(t2) ¿Es la convivencia el cáncer del amor? -XXXIII-

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Vivir juntos. El destino al que conduce toda relación. Seguimos sin aprender nada. Después de los datos abrumadores que arrojan las estadísticas sobre separaciones y divorcios, si nos va bien con nuestra pareja, es inevitable querer pasar al siguiente nivel. ¿Por qué nos empeñamos en compartir las miserias de la convivencia con la persona de la que estamos enamoradas? ¿No debería ser más bien al contrario? ¿No deberían nuestros esfuerzos ir encaminados a mantener a nuestros chicos alejados de aquellas situaciones anti-love? ¿O se trata quizás de que estamos sobrevalorando el sexo como hecho definidor de una relación? ¿Buen sexo es igual a buena relación? ¿O no se pueden tener ambas cosas a la vez? Y más que no poder, ¿no será que no se pueden mantener? ¿Cuánto tiempo dura la llama de una relación una vez que empieza la convivencia de la pareja?

Decidí que ya era hora de que Diana nos contara qué había sido de su vida en los últimos días, segura de que cualquiera que fuera su relato, nos liberaría de la tensión que nos estaba provocando la historia de Mariluz.

—Bueno Di, ¿y qué hay de ti? —le pregunté sentándome junto a Mariluz en el sofá y tomándola de la mano para que entendiera mis intenciones—. ¿Vas a contarnos en qué has andado metida para que te hayas perdido nuestra anécdota de los bomberos?

Diana me miró sin entender, sacó un cigarrillo de su pitillera e hizo ademán de salirse a la terraza.

—Ah, no, amiga —la frené—, éste te lo fumas dentro. Tienes mi permiso, pero desembucha de una vez.

Mi amiga la cazadora suspiró hondo y se encendió el pitillo. Por su expresión supe que no le agradaba exponerse ni hacernos partícipes de lo que iba a contar, pero en esta ocasión no tendría escapatoria.

—A ver, ¿os acordáis de mi amigo el ex poli?

No me esperaba que los tiros fueran por ahí. Sabía que ella era absolutamente vulnerable a ese hombre. Todas asentimos, expectantes por lo que estaba a punto de contarnos.

—Hace un par de días me llamó. Necesitaba que fuera a Marruecos a recogerlo con su coche, por un imprevisto de trabajo.

—¿Qué tipo de imprevisto? —preguntó Mariluz.

Sonreí. Mi táctica parecía estar surtiendo efecto, y mi amiga la cibercornuda olvidó por un momento sus problemas de cama para interesarse por la vida amorosa de Diana. Lo que no sabía era cuánto tiempo aguantaría Diana un Tribunal de la Inquisición sobre su privacidad.

—Ahora se dedica al ámbito privado. Lo contratan para garantizar que ciertos negocios se desarrollen en condiciones de absoluta seguridad para sus clientes —Diana le pegó otra calada a su cigarrillo mientras nosotras tres la mirábamos absortas—. Así que fui a La Línea, donde tenía su coche, lo monté en un Ferry, me encontré con él, solucionó el asunto que tenía entre manos y volvimos juntos.

Le dio una larga calada a su cigarrillo y aplastó la colilla en el cenicero, dando la explicación por concluida. Nosotras la mirábamos, aguardando más detalles, pero estaba claro que ella no pensaba prodigarse. Esta amiga mía era lo más parecido a un hombre en el terreno sentimental: cuanta menos charla, mejor.

—De eso nada —protestó Mariluz—. Yo no me he abierto aquí en canal para que tú me vengas con esa mierda. Cuenta qué más ha pasado o me largo ahora mismo a mi casa.

Nos sorprendió su tono borde y ordinario, pero Diana lo encajó con humor.

—Me gustabas más cuando eras una mosquita muerta victoriana.

—Victoriana o no, ya puedes ir soltando —replicó Mariluz, dispuesta a no ceder en su empeño.

—Ya sabéis todas que si existe un hombre para mí, es él. No creo que pueda haber alguien con quien tenga más complicidad, y no sé si será la edad, pero empiezo a plantearme un cambio de vida.

—¿Cómo?¿En qué tipo de cambio estás pensando exactamente? —no pude contenerme, lejos de alegrarme, me aterrorizaba la idea.

—Pues no sé, pero desde que traspasamos la línea de la amistad se ha creado un nuevo vínculo entre nosotros, más fuerte, y más completo. Creo que ninguno de los dos está pensando en exclusividad, pero quizás por eso mismo, no me importaría plantearme una vida en común.

Me puse de pie, los nervios me impedían seguir sentada. ¿De verdad estaba escuchando a mi amiga la cazadora, la devoradora de hombres, decir que había llegado el final de una etapa? No estaba preparada para más cambios, para más sufrimiento, para servir de red elástica al final de otro precipicio. ¿Era probablemente un acto egoísta pensar solamente en lo que yo era capaz de asumir sin valorar si a Diana la hacía realmente feliz? Mi amiga me leyó la contrariedad en la cara.

—¿Qué? —me preguntó en un tono desafiante.

—¿Vivir juntos? No tienes ni idea de lo que estás diciendo, Diana.

Mi amiga enarcó una ceja, incrédula por lo que acababa de escuchar. Ella, que nos apoyaba siempre en todo al cien por cien, iba a ser cuestionada la primera vez que se planteaba un cambio de semejante magnitud. Quise enmendarlo rápidamente.

—A ver, es que es como tu hermano, amigo tuyo prácticamente desde que tienes uso de razón. ¿No podría ser que estuvieras confundiendo los términos?

—¿En serio me estás preguntando eso? —contraatacó Diana, paseando su mirada por nosotras lentamente—. A veces, tengo la sensación de que no me conocéis en absoluto.

Lo veía venir. Enrocamiento. Diana se cerraba en banda. No estaba acostumbrada a pedir consejos ni por supuesto a aceptarlos. Ella los daba cuando le eran requeridos, pero eso no quería decir que la reciprocidad fuera obligada.

—Sólo digo que nunca has vivido con nadie. Por Dios, Diana, tu espacio vital tiene las dimensiones de tres o cuatro galaxias, ¿está siendo por un sólo momento consciente de lo que implicaría meter un hombre de puertas adentro en tu vida? ¡Lo absorben todo! Te van invadiendo poco a poco, es como una guerra de guerrillas, no te das cuenta de los avances hasta que un día descubres el territorio que te ha sido usurpado. Y cuando un día te levantes y quieras recuperar tu espacio, verás que te han ido succionando poco a poco cada rincón, hasta que no queda nada tuyo, y tienes que buscar tu momento de intimidad en la cafetería de la esquina.

Mis amigas me escuchaban con la boca abierta. Yo renegando de la vida en pareja y mi amiga Diana planteándose extender su generosidad doméstica más allá de los límites de su cama.

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