(t2) La tinder cita -XIV-

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Citas a ciegas. Seguro que todas hemos tenido alguna a lo largo de nuestra vida. Alguna amiga que, creyéndonos desafortunadas e infelices en un momento en el que estamos sin pareja, se haya empeñado en presentarnos a ese amigo de su novio, ese conocido soltero como tú, al que describe como tu auténtica alma gemela, de forma tal que, incluso aunque una sea reticente y escéptica ante esto de los emparejamientos, se queda si se niega con la sensación de estar rechazando al amor de su vida. ¿A alguna le ha funcionado una sola cita a ciegas? ¿Por qué las que las organizan tienden a continuar en su empeño y por qué las que aceptan siguen concediendo una oportunidad al amor? En el fondo, ¿seguimos creyendo que hay alguien hecho a nuestra medida y que sólo es cuestión de encontrarlo? Y si esto que antes ocurría en el círculo reducido de tus amistades puede hoy magnificarse ante el inmenso poder de conexión de las redes sociales, ¿significa que aumentan las posibilidades de éxito? ¿O por el contrario, lo único que aumenta es el riesgo de fiasco?

El día del viaje, me levanté de mal humor. Todo esto me parecía un despropósito absoluto, había dejado estas aventuras antes de cumplir los veinte y aquí me veía de nuevo con cuarenta y un años, acompañando a una amiga a una cita a ciegas organizada por una agencia matrimonial del siglo XXI. Cuando me subí al coche con una divertida Emi, le pedí que no me hablara del asunto, que no volviera a contar conmigo para sucesivas ocasiones y me pasé los siguientes cuarenta minutos soltándole una regañina por esta forma que tenía ella de entender todos mis consejos acerca de no vivir una vida que no quería. Ella escuchaba sin rechistar, pero no se le quitaba la sonrisa de la cara, y al fin y al cabo, tampoco era cuestión de convertirme en una carabina agria y malhumorada.

Pasé a preguntarle detalles más concretos: dónde habían quedado, a qué hora, si estaba nerviosa… Emi contestó a todas mis dudas, pero no, no estaba nerviosa. Estaba disfrutando. Y me atreví a suponer que más por el hecho de saberse capaz de estar dando este paso que por el encuentro en sí.

—Hoy aún no me ha escrito —me dijo.

—¿Cómo que no te ha escrito? ¿Se habrá echado atrás? —empecé a maldecir al tipo.

—No sé —se encogió de hombros—, en el fondo me da igual. Si no aparece, tenemos un fin de semana sin niños para las dos, que la verdad, tampoco estaría mal.

Me descolocó su actitud. ¿Quién era aquélla y qué había hecho con mi amiga? ¿Es que le habían extraído el corazón y le habían implantado una máquina de bombear? ¿Cómo podía acudir a una cita con tanta despreocupación? ¿Cómo era incapaz de ilusionarse o de temer un batacazo? ¿Me había superado mi amiga Emi en la categoría de “mujer moralmente emancipada”?

Llegamos a Badajoz. Emi se había currado una reserva en el centro, en un bonito hotel muy bien situado, en consideración a que mis posibilidades de entrar y salir no fueran limitadas, en caso de tener que quedarme sola. Subimos a la habitación, soltamos el ligero equipaje y nos fuimos abajo a tomarnos la primera cerveza. El tipo seguía sin dar señales de vida, y yo empecé a sufrir pensando en el chasco que se llevaría mi amiga, a pesar de que no reconocía a la persona despreocupada que tenía enfrente.

Después de la primera cerveza, Tinderboy llamó. Emi le dio nuestra ubicación y le dijo que viniera a tomarse una cerveza con nosotras, lo que me molestó un poquito. El acuerdo era que yo no constaría en ningún sitio, que sería una sombra, un seguro en la retaguardia. Pero ella pasaba de todo, iba cambiando los planes según le iba viniendo en gana, y decidí no volver a rechistar en todo el fin de semana.

El galán apareció: metro ochenta de músculos, brazos capaces de levantar un elefante y una bonita sonrisa. Emi hizo  las presentaciones y me encendí un cigarrillo dispuesta a asistir a esos primeros minutos en los que dos desconocidos se cuentan el esquema de sus vidas, cuando el tipo se dirigió a mí:

—No deberías fumar, no es sano.

No daba crédito a lo que acababa de oír. Emi agachó la cabeza, esperando mi contraataque.

—Vaya —le di una larga calada al cigarro mirando fijamente a aquel consejero de salud espontáneo—, pregúntame si me importa tu opinión, cielo.

Me levanté de la silla, le di un beso a Emi en la mejilla y le dije al oído “pásalo bien”. Ella no intentó retenerme, sabía que tenía pocas posibilidades de ser amable con un tipo que inauguraba una charla con consejos hacia los demás. Me coloqué mis gafas de sol y me despedí de él con un irónico “hasta luego, doctor”, que no sé si sus entendederas llegaron a interpretar porque me devolvió una sonrisa amable y un “encantado” que me indicaban más bien lo contrario.

Eché a andar sin rumbo fijo, paseando sin más, hasta que me senté en la terraza de un bar. Pedí una copa de Ribera y una recomendación del camarero sobre el mejor plato de su carta, y me dispuse a mantener una conversación conmigo misma durante las próximas horas. El camarero tomó nota y me preguntó antes de retirarse:

—¿Espera a alguien más?

A lo que yo respondí con satisfacción:

—No, no espero a nadie.

Photo by Nadine Shaabana on Unsplash

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