(t2) La cueva -XXXV-

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¿Os ha pasado alguna vez que habéis salido con alguien que es fenomenal en la cama pero a quien no queréis presentar a vuestras amigas? Es un sensación parecida a cuando nos fumábamos un cigarrillo a escondidas de nuestros padres. O como tener un tesoro escondido en una cueva. ¿Es legítimo disfrutar de buen sexo a escondidas del resto de la humanidad? ¿Es menos real? ¿Es injusto para la otra persona? Y sobre todo, ¿tener sexo frecuente con la misma persona te obliga a dar el siguiente paso? ¿Debe esa persona convertirse en tu pareja? Si sólo nos encanta cómo se comporta entre sábanas blancas, por qué tenemos que incorporarlo a nuestra vida social sin más opciones? ¿O quizás es que la falta de seguridad en una misma para sacar al nuevo novio de la cueva es más que sintomática de que la cosa no funciona bien? ¿Existe la premisa de “si me quiere de veras tiene que contárselo al mundo”? ¿Es tal vez un axioma universal?

Exmarido no se tomó demasiado mal mi negativa a hacer de wedding planner. Supongo que en el fondo nunca contó con que yo me prestaría a semejante bochorno y que sólo se había dejado llevar por la inocencia contagiosa de Maripossa que, entre otras cosas, lo había arrastrado hasta aquella situación, con boda por todo lo alto y bebé cocinándose a fuego lento. Como quiera que fuese, lo cierto era que a mí me liberó de un gran peso y me centré en recuperar el control de mi tiempo y de mi ocio.  Cuando ya tenía asumido que no volvería a escuchar hablar de La Boda hasta el día de su celebración —léase La Boda con ese movimiento de manos que parece enmarcar un rótulo en el aire—, exmarido volvió a zamarrear mi estabilidad con una llamada de teléfono de lo más inoportuna.

Debían de ser aproximadamente las tres de la tarde de un sábado sin niños, y yo andaba enredada entre mis sábanas y las largas piernas de Coque, dispuesta a no añadir a mi agenda ninguna actividad más que hacer lo que me pidiera el cuerpo. Como solía decir mi amiga Emi, estaba en modo disfrutona.  Miré el móvil que vibraba insistente sobre mi mesita de noche y al leer “Pedro” en la pantalla me alarmé. Algo podía haberle pasado a los niños. Mi estado relajado después de una mañana de sexo me hizo cometer la imprudencia de coger el teléfono en la cama que compartía con mi amante, que descansaba a mi lado con los ojos cerrados sin dejar de acariciarme. La voz de exmarido traspasó el auricular y sabía que Coque podía oír perfectamente nuestra conversación mientras lo dejaba juguetear con mi vello púbico.

—Oye Salomé —dijo exmarido después de aclarar que no había ninguna emergencia con nuestra prole—, Maripossa y yo estamos confirmando la lista de invitados. Necesito que me digas si vendrás acompañada a la boda o no.

Mierda. Mierda. Mierda.

Coque seguía callado a mi lado, los ojos cerrados, pero sabía que nos seguía atentamente.

—Oh, pues no lo tengo claro —quise salir por la tangente, pero a dos semanas del evento estaba claro que Pedro no me iba a permitir ninguna abstracción sobre el asunto.

—Venga, Salomé, sé que sales con alguien, puedes traerlo sin problemas. Al fin y al cabo, estaremos en familia.

La sola idea de imaginarme aquella situación me provocó náuseas.

—No, no es por eso. No lo tengo claro, aún no hemos hablado del tema.

—Pues necesito que lo hables cuanto antes. El lunes tengo que cerrar el número definitivo. ¿Me dirás algo?

—Claro. Lo intentaré.

—No lo intentes, hazlo.

Tantos años de convivencia habían sido no en vano una forma excelente de conocer al otro en profundidad y Pedro sabía que le estaba dando largas. Cuando colgué, casi tenía miedo de girar mi cabeza y mirar a Coque, pero él me esperaba con la mejor de sus sonrisas y con un poco de sarcasmo, me preguntó:

—¿De qué tema tenemos que hablar?

No me agradaba en absoluto la idea, pero debía abordarlo tarde o temprano, y parecía que había cierto interés en que fuera temprano.

—No es nada —intenté condicionar la opinión de Coque—, ya te dije que se casa mi ex marido y estoy invitada a la boda con los niños.

Dejarlo fuera en la construcción sintáctica de aquella frase no había sido una decisión fortuita. Pretendía que su respuesta hubiese sido “ah, genial” y que se olvidara del tema, pero el enamoramiento de Coque por mí era mucho mayor del que yo podía sentir por él y me respondió contra todo pronóstico:

—Bueno, a tenor de lo que acabo de escuchar involuntariamente, puedes acudir con acompañante.

Maldita sea. Tenía que abordar el tema de inmediato.

—Verás, Coque —dije despacio mientras maduraba una explicación convincente—, la cosa es que he pensado que sería mejor que acudiera sola. No sé cómo le sentará a mis hijos el hecho de que haya empezado a salir con alguien…

—Pues ellos parecen encantados con la idea de la boda de su padre y también con la de su próxima paternidad, según lo que tú misma me has contado.

Joder, ¿por qué coño tendría yo que dar tantos detalles de las cosas? ¿En qué momento había soltado todo aquello?

—Ya lo sé cariño —repliqué en un tono algo condescendiente—, pero no me parece que lo mejor sea que la madre de los hijos del novio acuda a la ceremonia con un novio ocasional.

Me di cuenta de lo que había dicho en cuanto las palabras dejaron mi boca. Coque no respondió de inmediato. Sólo enarcó un poco las cejas y yo bajé la mirada.

—Lo siento —me disculpé, pero Coque ya se había incorporado y buscaba su ropa interior entre el acervo de ropa arrugada que había en el suelo—. Cariño,  perdóname, no he querido decir eso.

Coque se giró y me dio un rápido beso en los labios.

—Tengo que irme.

Me dejó allí desnuda, tumbada en mi cama, un poco desconcertada y arrepentida. No quería hacerle daño, no se lo merecía, pero desde el comienzo de lo nuestro, estaba claro que él aportaba mucha más implicación en esta extraña pareja nuestra y que yo simplemente, me dejaba llevar. Alargué la mano hasta la mesita de noche y saqué un cigarrillo. Fumé despacio, saboreándolo tranquilamente y sintiéndome sola. Sola y feliz.

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