(T2) Fin de la partida -XXII-

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Fatiné había hecho la reserva del ático a su nombre. Sin duda se sentía agradecida, sabiendo que en una cuenta a salvo en Gibraltar, tenía su futuro si quería vivir para siempre en Marruecos sin ninguna apretura. También hizo la reserva de los pasajes rumbo a Tánger, y tenía claro que no iba a permitirme pagar ni un helado. Era una mujer generosa, bella y con tanta sensibilidad como inteligencia, y yo no quería pensar en esos momentos ni en Sevilla, ni en Diana.

Tras dejar el coche en el parking subimos hasta el ático, acompañados por uno de los recepcionistas, que puso todo el empeño en agradarnos.

Las vistas desde la suite eran impresionantes. Todo el puerto a nuestros pies, y de fondo el Mediterráneo de un azul tan evocador, que Fatine no pudo evitar una expresión maravillada de sorpresa. Una terraza enorme y muy cómodamente amueblada, nos proponía una velada sublime. El comedor en efecto, mantenía aquella mesa de billar americano que yo bien conocía. El resto del mobiliario había sido renovado.

Coloqué la bolsa de Adidas dentro del armario, y al volver la cara encontré a mi amante tendida sobre la cama gigante de cobertor granate con los ojos cerrados.

—¡Sultana! No te puedes dormir. Vamos a darnos una ducha y bajamos a comer. Si quieres luego hacemos algunas comprillas de ropa, y a la vuelta nos acostamos hasta que nos lo pida el cuerpo. De pagar las compras no hemos acordado nada, de manera que eso corre de mi cuenta.

Hablar de ropa a una mujer produce siempre efectos mágicos. Aquello reanimó a Fatine de tal modo, que en veinte minutos me esperaba vestida y lista para salir rumbo al ascensor.

En los aledaños del puerto hay infinidad de restaurantes, a cual mejor. Entramos en el primero que encontramos a muy pocos metros del hotel: Restaurante los Bandidos, y como era mi costumbre, le pedí al maitre que nos acomodase al fondo para poder dominar la escena.

Pedimos para compartir un Carpaccio de ternera con hojas de rúcula, parmesano y trufa fresca, y aguacate con gambas noruegas peladas y salsa de cóctel. El plato fuerte fue Fondue Bourguignonne, seis salsas, para dos personas, y nada más verlo ya supimos que seríamos incapaces de acabar con todo. Cambiamos el postre por unos cafés, y una botella de Amaretto y otra de licor de whisky casero, a las que nos invitaron con vasos de chupito.

—No te veo relajado —me dijo Fatine—. ¿Qué te preocupa?

—Nada en concreto. Haber venido a descansar no implica apagar el modo alerta. No olvides que ahora, además de gente interesada en hacerse con la bolsa de Adidas de Aitor, puede haber algún amigo de Alí dispuesto a hacer justicia.

—¿Tú crees que alguien puede haber chivado quiénes somos?

—Mira Fatine, en el mundo del crimen he aprendido que todo cabe y, los malos, están en su lado y a veces también en el nuestro. Iremos dando un paseo hasta El Corte Inglés, allí compraremos seguros, y luego nos volvemos al ático. Estoy muerto.

Entramos en el ascensor del Benabola cargados de bolsas como en Pretty Woman, y la mirada cargada de lívido de mi compañera, me anticipó lo que venía a continuación.

Salió de la habitación con uno de los conjuntos de ropa interior que le había regalado un rato antes, y subida sobre unos tacones de vértigo, de los que tanto me gustan.

—Vamos a jugar esa partida de billar. Quiero ver lo bueno que eres. El que pierda paga. ¿De acuerdo?

Reconozco que era realmente habilidosa. Una tacada tras otra embocó hasta cinco bolas rayadas en las troneras. Por fin a la sexta falló, y allí comenzó mi turno. Otras cinco bolas lisas acabaron desapareciendo de la mesa, y a la sexta fallé. Al cruzarse conmigo para acometer su turno, Fatine me beso con toda la suavidad y la dulzura imaginable en una boca fresca de chicle de peppermínt. Sin duda estaba calentando motores. La primera bola rayada entró sin dificultad en una esquina. La última que le quedaba lo hizo también con la misma facilidad pero, la bola blanca golpeó la negra en su deambular por el tapiz, y también ésta desapareció por un lateral. Me miró con picardía y se sentó sobre el borde de la mesa.

—Acabo de perder. Aquí me tienes, dispuesta a pagar.

Busqué uno de los cojines del sofá y lo puse en el centro de la mesa. Empujé su cuerpo suavemente hasta que su cabeza quedo apoyada sobre la improvisada almohada. Apoyé sus tobillos sobre mis hombros y busqué en mi móvil el archivo de Bossa Sensual Lounge – Best of Bossa Nova. Aquello era de lo más apropiado para lo que tenía que ocurrir a continuación. Lo puse sobre el tapete, junto al cojín, y tire hacia mí de sus manos con delicadeza. Frente a frente, le devolví el beso que antes me había dado, pero ya con ese punto de fauno que subía su temperatura casi instantáneamente. Lenguas y salivas todo en uno. Labios mordidos, mi mano entre los rizos de su nunca y entonces el teléfono interrumpió su música, y a cambio nos ofreció el poli tono de llamada. Fatine volvió su cara y yo sentí como mi estómago se encogía por momentos. En la pantalla aparecía la foto de alguien que en ese instante no estaba invitada. El nombre del contacto: Diana.

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