(t2) La tinder cita (segunda parte) -XV-

Posted on

Sigo pensando que para una mujer, no hay mejor terapia que reírse con las amigas. Que más allá de las conversaciones de todas las tardes sobre los deberes o las enfermedades de los hijos, las obligaciones de la casa, las consultas y consejos sobre el menú de la semana, los problemas en el trabajo, o los ligues ocasionales, no hay nada como una buena sesión de borrachera con pérdida de vergüenza incluida para recargar las pilas para los siguientes dos meses, al menos. Y yo me pregunto, ¿tiene para los hombres el mismo efecto una velada de camaradería masculina? Porque claro, reírse, lo que es reírse, ellos se ríen igual, o puede que incluso más. Pero tengo mis dudas de que el efecto placebo de su risa les afecte de la manera reparadora y sanadora en que lo hace con nosotras. ¿Somos en eso las mujeres, de nuevo, más sentimentales? ¿En qué medida refuerza una noche de juerga el vínculo entre nosotras?

El resto de la tarde lo pasé en su mayoría zambullida en una librería. No había ningún lugar en el mundo donde me pudiera encontrar más relajada y donde las horas no transcurrieran como minutos. Estar entre libros era mi yoga. Y si además, como en este caso, la librería tenía ese sabor a comercio auténtico, con un empleado con muy poco de dependiente y mucho de librero, dediqué todo el tiempo del mundo a curiosear entre las estanterías y a escoger cuidadosamente, no a los diez o doce elegidos que se vendrían a casa conmigo, sino a todos los que tendría que abandonar con un billete de “otro día”. Después de tres horas paseando, leyendo fragmentos, pidiendo al librero —que no era empleado sino dueño— su opinión cuando me surgían dudas, y de comprobar que la pila de libros que le había pedido que guardara en el mostrador para mí mientras acababa mi compra se había convertido en una montaña que me asustaba más por su importe que por su tamaño, decidí dar por concluida mi sesión de spa particular. Ya era casi la hora del cierre, y el librero, que parecía haber disfrutado de mi presencia en su tienda tanto o más que yo, se animó a invitarme a un café que preparó en la trastienda y nos tomamos junto a la caja registradora hablando de Auster, Carver, Muñoz Molina y hasta Kundera. Salí de allí con las energías renovadas, respiré un poco de aire frío y comprobé en mi móvil si tenía alguna noticia de Emi. Nada en absoluto. Le envié un whatsapp de control, de esos de “da señales de vida y dime que estás bien o llamo a la policía” y ella me devolvió un emojibeso y un “voy para el hotel, espérame para cenar”, que me hicieron dudar de que la cosa marchara como debía.

Me di una ducha caliente, me envolví en el albornoz y me senté en la cama a disfrutar de mi compra cuando Emi entró por la puerta.

—¿Qué tal tu Romeo, Julieta? —bromeé.

Emi se echó a reír. Soltó el bolso en el aparador y se tiró a mi lado en la cama.

—Bien, nos hemos besado un poco y hemos hablado mucho, sobre todo. Le he mandado a su casa y le he dicho que vuelva de nuevo en unas horas, que quería cenar con mi amiga hoy.

Punto para Emi. Le di un abrazo muy fuerte y decidimos divertirnos. Pedimos a recepción que nos subiera una botella de champán y nos la fuimos bebiendo mientras nos arreglábamos sin prisas. Las burbujitas empezaron a hacer su efecto y Emi decidió que grabásemos un vídeo para las chicas, contándoles al fin de nuestra escapada. Empezamos a hacer vídeos para todo el mundo, algunos que podíamos enviar y otros que prometimos que nunca enviaríamos: de los primeros, hubo para las chicas, para Coque, para mis hermanas, y de los segundos, para Paco,  para exmarido y Maripossa, ¡e incluso para Eme!

La psicosis “grabavídeos” no paró cuando bajamos a cenar. Encontramos un bistró muy cerquita en el que nos refugiamos, regando nuestra incipiente borrachera con dos botellas más de un lambrusco rosado delicioso, que para una bebedora de Coca-Colas como Emi eran más que suficiente como para rayar el coma etílico. Mi amiga me enseñó una aplicación de móvil, Snapchat, que básicamente consistía en dotar de efectos a tus vídeos, con múltiples y divertidos resultados: desde añadir a las caras gafas y orejitas de conejo, o distorsionar la voz, a deformar la forma del rostro, aumentando los morros, poniendo ojos saltones o ensanchando la nariz, por ejemplo. Por suerte, habíamos escogido una mesa apartada al fondo del local, porque la borrachera dio prácticamente para hacer un vídeo con cada efecto, aunque a medida que avanzaba la noche, el mensaje de los vídeos empeoraba de forma proporcional a nuestra desvergüenza.

El amigo de Emi llegó con los postres, en una bonita alegoría de la que mi amiga dejó constancia en un último vídeo que envió a las chicas antes de que se sentara en nuestra mesa. El chico recibió nuestro feliz estado con una sonrisa y mucha prudencia, imagino que pensaría de mí que era una total degenerada: fumadora y ahora, borracha también. Pedí la cuenta, dispuesta a dejar a los dos tortolitos el espacio y el tiempo suficiente para que decidieran si rematar la faena u olvidarse de la idea para siempre, y salí en dirección al hotel, dispuesta a dormir algo hasta que Emi decidiera volver.

Photo by Michael Discenza on Unsplash

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.