(t2) Fuegos de artificio -XXVIII-

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Mi pareja de damas habría desplumado a cualquier jugador arriesgado. Parecía que los tres hubiéramos estado esperando aquella partida tórrida acumulando pasión en los bolsillos para apostar sin medida, y los tres echamos el resto sin recato alguno.

A la mañana siguiente alguien llamó a la puerta de la suite, y no pude por menos que pasar del sopor a la tensión mientras permanecía muy quieto y oculto tras las gasas del dosel. Una camarera anunció desde el pasillo la llegada de un desayuno reconstituyente, con el que los tres habríamos de recuperar las fuerzas.

A mi vuelta del baño, con el cabello goteando de vez en cuando y mi tono muscular bastante mejorado, encontré a mis dos damas sobre la cama, desnudas y con una interrogante en los ojos.

—¿Qué os parece si primero desayunamos?

—A tu gusto Sultán, estamos aquí para cuidarte y hacer que te sientas feliz —intervino Shaina.

Sobre la mesita y mientras yo me duchaba, habían dispuesto todo lo que venía en el carrito de servicio. Preparé unos vasos de zumo de naranja, y con ello comenzó otra fiesta para los sentidos en la que se mezclaron frutas, siropes y las pieles tersas de aquella pareja de damas que parecían querer volver a la partida cuanto antes.

Cerca de las doce y tras varias manos decidimos que teníamos que desalojar la suite para que el servicio hiciera su parte y nos dispusimos a abandonar el hotel. En la recepción sonó la campanita de mi WhatsApp y supe que la realidad venía a mi encuentro. Era Diana informando en una nota de voz: “Hola mi amor. Vamos en el ferry camino de Tanger. Todo bien: el coche bien y Jaime muy bien. Es un chico muy atento. Siempre he preferido a los morenos, pero este pelirrojo tiene su punto. Llegaremos a puerto sobre la una, y esta noche nos encontraremos contigo en Fez.”

Shaina y Zareen que escucharon también la nota de voz, intercambiaron una mirada de esas que contienen toda la sabiduría del universo comprimida. Enseguida Zareen preguntó.

—¿Es tu esposa… oficial?

Prefería afrontar el asunto con humor y sonreí.

—Ya os conté en Marrakech que mi esposa oficial había dejado de serlo, por suerte para mí, hacía varios años. En estos momentos soy un hombre libre. De no ser así, no habría jugado con vosotras desde ayer varias manos de póker, adorable pareja de damas.

Shaina lo procesaba todo desde su posición, con la inteligencia de una madre y la decisión de un padre al mismo tiempo.

—¿Ella junto con Fatine hace tu póker de damas?

No daba crédito a la inteligencia de aquellas mujeres. Su perspicacia ponía el foco sobre una situación, que se había dado de manera no buscada, pero que sin embargo y por idílica que fuese, yo tendría que solucionar de alguna manera durante las próximas horas, aunque en este momento no acertase a ver la solución con un mínimo de claridad.

—Veréis: Cabalgar la pasión con vosotras es realmente maravilloso. Solamente tengo palabras de gratitud para la forma en la que me tratáis. Podría vivir por temporadas con las tres y ser el hombre más feliz del mundo pero… no tengo previsto comprometerme con nadie. Diana es una amiga tan antigua como Fatine de vosotras. Es verdad que con ella me une una relación muy especial, y que ésta está en una nueva fase pero, mentiría si afirmase que tengo claro qué pasará en el futuro con ella. Ni siquiera creo que ella lo tenga claro conmigo.

Aquellas explicaciones parecieron al menos permitir que todos volviésemos a la casilla de salida. Sus gestos amorosos y su complacencia, no disminuyeron ni un ápice hacia mí durante las horas que siguieron. Sin duda aquello era preludio de que continuarían peleando por la relación que unas semanas antes habíamos iniciado en Marrakech. Estaba seguro de que la actitud de Fatine coincidiría totalmente con la de ellas. Solamente quedaba saber para completar el puzle, qué actitud mantendría Diana. Sin duda ella era de otra pasta, y ya había visto cómo su mano soltaba la cuerda de la guillotina sobre la cabeza de decenas de amantes sin apenas despeinarse.

Escribí una nueva conversación de WhatsApp en su cuenta. “Haz la reserva en el Hotel Riad Jamai”. Su respuesta no se hizo esperar. “¿De cuántas habitaciones hablas? ¿Una para ti y para mí? ¿O para mí y para Jaime, mientras tú estás con tu compañera?”

Aún le quedaba a Diana llegar hasta Fez y comprobar que Fatine estaba retenida como garantía de cobro, y que en cambio, yo había dormido con  Shaina y con Zareen.

A riesgo de que imaginase lo que en realidad no era contesté: “Con una será suficiente. Cuando lleguéis al hotel me llamas por favor”. En apenas seis horas habría fuegos de artificio.

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