comisario Ventura lo del inhibidor, de modo que tras un desayuno continental, rodeamos la manzana de la Dirección General de la Policía de Melilla. A la entrada y en una garita me dirigí al número que controlaba el acceso mirando el móvil.

—Buenos días.

—Buenas. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buscamos al Comisario Ventura. Soy compañero  —argumenté mientras enseñaba mi placa.

Llamó por línea interna, y al poco Ventura apareció al pie de la escalera de entrada al edificio.

—Sevillano… ¿Cómo estás?

Estrechó mi mano de manera campechana y se quedó mirando a Fatine como queriendo recordarla.

—Te presento a Fatine.

—Tanto gusto –dijo cogiendo su mano con toda ceremonia—. ¿Es tu novia?

—Ella dice que es de los servicios secretos de Marruecos; valóralo tú —argumenté por desviar la pregunta—. Tengo que pedirte un favor.

—Pasad por favor, no os quedéis en la puerta. Vamos a mi despacho y me contáis.

Quedé con el Comisario Ventura en devolverle aquella maravilla electrónica en un par de días, y agradecí el que no me pidiera explicaciones. Nunca se sabe. Lo guardé en una pequeña mochila junto con mi pistola, y nos dispusimos a recorrer despaciosamente las calles de la ciudad autónoma. Así llegamos a la Plaza de España y luego al Museo Arqueológico. La sala dedicada a la de Antigüedad Clásica Púnico-Romana, con gran variedad de fondos procedentes de las excavaciones realizadas en la necrópolis del Cerro de San Lorenzo, nos ocupó media mañana. Los enterramientos en ánforas allí expuestos, son de los más fascinantes y de mejor conservación que uno pueda imaginar.

Llegamos hasta el puerto deportivo, y nos tomamos unos crujientes de queso en el Gastrobar La Cala, con dos copas de Ribera del Duero, y unos tiramisús de los que incitan a besar en la boca.

—Vámonos al hotel –me rogó Fatine—, la habitación está a nuestro nombre hasta las ocho. ¿Hace una siesta?

Pocas veces la oferta de una siesta encerraba un eufemismo tan socarrón como el que me acababa de proponer mi acompañante.

—Buena idea. ¿Compramos antes los pasajes del ferry y un par de kaftanes discretos?

—Mientras te desnudas, yo compro los billetes desde el móvil. Recuerda que tengo una tarjeta full equipe. La ropa la podemos comprar en recepción. Creo que al menos uno será de mi talla.

Fatine me amó aquella tarde casi con desesperación, como si fuera la última vez. Nunca los hombres llegaremos a entender del todo qué otras fuerzas mueven las caderas de una mujer, además de las puramente instintivas o ligadas al deseo. Creo que tuvo miedo.

A las 20,15 llegábamos a la cola de los coches que embarcarían en el ferry de las diez. Aparcamos a un lado, y esperamos a que llegase la furgoneta de cristales oscuros. Fue Fatine la que primero se apercibió que se acercaba lentamente por el paseo.  Ocupó su lugar en fila, y tras ella, una Peugeot 806 llena de chiquillos ruidosos hizo de obstáculo visual entre ellos y nuestro Opel que colocamos justo detrás de ésta.

Por fin llegamos al puesto de embarque y tras mostrar los billetes electrónicos en el móvil de mi compañera, nos dirigimos a las tripas del barco. Aparcamos junto a la furgoneta en cuyo interior conducía el gorilón con otro simio en el asiento del copiloto, y seguro, que con la hermana de Jaime retenida en su interior. Salieron ante nosotros y cerraron las puertas con el mando a distancia. El guiño de las luces encendió en el inhibidor un piloto verde y, justo en ese momento, se guardó la frecuencia en la memoria del mecanismo.

Por algún motivo que nunca sabremos, el ropero empotrado se volvió desconfiado y retrocedió sobre sus pasos rumbo al Opel con sus ojos clavados en nosotros, entonces besé a Fatine.

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