(T2) Extirpándome a Eme -I-

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El ser humano está programado para sobrevivir, hasta tal punto que hay funciones vitales que son involuntarias, como respirar o el latir de nuestro corazón, de modo que aunque quisiéramos, no podríamos dejar de hacerlas. Si nuestro cuerpo es una máquina tan perfecta que nos impide auto infligirnos cualquier daño físico que atente contra nuestra integridad, ¿cómo es posible que nos permita sufrir tanto por amor? ¿No debería haber evolucionado nuestro hardware para controlar la voluntad de olvidar? ¿No seríamos más felices si cuando una relación se acaba pudiéramos desinstalar el programa? ¿Borrarlo para siempre de nuestro disco duro?

No se cuánto tiempo pasé en el suelo de la terraza. Supongo que hasta que se me durmieron las piernas. No podía dejar de imaginarme qué estaría haciendo él, si estaría terminando de preparar su maleta, si su mujer lo habría recibido con los brazos abiertos después de aceptar que la noche anterior no hubiera ido a dormir, si irían los dos con su niña de la mano a dar un último paseo por Sevilla antes de marcharse… Me estaba envenenando. Pero quizás ese sentimiento amargo fue el que me dio fuerzas para levantarme y coger el móvil. Nunca me ha resultado fácil pedir ayuda, pero había aprendido a reconocer cuándo una situación era suficientemente grave y esta emergencia sentimental, en una escala del uno al diez, requería nivel de alerta doce. Sólo atiné a abrir el grupo de whatsapp y ponerles un audio a las chicas entre hipidos y sollozos, en el que les resumí el episodio del desenlace fatal.

Fueron apareciendo escalonadamente, cancelando sus planes de domingo para consolar a esta pobre imbécil que decidió jugar con fuego. Ni una palabra de más, ni un “ya te lo advertí”, ni un insulto para Eme. Sólo me escucharon desahogarme, contarles una vez más la historia sin eliminar un detalle, mientras yo empalmaba un cigarrillo detrás de otro y agotaba las reservas de kleenex de todo el país con mis lágrimas y mis mocos.

Cuando acabé de contarles la secuencia de la despedida, conmigo dándole la espalda y escuchando su coche alejarse desde mi balcón, las miré a los ojos. “También vamos a salir de ésta, amiga”, escuché, nos fundimos en un abrazo de mosqueteras y me dejé ayudar. Ellas sacaron su lado práctico,  no en vano en unas horas mis hijos estarían de vuelta, así que tocaba recomponerse.

Me enviaron a darme una ducha caliente mientras Diana preparaba una tetera con tila como para dormir a un elefante y las demás se repartían entre abrir las ventanas para que se esfumara el olor a humo  y cambiarme las sábanas de la cama. Acertadamente, supieron que se imponía borrar cualquier rastro de Eme.

Cuando Pedro apareció con mis hijos, y una vez a solas en mi piso con ellos, me dejé llevar por la rutina de los baños y la cena para evitar pensar demasiado. Estaba muy cansada y sólo quería acostarme de una vez y que amaneciera un nuevo día. Poder ir pasando página, poco a poco, y que esta aventura quedara pronto en un recuerdo. Tenía miedo de volver a dormir sola, así que les pregunté a los niños si querían dormir conmigo en mi cama, jugando con la ventaja de saber que obtendría un sí por respuesta, y me acurruqué entre sus bracitos calientes, dejándome querer por los verdaderos amores de mi vida.

Temía que el hueco dejado por Eme se me engullera en mitad de la noche. Por más que mis amigas me hubieran aconsejado no pensar en el tema, yo me sentía incapaz de arrinconarlo en mi cabeza y volvía una y otra vez a revivir el peor momento de nuestra historia, sin creerme que de verdad hubiera sucedido así. Tuve un sueño agitado, me desperté mil veces deseando que hubiera sido una pesadilla, pero la pulsera que me había regalado y que no había sido aún capaz de quitarme, me traía de vuelta a la realidad con implacable eficacia. Maldije con un nudo en la garganta el haberme permitido a mí misma embarcarme en una relación con tan altas probabilidades de fracaso. Qué idiota había sido.

Cuando sonó el despertador, yo apenas acumulaba tres horas de sueño. Me puse en marcha, el mundo no se detiene para que una se deje morir de amor, y mientras me bebía un café y preparaba los desayunos de los niños para el cole, pensaba en aviones despegando. Joder, joder, joder.

—¿Qué te pasa, mami? —me preguntó el pequeño Miguel desde la puerta de la cocina.

—Nada, mi amor.

—¿Por qué has dicho tres palabrotas seguidas?

Mierda. ¿Lo había dicho en voz alta?

—No pasa nada, cielo. He recordado una cosa que tenía que entregar hoy en el trabajo.

—¿No has hecho los deberes? —siguió preguntándome él, preocupado.

Se me escapó una sonrisa y negué con la cabeza.

—¿Tu jefe te va a poner una carita enfadada?

Volví a la realidad. Cogí a mi pequeño bomboncito y lo abracé cubriéndolo de besos de camino al coche, mientras él seguía con sus preguntas. Averiguar qué le pasaba a una mami cuando no hacía los deberes se había convertido para él en algo trascendental. Cuando los dejé a ambos en el aula matinal, comprendí a mi pesar que iba a costarme la vida olvidar a Eme.

4 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Pedazo de segunda temporada….Enhorabuena guapa!! Deseando que sea lunes….😘😘😘😘😘

    1. Raquel Tello says:

      Ahora volvemos a la cadencia habitual. Una semanita para saber más…
      Gracias por estar ahí!!

  2. Raquel García says:

    Uffff deseando leer mássssss

    1. Raquel Tello says:

      Ay amiga, nos queda esperar a ver cómo nuestra Salo se pone en pie de nuevo!! Tiene a sus amigas!! Seguro que sale adelante más pronto que tarde!

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