(t2) la hipótesis del matrimonio feliz -XXXIV-

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Tengo una hipótesis: ningún matrimonio es garantía de felicidad. Más bien, si la relación se amarga, es un impedimento farragoso para ponerle fin y seguir buscando la felicidad. ¿Por qué se sigue casando la gente? ¿Qué buscamos al hacerlo? ¿Nos casamos para demostrarle al mundo que somos felices, sin darnos cuenta de que esa felicidad es efímera? ¿Es el paso que hay que dar por convención social cuando una relación va bien? ¿Nos casamos nosotras persiguiendo el cuento de princesas? ¿Acceden ellos a casarse como acto de amor? Es decir, ¿estamos nosotras más convencidas de que queremos firmar un contrato social sellado con el corazón y se dejan ellos llevar sólo por darnos el capricho de algo que nos hace ilusión únicamente a nosotras?

Aquella cena con mis amigas me había dejado un regusto agridulce en el paladar que me acompañó durante varios días. Andaba malhumorada, envenenada, cualquier detalle me incomodaba. En el trabajo estaba irascible, a Coque ya le había rechazado varias propuestas de cerveza y caracoles, y a exmarido le había colgado el teléfono tres veces apenas me mencionaba el tema de la dichosa boda. Y lo peor era que, a pesar de que era consciente de que tenía un carácter de mierda, era incapaz de salir de aquella espiral de mala leche. Me sentía como aquellos biberones de nuestra infancia, que por más veces que se lo dieras a tu muñeca, lo ponías de pie y en un santiamén volvía a estar lleno hasta el borde. ¡Me había transformado en un biberón mágico de ponzoña!

Bajé a hacer algunas compras de emergencia al súper de la esquina, dándoles instrucciones  a los niños de que no abrieran la puerta a nadie bajo ningún concepto y de que no inventaran actividades de alto riesgo que pudieran traer complicaciones. Los dejé sentaditos en el sofá con sus tablets y sus conversaciones de videojuegos incomprensibles, como “¿A qué no te creerías que se puede destruir una Bed Rock?” o “¿Puedo matar a un Enderman con una espada de diamante?”, que a mí me seguían resultando alucinantes por lo lejanas que me quedaban. Cerré la puerta detrás de mí y repasé mentalmente la lista de las cuatro cosas que no podía olvidar.

En la calle de las conservas, mientras elegía una lata de palmitos en rodajas que obedecía a un capricho repentino, alguien me dio unos toquecitos en el hombro. Al girarme, mi amiga Emi. Nos dimos un largo abrazo y un beso y nos acompañamos para el resto de la compra.

—¿Qué tal vas, mi amor? —le pregunté sin referirme a algo en particular.

—Ahí vamos. Estoy un poco desganada de todo.

—Igual que yo. Sólo tengo ganas de acostarme y levantarme dentro de un año.

—¿Cómo llevas la boda de exmarido?

La sola mención al evento me levantó el estómago. ¿Por qué me desagradaba tanto?

—Aghhh, estoy deseando que pase ya. Esta noche voy a llamar a Pedro para decirle que no pienso organizarle nada. De todas formas, ya me conoces, soy muy diplomática. Le diré que estoy hasta arriba de trabajo y le pasaré el teléfono de una conocida que se dedica a eso —cogí un paquete de dos kilos de macarrones—. ¿Qué necesidad tienen de casarse? De verdad, me parece absolutamente innecesario.

—Hija, Salomé, ella es joven y novata. Tiene esa ilusión.

—Joder, pero él viene de vuelta —protesté.

—Ya, pero lo hace por ella. En cualquier caso, siempre es mejor casarse con alguien que te quiera más que tú a él. Tienes más garantías de éxito.

La miré sin comprenderla demasiado bien, pero no me dio tiempo a pedirle una aclaración.

—Tú también te casarías si encontraras a la persona adecuada.

—Ah no, ni muerta —dejé salir toda mi ira—, no pienso pasar por eso otra vez. Casarse es un atraso.

—Uff, estás en modo víbora, escupes veneno.

—¿Qué tiene que ver el amor con el matrimonio? No me irás a decir que tú crees que casarse ayuda en algo.

—Yo no soy la persona más adecuada, pero si me enamorara de alguien locamente y él quisiera casarse, creo que hasta podría ilusionarme con la idea de nuevo.

Me paré en seco. ¿De verdad era eso posible? ¿Es que se trataba de una cuestión de dar con la persona adecuada? ¿Éramos todos los divorciados del mundo simplemente los intentos fallidos de concluir científicamente si la hipótesis del matrimonio feliz era cierta?  Mi amiga Emi me conocía demasiado bien y sabía que le daba vueltas a la idea que ella me lanzó.

—Ya sé que no volverías a casarte si Coque te lo pidiera.

Suspiré y seguimos avanzando. Añadí a mi carrito una botella de Ribera del Duero que tampoco se contaba entre las cuatro cosas imprescindibles de mi lista mental. Esta noche necesitaba algo de droga para relajarme.

—Pero sé que nos iríamos a ver trajes de novia con una sonrisa en la cara si te lo hubiera pedido Eme —soltó sin mirarme a los ojos, casi sin darle importancia, como si no acabara de lanzar un Tomahawk directo a mi corazón.

Quise reprocharle la ocurrencia, quise responderle negándolo categóricamente y sacar mi orgullo torero de mujer digna y consecuente, pero mientras esperaba a que me llegaran a la boca las palabras adecuadas, la mirada distraída de mi amiga encontró la mía y me acarició cariñosa la mejilla:

—Déjalo, cariño, no tienes que decirme nada. Te quiero igual.

Opté por tragar saliva y seguir comprando en silencio: pasta de dientes, pastillas del lavavajillas, café, cereales para Miguel.

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