(T2) La sombra y la duda -XXIII-

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Las mujeres tienen un sexto sentido cuando de competir por un hombre se trata. Esposas, novias o amantes, lo mismo da. Cuando sienten sobre su compañero la mirada de la que intuyen una posible competidora, sus radares de precaución se ponen siempre en marcha, con o sin motivo. En algunos casos el asunto toma cariz de sainete innecesario, con la madre de mi hijo Carlos me pasó en no pocas ocasiones, en otros, aunque sus pupilas se achiquen, guardan la elegancia y hasta disimulan. Aquel fue el caso con Fatine. Todo ocurrió muy rápido. Apenas comenzó a sonar el tono de llamada y volvió su cara hacia el aparato, se inició el protocolo de precaución pero con su voz más más dulce me dijo.

—Atiende la llamada.

También los hombres somos capaces de en un golpe de enter procesar cuanto ocurre a nuestro alrededor. En muchas culturas antiguas era conocido como instinto. Enseguida comprendí que por la mente de Fatine había pasado una interrogación, pero que debía ser prudente si quería pelear por mí. Es una mujer inteligente de las que no pierden los papeles con facilidad.

—Hola Diana. ¿Cómo estás?

—Hola cariño. Echándote de menos.  ¿Por dónde andas?

—Estamos en Puerto Banús. Llevamos unos días de mucha y peligrosa actividad. Si has escuchado las noticias de hoy, algo hemos tenido que ver en lo de Málaga de esta madrugada.

Había repetido los plurales con toda la intención. Era una manera de no mentir sobre la situación, en respeto a Diana y a la propia Fatine, que se sintió reconocida con ello. Diana encajó que no estaba solo con naturalidad. Desde la oscuridad de su móvil ella no sabía el género ni el número de ese del plural.

—He oído las noticias esta mañana. Un alijo de hachís en Málaga ¿verdad?

Con todos mis sentidos alerta para no equivocarme, observaba tras Fatine las puertas abiertas a la terraza y el mar azul al fondo. Una sombra parecía moverse proyectada sobre el suelo, descubierta por el sol de poniente. Parecía alguien que se movía agachado por el tejado que lindaba junto a nuestra terraza. Dejé el móvil sobre el tapete verde y rápidamente busqué en la cartuchera que estaba sobre el sofá mi pistola. El leve chasquido de montar el arma, debió poner sobre aviso al visitante que enseguida retrocedió sobre sus pasos. Cuando alcancé la terraza, las tejas inclinadas a mi derecha permanecían desiertas. Entré a toda prisa en el ático y salí al pasillo. Alguien que me llevaba un par de tramos de escalera bajaba precipitadamente. Solamente pude ver unos dedos de hombre agarrándose al pasamanos al llegar casi al final de cada tramo, para dar un salto de cinco o seis escalones. Al llegar a recepción pregunté si habían visto a alguien abandonar el establecimiento a la carrera, y la recepcionista de tarde se excusó conmigo. Estaba fotocopiando el pasaporte para el check-in de una pareja de venerables japoneses que me miraban muy serenos.

Volví a la habitación algo desconcertado. En un momento habían ocurrido demasiadas cosas: el final de la partida interrumpido, la llamada de Diana y alguien que trataba de llegar hasta nuestro ático por el tejado, sin saber o a sabiendas de que estábamos dentro. En el primer caso es posible que viniese a robar. ¿Acaso la bolsa de Adidas? En el segundo tal vez a vengar la detención del Clan de Alí.

Cuando llegué frente a la puerta del ático llamé suavemente con los nudillos. Fatine preguntó del otro lado.

—¿Quién es?

—Abre Fatine. Soy yo.

Abrió la puerta envuelta en el albornoz de ducha. Su cara era de preocupación y su tono de voz lo corroboraba.

—¿Sabes quién era?

—No. He bajado tras él por la escalera pero ha salido a la calle antes que de que yo llegase a la recepción.

—Quizás lo mejor sea marcharnos.

—Tienes razón. Adelanta la reserva de los pasajes del ferry al primero en el que podamos subirnos. Si buscan venganza les despistaremos. Si quieren la bolsa de Aitor, quizás les pillemos con el pie cambiado. ¿Y el teléfono?

—Ahí encima de la mesita lo he dejado.

—Supongo que habrás colgado.

Había en ese punto una pregunta que deseaba hacer a toda costa y que no fue necesaria.

—Por supuesto pero antes de colgar me he presentado a Diana, y le he explicado que alguien andaba tras nuestros pasos y que tú habías salido en su busca. Claro que me ha preguntado que quién era yo.

—¿Y quién le has dicho que eras?

—Una compañera de la Inteligencia de Marruecos.

Besé sus labios a modo de gratitud. En su “no hay por qué darlas”, al devolverme el beso no quedaba ya ni una brizna de pasión.

 

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