(T2) Dos hermanas marroquís -XIX-

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No quería asustar a las dos improvisadas hermanas marroquís en que se habían convertido Malak y Fatine, sin embargo tenía que ponerlas sobre aviso de que la situación había dado un giro, y si la desconfianza generada en el bruto daba lugar a que comprobase si su secuestrada todavía permanecía en la furgoneta, tal y como ellos la habían dejado, y descubría que no, entonces tendríamos que esconderla hasta el atraque en Málaga.

—Vengo de la cafetería —comencé—. He visto a todo el clan de Alí al completo, supongo, al menos al que viaja en el barco. Por algún motivo que no viene al caso, el grandullón ha desconfiado y se ha ido, creo que a intentar entrar en la bodega para comprobar que todo está bien. Estaros muy atentas. Desplegad vuestra capacidad de improvisar si llega el caso; evitemos las sorpresas.

Fatine me escuchaba sin mirarme. Sus ojos enormes clavados en la puerta del gran salón intentaban adelantarse al peligro. Junto a nosotros viajaba una familia con infinidad de bolsas gigantes alistadas en muchos colores dispuestos en horizontal, y una en especial, la de mayor tamaño, de cuadros blancos y azules. Le dijo algo que no entendí a la madre de la familia, y cogió la bolsa, para ponerla entre ella y Malak, de manera que sus pies quedaron tapados. Luego comprendí que ocultaba sus sandalias de corte europeo, poco acordes con su caftán, y las babuchas de Malak que, a lo peor, eran reconocidas por Alí, y que al verme hablando desde lejos con ellas se nos acercaba entre la gente a grandes pasos.

—¿Usted las conoce?

—¿Perdón?

—¿Qué si conoce a estas chicas?

A los que conozco es a los tipos de su corte: insolentes y de gatillo fácil. Quizás tras su voz atiplada había un gran acomplejado. Decidí hacerme el tonto y permanecer muy calmado. Reducirlo allí habría puesto en peligro muchas cosas.

—No, no las conozco. Les preguntaba cuánto queda para llegar. Mi novia lo pasa fatal a bordo, ya sabe, se marea y todo eso. ¿Usted sabe cuánto queda?

No se tomó la molestia de contestarme. Se dirigió a Fatine en su lengua y con claro desprecio machista le preguntó sobre lo que había hablado con ellas. Mi chica lista repitió la mentira y sumó una nueva: que ambas eran hermanas. Malak se dirigió a ella con señas ostensibles de las manos, y mi compañera le respondió con otras aún más aparatosas. Malak que se había puesto las enormes gafas de sol de Fatine asintió, y ésta le explicó a Alí que era sordomuda. El narco de zapatos de tafilete dio media vuelta y se marchó sobre sus pasos. A pocos metros le esperaban el otro cacho de carne y el enlace, un muchacho de no más de veinte años, y que por la forma de andar y las ropas caras, bien podía ser hijo del narco.

Felicité a las chicas por tan formidable actuación y seguí a los malos  discretamente hasta la cafetería. Se instalaron en el mismo sitio de antes a esperar al gorila, y desde lejos hice una seña al de seguridad para que me acompañara. Camino de la bodega me abordó para preguntarme.

—¿Por qué corre tanto? ¿No pensará que con un bocadillo y una cerveza voy a hacerle más favores verdad?

—La verdad es que sí. No me fío de los tipos que estaban a tu lado en la cafetería. Necesito que hagas una ronda de seguridad entre los coches. Sólo será un momento.

—De acuerdo pero esta vez me tendrá que invitar a café y un pastelito.

Al llegar a la puerta doble, él abrió con alguna desconfianza y penetró en la bodega. La puerta se cerró ante mí con estrépito, pero como justo a la altura del resbalón puse un folleto de la compañía marítima, éste no penetró en el alojamiento, y la hoja en realidad se me quedó franca. Al poco en aquella enorme bodega repleta de coches estábamos tres personas: el bruto, el vigilante y yo, que era por cierto el único que conocía de la estancia del segundo, y sospechaba de la del primero.

Avancé silencioso entre los coches para esconderme tras una IVECO blanca, muy cerca de nuestro Corsa. En efecto, aquel saco de músculos sin duda se las había compuesto para abrir la cerradura, entrar en la bodega y acercarse hasta su vehículo a hacer las comprobaciones. Sin duda el ruido del portazo y los murmullos del walkie del vigilante, le hicieron salir precipitadamente de su furgoneta, y lentamente cerrar la puerta del conductor sin hacer ruido, para ir a esconderse tras la misma IVECO en que yo estaba, y de la que me acababa de deslizar para no ser descubierto. Cuando el de seguridad estuvo en el otro extremo de la bodega, se movió entre los coches como una sombra, y en segundos desapareció por la puerta. Minutos después lo hizo el vigilante, y cuando me supe solo, me acerqué hasta la furgoneta que el bruto tuvo que dejar abierta para que las luces no le delataran al cerrarla, y mire en su interior. Aparentemente todo estaba tal y como yo lo había dejado. Sin la completa seguridad, salí de la bodega creyendo que no sospechaban de momento.

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