(t2) ¿Jugamos al ahorcado? -XXI-

Posted on

Probablemente no tengamos remedio y sea culpa nuestra volver a dejarnos atrapar por relaciones complicadas una y otra vez. Nos dejamos media vida en el empeño de escapar de la telaraña amorosa que nos ha destrozado, y justo cuando empezamos a caminar libres, la más mínima brisa nos hace perder el equilibrio y caer de nuevo en ella. ¿Por qué será que nos empeñamos en aquellas relaciones que nos hacen daño? ¿Es el dolor un ingrediente principal en la receta del amor verdadero? ¿Menospreciamos las relaciones fáciles por corrientuchas? ¿O es que necesitamos una dosis de drama para elevar la relación a la categoría de “amor de nuestra vida”?

Arrastré mi ahogo de vuelta a casa, con una sensación agria en el paladar. La cita había ido bien, Coque seguía siendo encantador, pero mi querido señor Eme había agitado su campanita transoceánica para frustrar mi intento de rehacer mi vida. ¿De verdad estaba Eme tan afectado tras nuestra separación? ¿Por qué había dicho su hermano que no creía que durara mucho más allí? ¿Es que estaba cuestionándose dejarlo todo y volver?

Los niños estaban en su cuarto jugando a la Nintendo y yo me puse cómoda para meterme en la cocina a preparar el almuerzo del día siguiente, cuando sonó el porterillo. Era Diana. Esta amiga mía tenía la habilidad de intuir mis crisis emocionales y suspiré agradeciendo la oportunidad de desahogarme con ella. Cuando entró en casa, me dirigió una mirada de esas que dicen “¿cómo lo ha pasado mi niña?” y yo le respondí con un pucherito de “emergencia sentimental nivel 15”. Repartió besos a los niños y nos metimos las dos en la cocina. La puse al día de todo lo ocurrido, ella me escuchó sin interrumpir, bajando la mirada o frunciendo los labios con cada detalle de la conversación con Guille y cuando acabé de narrar el episodio completo, almuerzo con novio de juventud incluido, me preguntó:

—¿Dónde está el sobre?

Dirigí mi mirada al aparador del salón y ella fue a por él.

—Ábrelo —me dijo, tendiéndomelo.

—No sé si quiero abrirlo, Di.

—No seas absurda, claro que quieres abrirlo. Ábrelo, ahora que estoy aquí contigo.

Me quedé un rato en silencio, mirando aquel sobre amarillo, valorando los pros y los contras de aquella decisión.

—Diana, si abro este sobre, sea lo que sea lo que contenga, sabes que me va a suponer otros seis meses de recuperación —mi amiga la cazadora me escuchaba atenta— y eso implica que la oportunidad que se me presenta con Coque se puede ir a la mierda.

Diana se tomó su tiempo antes de sentenciar.

—Coque no es el hombre de tu vida. Tú lo sabes. Sólo lo ibas a usar para salir de esta mala racha.

—No estoy tan segura. Hoy lo he pasado bien. Podría llegar a colgarme por él.

Diana pareció dudar un poco y  me concedió una tregua.

—Bien. No te colgabas por nadie desde lo de Eme.

Y esa frase me abrió los ojos. Tocaba ser honesta conmigo misma.

—Con Eme no me colgué querida, con Eme me ahorqué.

Sonreímos. Suspiré hondo y le dije:

—Trae acá ese sobre.

Rasgué la solapa y lo abrí. Dentro, una llave que reconocí al instante y un folio manuscrito con su letra nervuda y masculina.

—Es la llave de su casa de Portugal —le aclaré a Diana, que respondió arqueando las cejas.

—¿Quieres que te deje sola para leerlo?

Negué con la cabeza, me senté junto a ella y leímos juntas en silencio:

“Hola, princesa.  

Sé que te habrá costado decidir leer estas líneas y sé que estarás maldiciendo mi nombre por hacerte esto. Me prometí ser consecuente y mantener la distancia, pero no sé vivir sin ti. Te echo de menos. Sé que no tengo derecho a volver de esta forma, pero ¿qué quieres que te diga? No siempre sé gestionar las situaciones, y ésta me ha desbordado. No te he enviado ni un sólo mensaje, ni una sola llamada, porque creo que sólo nos causaría más daño, pero hay veces en las que me duele tu ausencia como si me estuvieran despellejando vivo. El día que contacte contigo será porque he vuelto y cuando lo haga, iré a buscarte.

Me vine por proteger a mi hija y en ella me refugio, le está costando adaptarse a una nueva ciudad, en un país que no es el suyo. A su madre apenas la ve, está la mayor parte del día trabajando, y eso está haciendo que necesite más de mí. Yo estoy haciendo un MBA en la Columbia Business School, que es por lo único que me alegro de haber venido. Sigo asesorando a mis clientes más importantes en España desde aquí, aunque si quiero mantener sus cuentas, tendré que volver en algún momento. No puedo desaparecer indefinidamente si quiero que sigan contando conmigo y, sinceramente, siento mías sus empresas después de tantos años. 

Salomé, me enamoré de ti. Lo sabes. Como también sabes que tuve que hacer esto porque no tenía otra alternativa. Mis sentimientos en nada han cambiado a pesar de la distancia. No me quito jamás la pulsera, porque siento que, en cierta forma, nos mantiene unidos.

Te dejo mi llave de la casa de Portugal. No digas que no, y úsala. Escápate los fines de semana, ya sabes que está apenas a un par de horas. Lleva a tus hijos, a tus amigas, a quien necesites. Te dije en una ocasión que mi casa era tuya. También te dije que lo nuestro sería para siempre y sigo convencido de mis palabras. Te amo con locura. 

Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestro.”

Aparté su carta y me tapé la cara con las manos. No podía estar pasándome esto. Respiré profundamente durante un rato, hasta que sentí el brazo de Diana rodeándome.

—Eh, ¿estás bien?

Levanté la mirada hacia ella y sonreí resignada.

—¿Y ahora qué? —le pregunté.

Era la segunda vez en mi vida que le hacía esa misma pregunta y por segunda vez ella me dio la misma respuesta. Se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa tierna.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.