(t2) El gran día – XXXVII-

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Si siete de cada diez matrimonios acaban en ruptura, ¿cuánto valdría una bola de cristal que nos diera alguna pista de si somos una de las tres afortunadas parejas que no se está equivocando?¿Cuál puede ser la causa de tanta separación? ¿La precipitación propia de la juventud, que nos hace elegir a las parejas sin la suficiente meditación? ¿O es que esta sociedad con prisas nos hace ser más exigentes y más inmediatos a la hora de buscar nuestra propia felicidad? Ante un conflicto, ¿aguantamos menos? ¿perdonamos menos? ¿cedemos menos? El cambio del rol social de la mujer pesa mucho en esta ecuación. ¿Cuánto tiene que ver nuestra autosuficiencia económica en la decisión de poner fin a un matrimonio? ¿Cuánto el ritmo de vida frenético que nos hace buscar nuestra propia felicidad a toda costa, rechazando de plano el espíritu de sacrificio de generaciones anteriores? Y para los que venimos de vuelta, ¿no es un poco frívolo volver a caer en semejante aventura con pompa y boato?

Mientras aseguraba el cierre de mi brazalete de Bimba y Lola, miré mi reflejo en el espejo. No pude evitar sonreír. Desde luego, en ocasiones la vida nos planteaba escenarios enrevesados con los que una no podría haber siquiera soñado tan sólo dos años atrás. Mis hijos irrumpieron en mi habitación, muy elegantes ellos con sus pajaritas y tirantes a juego, y se deshicieron en halagos hacia mí. Ellos eran mis verdaderos amores. Me dejé abrazar, intentando mantener a raya su ímpetu para que no me arrugaran el vestido, cuando sonó el porterillo.

—Id a abrir —les ordené—, seguro que es la tita Diana.

Me retoqué los labios y los escuché volver trotando por el pasillo.

—La tita dice que bajemos, que tiene el coche aparcado en doble fila.

Me levanté echándome una última ojeada en el tocador, y suspirando hondo, me dispuse a pasar uno de los días menos apetecibles de mi vida.

Diana estaba espectacular. Había escogido un diseño muy elegante, de top mínimo y falda de tubo entallada en tono crudo, que por supuesto yo no me habría atrevido a llevar, ni por lo seductor, ni por el color, arriesgado para una boda. Recibió a los niños con besos y abrazos y a mí con un directo “no seas antigua, eso de reservar el blanco para la novia ya no se lleva”, que me arrancó una sonrisa.

Por el camino a la finca donde se celebraría el enlace, apenas hablamos. Diana parecía ensimismada en sus propios pensamientos, y a mí el hecho de volver a ver a exfamilia política toda unida me tenía un poco angustiada. La finca que habían escogido estaba a las afueras de la ciudad. Un bonito cortijo andaluz, con patio exterior decorado para la ocasión y boda a la americana, con cenador de madera blanca adornado con flores naturales y sillas para los invitados a ambos lados. Una larga barra de bebidas con camareros perfectamente uniformados y un poco más lejos, mesas redondas altas y bajas para el banquete. Todo muy de película. ¿Cuándo se había vuelto exmarido tan romántico? ¿O sería cosa de ella, la naturalista del “Give peace a chance” quien, después de todo, también soñaba con el príncipe azul de los cuentos de Disney?

Cuando entramos en el patio, una chica vestida de negro con una carpeta en la mano y un pinganillo con el que parecía mantenerse conectada a más gente,  acudió corriendo a mi encuentro:

—¿Son los hijos de Pedro? —preguntó alterada.

—Sí —respondí cautelosa.

—Venid conmigo —respondió categórica, tomándolos de la mano—. ¡Estábamos esperándolos, llegan tarde!

Sin darme ocasión a ofrecerle una respuesta adecuada, aquella mujer a quien supuse la organizadora del acto, salió huyendo césped abajo con mis niños de la mano.

Miré a Diana, que seguía estupefacta con la mirada a aquella joven histérica. Luego, se agarró de mi brazo y me dijo:

—Vamos a pedir champán, amiga. El día promete.

Desde la posición discreta de codo en barra, apuramos las dos primeras copas casi de un trago. Los invitados estaban casi todos acomodados. Divisé a exsuegra, con un excéntrico peinado que parecía un nido de cigüeñas, sonriendo a todo el mundo con una amplia sonrisa. Excuñada número uno hacía lo propio a su derecha, pasando continuo estado de revista a sus dos hijas y a su marido: a las unas les atusaba las faldas almidonadas y al otro le quitaba motas de polvo inexistentes de los hombros de la chaqueta. Excuñada número dos estaba en la fila de atrás, agarrando bien fuerte de la mano a quien supuse su nueva pareja. Nunca se había casado, pero acumulaba novios como la más fiel coleccionista. Le pregunté a Diana si deberíamos sentarnos, pero ella negó con la cabeza.

—Creo que estamos mejor aquí —me dijo en un susurro y acto seguido se volvió al camarero—. Dos copas más, por favor. Hace un calor insoportable.

Entonces apareció exmarido, impecable en su traje, con un clavel blanco en la solapa, el gesto sonriente, algo nervioso.

—El detalle del clavel me parece casposo, ¿no? —le consulté a Diana, quien levantando su copa y su ceja izquierda me dijo “absolutamente” sin necesidad de despegar los labios.

Entonces comenzó a sonar la música: marcha nupcial y todos los invitados se volvieron hacia atrás en sus sillas. La novia apareció entre unos setos, con un sencillo vestido de corte imperio y el pelo recogido en un moño alto.

—El vestido de ella me parece acertado, así disimula la barriga —me susurró Diana al oído.

—Pero si apenas se le nota, bruja —le respondí dándole un codazo.

No sabía por qué, pero aquella jovencita despertaba en mí muchísima ternura. Tenía la inocencia de los treinta, se hallaba aún en el camino de ida, aún lejano el punto de retorno, aún las ilusiones intactas, el amor recién encontrado, la familia por construir. Mis dos pequeños bombones avanzaban detrás de ella junto a varios chiquillos más, llevando en sus manos cestas de flores. Me buscaron con la mirada y les sonreí, copa en mano. Quizás aquello no era muy apropiado para ser la madre de los hijos del novio, pero despegarme de aquella barra cada vez se me antojaba más complicado.

La ceremonia dio comienzo con el discurso de un señor de unos cincuenta años al que sólo reconocí cuando empezó a hablar como uno de los mejores amigos de Pedro, por los más de treinta kilos que debía de haber engordado en los últimos años. Cuando llegó el momento de “Pedro, ¿quieres a esta mujer por esposa?”, sentí la mirada de Diana escrutándome, pero no quise enfrentarla. Dos segundos más tarde, escuchamos:

—María de la Sangre, ¿quieres a este hombre por esposo?

¡Joder! María de la Sangre, ¡qué barbaridad! Miré a Diana y ambas ahogamos una carcajada.

—Ahora entiendo lo de Maripossa —me susurró Diana.

—Con dos eses —le respondí yo.

—Con dos cojones —dijo Diana apurando su tercera copa de champán.

Intercambio de anillos, un beso y un matrimonio más en la estadística nacional.

—Ponga dos copas más, por favor —escuché a mi amiga a mi lado—. Qué calor, por todos los santos.

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