(t2) Espías en ciernes -XI-

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Una situación desesperada exige medidas desesperadas. Actuaciones que sin el apremio de la angustia seríamos incapaces de cometer, no parecen tan reprobables cuando realmente necesitamos averiguar algo. En el amor, ¿temer una infidelidad de tu pareja justifica que empieces a controlar sus movimientos? La sospecha de infidelidad ha sido siempre la principal causa de trabajo para un detective privado pero, ahora que tenemos a nuestro alcance otros medios más caseros y mucho más baratos para corroborar la existencia de una amante, ¿nos tomamos por nuestra mano la resolución del caso? ¿Ponemos en peligro al hacerlo la confianza que se supone fundamenta la relación con nuestra pareja? ¿O es una vía fácil, rápida y justificable de saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

Nada más echar a andar por el sendero, escapándonos de los niños y de los hombres del grupo, me entristeció saber que para Mariluz la cosa seguía más o menos igual. Ella adoraba su vida perfecta y debía de estar sufriendo mucho si de verdad temía que todo se estuviera tambaleando. Nos contó que habían tenido sexo una vez esa semana, que fue él quien la buscó pero que le quedaba la sensación de que había sido más por necesidad que por verdadero apetito, porque fue bastante rutinario y sin grandes acaloramientos. Entonces nos confesó:

—Ayer se dejó el móvil en el salón mientras se daba una ducha y aproveché para fisgonear.

Nos paramos en seco.

—¿Qué has hecho qué? —le reprochó Diana—. No se puede hacer eso, Mariluz. Es un horror. ¿Cómo has podido?

Mariluz la ignoró. Y yo pensé que, aunque jamás sería capaz de hacerle eso a mi pareja, tampoco pensaba castigar a mi amiga por haber echado un vistacillo a la intimidad de su marido. Recordé aquella conversación hacía meses en la que Mariluz me había aconsejado hacerle saber a la mujer del señor Eme de mi existencia. Sabía que ella no podía vivir con la sospecha de que hubiera otra.

—¿Y has encontrado algo? —quiso saber Emi.

—Nada. Lo primero que hice fue entrar en el whatsapp, no había ningún contacto nuevo o extraño, ningún chat con alguien que no conociera, nada fuera de lo normal. Miré también las fotos, pero tampoco había nada.

—Hombre, Josema es listo. ¿Qué te creías, que iba a tener un chat ahí en primera posición para que lo vieras nada más entrar? —siguió Diana—. ¿Miraste en los archivados?

Le devolví una mirada sonriente que significaba “¿no decías que eso no se hacía?”, de la que ella se defendió:

—¿Qué? Si va a hacerlo de todos modos, mejor que lo haga de forma efectiva.

—¿Qué es eso de los chats archivados? —preguntó Mariluz con un asomo de terror en el rostro.

Diana pasó a darle algunas nociones básicas sobre telefonía y aplicaciones. Aparte de explicarle dónde podía encontrar esas conversaciones guardadas, le dio una guía rápida sobre aplicaciones que parecían diseñadas para la infidelidad, como telegram o byhours, y dónde podía encontrar si su marido las tenía instaladas en el móvil.

—Pero que conste, nena, que desapruebo completamente tu decisión. Además, espiar el móvil de otra persona es delito, como lo es abrir la correspondencia ajena. Te advierto que tiene pena de cárcel, incluso —añadió en un intento de amedrentarla—. ¿No sería más fácil hablar con él?

Mariluz bajó la mirada y sólo respondió “si tuviera un lío no iba a contármelo, pero lo intentaré”. Diana decidió darle una tregua y pasó a disparar preguntas contra mi otra amiga:

—¿Y tú qué? ¿Cómo vas avanzando con tus conquistas virtuales?

Me sorprendió escuchar la respuesta de Emi, porque sólo mencionó generalidades del tipo “hablo con cuatro o cinco” y algunos detalles sin importancia. Nada del malagueño ni de su escapada de fin de semana en grado de tentativa. La miré un poco desconcertada sin decir ni pío. ¿Es que pensaba mantener a las demás al margen? Por supuesto, respeté su decisión de hacerme partícipe sólo a mí de toda su historia, pero me pronuncié en contra de su actitud hacia su marido. La reprendí por sus malos modos y le pedí que al menos en público, intentara ser más cordial con él.

—Vosotras sois como mi familia, no siento que tenga que aparentar nada.

—Ya, tesoro, pero para él sólo somos tus amigas. Debe de resultarle muy incómodo que seamos testigos de vuestras disputas conyugales. Intenta controlarte, ¿vale?

Atravesábamos en aquel instante el puente de madera que cruzaba sobre el lago hacia una parte más tranquila del merendero y menos transitada. Nos sentamos en unas rocas, alejadas de todo, y Diana nos alegró la tarde, con una voz muy sensual, diciendo:

—Mirad lo que he traído…

Se sacó de su paquete de tabaco una piedrecita de polen y todas abrimos la boca. ¡Hacía siglos que no nos fumábamos un porro!

Tres cuartos de hora más tarde, con la risa floja y contagiosa que nos había provocado el petardo compartido, emprendimos el camino de vuelta. Desde luego, habíamos perdido el saque. Hacía tanto tiempo que no fumábamos  que con cuatro caladas teníamos un puntillo digno de la mejor época de estudiantes. Y entonces, como si al haber hecho cosas de juventud se hubiera abierto una puerta al pasado, por el sendero de vuelta, apareció un balón, y detrás del balón…

—¡¿Coque?! —gritamos al unísono Diana y yo.

Él se quedó desconcertado unos segundos antes de reconocernos. Cuando lo hizo, se llevó las manos al pelo, que seguía cayéndole graciosamente rizado sobre los ojos, sin dar crédito:

—Joooooder, no puedo creerlo.

Yo me eché a reír. Era incapaz de controlar la flojera que me entró en las piernas, no sabía si era el efecto del porro o el pellizco que se me cogió en el estómago. Pensaba en mi pinta con el chandal anchurro y desgastado, las dos trenzas que me había cogido sin prestar atención aquella mañana y mi ausencia de maquillaje. Era el peor momento para encontrarme con el que había sido mi novio en el instituto.

2 Comentarios

  1. EVELYN says:

    ME ENCANTAN SUS HISTORIAS …!!! COMO QUISIERA CONTAR LAS MIAS

    1. Raquel Tello says:

      Hola Evelyn,
      Muchas gracias por leerme!.
      Si quieres escribir tus historias, pásame por correo alguna para que la lea.
      Si es susceptible de ser publicada en este blog, estaré encantada de contar con tu colaboración.
      Te dejo mi email y hablamos por privado.
      raqueltelloblog@gmail.com

      Besos mil!!

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