(T2) Dulce circunloquio -XXXI-

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Diana y yo emprendimos en silencio el camino rumbo a Tánger. Durante los primeros kilómetros apenas si pronunciamos palabra alguna, a pesar de la invitación que mi cazadora hiciera antes de arrancar. Creo que ambos fuimos madurando el reencuentro y qué y cómo afrontarlo. Una cosa sí fue estableciéndose de manera nítida entre nosotros: nos sentíamos felices juntos de nuevo.  

Diana encendió un cigarrillo y me ofreció una calada que acepté en señal de deferencia; ella sabía muy bien que mi apetencia por el tabaco se había casi disipado en el último tiempo, y que aceptar aquella calada estaba cargado de significados.

Al fin comenzó su acercamiento, y lo hizo retomando el hilo de la misma pregunta que me hizo cuando llegó a Fez.

—¿De verdad me has echado de menos?

—Claro que te he echado de menos. De no haber sido así, no habría recurrido a ti. No es solo que tuvieras copia de las llaves del coche en tu casa. El mismo Jaime podría haber venido con el coche. Podría haberte pedido la copia por mensajería, y a unas malas, incluso pedir a la BMW una copia de urgencia; las marcas punteras son muy suyas para ayudarte a resolver estas cosas.

Me apetecía relajar la relación y estaba dando pasos sólidos para ello. Diana me escuchaba complacida.

—Me parecía necesaria tu presencia en Marruecos Diana, te quería cerca. ¿Sabes? en las situaciones difíciles uno comprueba la proximidad y los sentimientos que le unen a las personas del entorno más cercano.

Le estaba poniendo muy fácil la siguiente pregunta, pero en absoluto me importaba.

—¿Y cuáles son los sentimientos que has comprobado que te unen conmigo?

Me hizo la pregunta muy lentamente, casi como masticando las palabras para intuir en su cabeza mi respuesta.

—Mi querida Di. No es nuevo que me has gustado casi desde el principio de conocernos cuando éramos chavales. No puedo poner en duda que hayas sentido algo similar hacia mí, y casi desde el mismo momento que yo. Lo que ocurrió en tu casa la otra noche, pudo haber ocurrido muchas veces antes, y por uno u otro motivo, no se había dado entre nosotros pero, ambos lo deseábamos. He aprendido a diferenciar cuando soy verdaderamente feliz junto a una mujer y, creo que eso me ocurre contigo.

Agradecí mucho que Diana no me preguntase si también lo era junto a Fatine, aunque creo que habría mentido para no romper la magia que tomaba cuerpo.

—¿Y tú, me has echado de menos?

Diana pensó la respuesta. No era de impulsos descontrolados, aunque el ímpetu anidase en su esencia desde el principio de los tiempos.

—Bueno, estoy aquí contigo. Lo he dejado todo gustosa y he venido a estas tierras tan exóticas. Te he ayudado en tu empresa, he tenido miedo, lo confieso, y he conocido también a una mujer tan exótica como estas tierras. He de reconocer que no me ha defraudado ni el viaje, ni la misión, ni la chica. Aquella noche también fui feliz, y tampoco puedo negarlo. Has sido mi amigo leal, casi como un hermano. Te he deseado en efecto desde el principio y, siempre he sabido que algún día serías mío. Ahora me falta por saber si serás para mí. Habiendo habido muchos, nunca ha habido ninguno. Es como si siempre te hubiese estado esperando. Quiero ir con calma. No quiero ilusionarme demasiado. Los hombres son a veces demasiado previsibles, y su ombligo y más abajo, pueden ser el único norte.

Intenté protestar pero ella, altiva y mirando al frente me pidió unos segundos más levantado su mano izquierda.

—Todos no entráis en el mismo saco, y quiero y deseo en lo más íntimo que tú estés fuera de él. Adoro mi libertad hasta donde ni imaginas. Es más, ni siquiera sé si sería capaz de compartir mi vida con alguien cada día. Reconozco que hay momentos en los que no me aguanto ni yo misma.

Había hablado de compartir la vida, aquello eran palabras mayores.

—La vida en pareja nunca es sencilla Diana. Buscamos plenitud en el amor, buscamos acaso equivocadamente un espejo en el que mirarnos. Una cosa sí es cierta: amar exige compromiso, y trabajo. Tal vez una parte de ese trabajo, sea superar esos días en los que no te aguantas ni a ti misma.

Seguíamos con aquel circunloquio dulce.

—Dentro de un rato llegaremos a Tánger. ¿Qué te apetecerá que hagamos?

—Hay otros elementos muy importantes en la vida de una mujer. En ocasiones, y no pocas, esa parte se olvida por el amor de un hombre, para acabar resultando motivo de arrepentimiento. Eso no me va a ocurrir a mí te lo aseguro.

—Perdona pero creo que me he perdido.

—Me refiero a mis amigar. Las he desatendido estos días porque era necesario venir hasta tu encuentro pero, alguna de ellas está pasando por momentos difíciles, y es necesario que vuelva hasta ellas cuanto antes. Cuando lleguemos a Tánger, me gustaría mucho que nos subiésemos al primer barco disponibles, y que desde Algeciras luego, cojamos carretera a Sevilla; me necesitan con ellas.

Me gustó mucho aquella faceta de Diana. Siempre he sabido que era muy de los suyos, y muy generosa cuando llegaba el momento. Lejos de decepcionarme por tanto, asentí complacido a su petición.

—A Sevilla pues, y a toda máquina.

Ella besó la yema de sus dedos y acarició luego con ellos mis labios.

 

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