(t2) La travesía peligrosa -XVIII-

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—No te muevas —le dije a Fatine con mis labios pegados a los suyos, la mano izquierda tras su nuca y la derecha sobre la culata de mi pistola.

Aquella masa de carne llegó junto a mi puerta y volvió a activar la apertura de su furgoneta, descorrió la puerta lateral y se asomó al interior. Sin duda quería asegurarse de que Malak estaba convenientemente retenida. Cerró de nuevo y se dirigió hacia la salida en la que le esperaba el otro cacho de carne, y frente a la que se amontonaba la gente que poco a poco iba abandonado los vehículos.

El amago de beso se convirtió en algo caliente por momentos, y de aquel afer surgió la idea de cómo hacer para quedarnos allí un rato. Desabroché un par de botones de la blusa de mi socia, y entre caricias y besos, esperamos a que todos los coches estuviesen en el barco. Uno de los de seguridad vestido con chaleco de alta visibilidad que pasaba entre los vehículos revisando que todo el mundo subiera al nivel superior, tocó el cristal con los nudillos.

—Perdone pero tienen que abandonar esta zona.

Baje la ventanilla haciéndome el ofendido, y deje un pecho de Fatine deliberadamente al descubierto.

—Hombre no nos cortes el rollo ahora. ¿No has visto la película de Titanic?

—¿Por qué no le invitas a que se quede? —inquirió Fatine maliciosamente.

Tiré de placa y eso acabó de suavizar el rubor que había encendido sus mejillas.

—No te preocupes; acabamos en un rato.

—Cuando salgan empujen la barra antipánico. Desde fuera no se puede entrar pero sí salir. Que sepan que me la juego.

—Gracias. Luego me buscas y te pago lo que quieras en cafetería.

Fatine estaba dispuesta a seguir hasta terminar de emular la escena completa de la película, con la diferencia de que ni yo era Leonardo Di Caprio, ni los cristales se iban a empañar por el frío, ni ella era rubia como Kate Winslet, aunque en el resto no tuviésemos nada en qué envidiarles. Por fin y transcurridos cuarenta minutos, nos vestimos y antes de abrir las puertas del Opel, activamos la función de apertura en el artilugio electrónico. —¡Gracias Ventura! —exclamé, y mientras los pilotos de la furgoneta vecina indicaban su apertura, salíamos del coche a toda prisa.

Descorrí la puerta lateral que minutos antes había abierto el bruto marroquí, y comprobé si dentro estaba la hermana de Jaime.

Delante de los asientos traseros, y entre éstos y el respaldo de la fila intermedia, había una alfombra enrollada de manera voluminosa en el suelo, atada con cintas de embalar de un rollo que habían dejado sobre el suelo.

Mi navaja suiza multiusos soltó las ataduras y Malak se movió dentro.

—Ayúdame Fatine. Vamos a desenrollarla.

La chica no tenía precisamente buena cara. Debía llevar amordazada y presa de aquella guisa bastante tiempo. Se puso en pie con dificultad y pasados un par de minutos acertó a decir.

—Sabía que me podía fiar de vosotros. Gracias. Gracias de todo corazón.

—Dale uno de los caftanes y que se cubra la cabeza con un pañuelo de los nuestros. Mientras vuelvo a enrollar la alfombra y a dejarlo todo igual que estaba.

Un momento después y tras cerrar la furgoneta del mismo modo que la abrí, me dirigía hacia las puertas dobles provistas con barra antipánico, acompañado de dos marroquís vestidas exactamente igual, y con pañuelos ocultando su cabello y parte de sus caras, también exactamente iguales.

Ocupamos un lugar discreto en uno de los salones destinados al pasaje, y tras observar que todo estaba en calma y no había ni rastro de los chicos de Alí, dejé a mis gemelas una frente a la otra, con Fatine de cara al gran salón y pendiente de todo, y Malak de espaldas para no llamar la atención.

Pasé al salón cafetería y observé. Lo normal es que el clan estuviera allí, y en efecto no me equivoqué. Alí, los brutos y un cuarto tipo con el que yo no contaba, sin duda un enlace, estaban frente enormes copas de balón, por supuesto llenas de algo que no era precisamente té de menta. Me coloqué junto a ellos de espaldas, por intentar escuchar su conversación pero, por segunda vez en apenas veinticuatro horas me prometí que aprendería árabe. Entonces pasó el de seguridad.

—Espero que nadie les haya molestado.

—¡Hombre! Si está aquí mi amigo. ¿Qué quieres tomar?

—Un bocadillo y una cerveza. ¿Dónde ha dejado a la chica?

Su comentario hizo que el gorila se tensara y me mirase con descaro. Yo sonreí con disimulo y contesté.

—En el aseo. Se marea mucho en los barcos, por eso hemos aprovechado antes.

No sabía si el efecto balsámico que yo pretendía con la mentira, serviría para tranquilizar al bruto, pero enseguida comprendí que no, y le vi como dijo algo al oído de Alí y se marchó de allí. Pagué la consumición del de seguridad y me volví rumbo al salón en el que estaban las chicas. Quedaban dos horas de travesía, sin duda peligrosa.

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