(T2) El encuentro – XXXV-

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Cuando uno desembarca en el aeropuerto de Fiumicino se encuentra con un pueblo emocional, que contrapone su modo de hablar ruidoso y lleno de melodía, con el vetusto vestigio de las piedras de sus construcciones, y el mármol de sus bustos. Para alguien que sepa de historia, contrastar la marcialidad de las legiones romanas con el divertimento de la tarantela, es comprender que el agua y el fuego, la tierra y el aire  caben en esta cultura, y que cualquiera de los cuatro elementos te puede sorprender en el momento en que menos lo esperes.

Sentado en el asiento del tren de cercanías camino de la Estación de Termini recordé mi última estancia en Italia. Fue poco antes del caso Osset, tras el cual alguna vez he contado que pedí mi baja en la policía. Estuve aquí para una misión de Interpol, enlazando ramificaciones de la Mafia establecida en Málaga, con algunas familias de Palermo, Sicilia, y Nápoles. El Ministerio del Interior no repara en gastos, y La Grande Italia nos agasajó a mi compañero y a mí lo suficiente en aquel viaje, como para que ahora que me lo podía permitir de mi bolsillo, no quisiera yo escatimar en confort ni un gramo.

Del caso Osset prometo contar hasta dónde puedo más adelante. Aquel punto de inflexión en mi carrera profesional, merecerá alguna que otra confesión de mi parte.

Al llegar a  Via Cola Di Rienzo 212, en pleno Vaticano hice el check in en The One Vaticano Rooms, lugar discreto, muy elegante y a unos tres kilómetros del  Coliseo. A la mañana siguiente, y tras desayunar en el buffet salí a pasear tranquilo en dirección a la estación de metro de Colosseo para encontrarme con Aitor.

Crucé por el puente de Vittorio Enmanuele II sobre el Tiber, y me decidí a bajar por Lungotevere Dei Sangallo junto al río, hasta llegar a la vertical del Ponte Garibaldi desde el que hice una foto con el móvil de la Isola Tiberina y se la mandé a Diana vía WhatsApp. Aquella parte del Tiber me recordaba extrañamente al Guadalquivir de Marqués de Contadero.

Al llegar a la Piazza Venezia ya me sentía tan impregnado en Roma y el Imperio, que cada minuto de mi vida dedicado a estudiar historia antigua se había vuelto corpóreo. Me faltaba una toga que, entre tanta elegancia y tendencia seguro que no habría llamado demasiado la atención. Por fin y Vía dei Fori Imperiali abajo, llegué hasta las inmediaciones del Coliseo. Aquella imagen me sobrecogía hasta lo indecible, todas y cada una de las veces que semejante lugar aparecía ante mis ojos. Continué un poco más extasiado por la visión majestuosa, hasta llegar al mismo monumento. Frente a él y en su parte izquierda estaba la salida de la estación de metro de Colosseo. Eran las 10,45 todavía, de modo que tenía tiempo de tomarme el primer café a pie de calle. Allí mismo, a la salida del metro hay una terracita perteneciente a un quiosco de cafés expresso, capuchino o el latte. Recordaréis que comencé estos relatos hablado de mi afición al café.

No hay en ninguna parte del mundo tazas para el café tan mínimas como las italianas, ni cafés que se le puedan igualar. Aún paladeaba el intenso sabor del expresso cuando Aitor apareció inmenso, tal como era, abriendo los brazos para ofrecerme un abrazo y mostrando aquella sonrisa de hombre bueno que merecía tener suerte en la vida.

—Sevillano, ¿cómo estás?

—Encantado de verte, y de hacerlo en este lugar, y acabando de tomar un café de los de recordar mucho tiempo, pero déjame confesar que tomaría otro contigo si te apetece, y con eso nos organizamos.

Mientras nos servían, un grupo de japonesas nos pidió que les hiciéramos una foto que luego fueron varias, con despedida y agradecimiento ceremonioso.

—¿Está cerca el lugar de la firma?

—Por lo que tengo visto a través de Google Maps  está relativamente cerca, pero ahora cogemos un taxi. No estamos ni para ser impuntuales, ni para andar haciendo el tonto con estos contratos. Desde que me junté con la señorita Fatine y contigo en Marruecos, hemos iniciado en la empresa un plan de expansión, que nos permitirá crecer como marca, y en facturación. Algo habéis tenido que ver ambos.

—Por cierto, y ahora que lo dices, en esta carpeta están los papeles del maletín del señor Massú.

—Trae que los guarde en el maletín. Luego les echaré una mirada aunque, deben de ser la ratificación del acuerdo de producción para su firma y, ya sabes, lo que se llevan bajo cuerda aquellos bribones. Seguramente te tocará volver por allí en nuestro nombre.

—Ningún problema pero, esta vez vamos a dar menos explicaciones que al protagonista de un velatorio sobre el color de las flores.

—Oye, que cosas tan graciosas decís los sevillanos.

—Mejor con humor Aitor, mejor con humor. Ya sabes que son muy tunantes, y que tenemos que tomar precauciones.

Apenas si me di cuenta la primera vez. Entre la conversación y el segundo café, había relajado un poco mis defensas. Fue el propio Aitor el que me avisó con un gesto de la cara, levantando el mentón levemente. Alguien tocó entonces suavemente mi hombro por segunda vez y me volví sorprendido. Bella, morena, y ofreciéndome una sonrisa de anuncio, me encontré en el corazón de Italia, con alguien que no tenía previsto, o mejor dicho, ella me encontró a mí.

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