(T2) Gibraltar -V-

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Cuando salí del chalet de Nuria, ésta llevaba rendida sobre su cama desde las tres de la madrugada, momento en que me dijo que ya no podía más. Antes de llegar al desvío de Jerez -Algeciras, ya me había tomado en el área de servicio de El Fantasma un café doble y una tostada con mantequilla protectora de mi estómago de amante somnoliento.

A las 9.15 am entraba en La Línea, rumbo al hotel Campo de Gibraltar. Dejé el coche en el parking e hice el check in en recepción tan rápido como el joven algo atolondrado que me atendió, fue capaz de darme la tarjeta de la 318. Había dejado la bolsa de Adidas en el hueco de la rueda de repuesto, y ésta sobre el suelo del maletero. Mi coche es de los más seguros del mercado y, en el parking del hotel, todo apuntaba a que me podía duchar en la habitación y descansar un poco con tranquilidad, antes de ir a buscar a Fatine.

A las 11,25 entré rumbo a la barra del restaurante El Pantalán, que estaba a penas a trescientos metros de la puerta del hotel. Unas manos suaves de mujer taparon mis ojos a modo de juego. El olor de su perfume era inconfundible, y la dureza de sus pechos contra mi espalda me estremeció. Me volví despacio y con ganas de abrazarla. Tal y como le había pedido, se presentó con un pareo blanco y un bikini debajo, una pamela enorme y unas gafas de sol gigantes como las que llevan las guiris de toda la vida.

—Mi querida Fatine. Bésame.

—Je t’aime, je t’aime, je t’aime beaucoup.

Enseguida rompió en una carcajada ahogada al sentir a través de mi pantalón que me alegraba de verdad de verla.

—Ven conmigo amor mío, vamos a sentarnos y me cuentas si me has echado de menos. Nosotras sí; muchísimo.

Todos los planetas del universo parecían haberse alineado para que de uno u otro modo, las mujeres que me rozaban en el último tiempo, acabaran ardiendo de amor por mí. Me llevó de la mano hasta una mesa al fondo y allí nos sentamos a esperar a Pachón: nuestro patrón de barco que seguro que ya no tardaría en llegar. La gente del contrabando tiene un código ético, por el que son con la pasma extremadamente serios, y él no sabía si yo era o no poli todavía, ni para qué quería ir a Gibraltar de extranjis, y desde luego no iba a preguntarlo.

Pelo y barba blanca y abundante, y una gorra sucia de marinero, con visera azul de plástico brillante no dejaban dudas. Levantó la cara a modo de señal desde la puerta, y tras un breve saludo y presentarle a Fatine como mi esposa, subíamos a una Nissan Pick Up blanca con la que cruzamos la entrada al puerto sin detenernos siquiera en el control de entrada.

Pachón superaba de lejos los sesenta y cinco. De tez arrugada por el salitre y ligeramente puesto en carnes, soltó amarras y sorteó la salida del pantalán, con la maestría de quien lo había hecho miles de veces.

La roca quedaba apenas a una milla, y entre ella y nuestra embarcación una patrullera de la Guardia civil del Mar que puso proa justo a la nuestra. Olía a mar como pocas veces.

—Fatine por favor, sube a la cubierta y te sientas casi delante del todo. Ah, y quédate en topless.

Su cara de “¿Qué me estás contando?” era un poema.

—Hazme caso cariño, sé lo que hago.

Cuando la patrullera estuvo abarloada con nosotros, Pachón ya había saludado al sargento con un gesto sobre la visera de su gorra, yo escondido tras un sombrero de paja amarilla, trasteaba con una de las cañas de pescar que había en el barco, y Fatine que había comprendido a la perfección el papel que debía hacer, mostraba sus pechos, quizás por primera vez en público, con un exhibicionismo gamberro y maravilloso.

—Buenas sargento.

—Hola Pachón. ¿Son guiris?

—¿A usted qué le parece?

—Que el tío tiene cara de tonto, pero ella está muy buena.

Fatiné soltó una sonrisita y yo seguí a lo mío mordiéndome la lengua. De buena gana le habría pegado un par de puñetazos en la boca a aquel imbécil pero, ahora que Pachón nos había hecho pasar por guiris, y que en el bolso de rafia de Fatine, estaban nuestros pasaportes y 90.000 euros, lo mejor era esperar.

Photo by swalker on Pixabay

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