(T2) Dos docenas de rosas y 35 disparos -III-

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No sabría decir si la dulzura de las palabras de Fatine, bien me atemperó un poco el torbellino de sensaciones que se agolpaban dentro de mí, o bien incorporó otras nuevas que en parte y solo en parte, se superponían a las que Diana había dejado flotando sobre el ambiente de su casa y el perfume de los buquets de flores que aún permanecían exuberantes.

Del mismo modo que con Aitor, acordé con ella que a las 24 horas de mi llamada, nos encontraríamos en el restaurante El Pantalán, en la Avenida Príncipe de Asturias de la Línea de la Concepción. Allí vendría a recogernos en torno a las 11,30 am, un viejo traficante de tabaco que trabajaba para nosotros, la poli quiero decir, dándonos algunos soplos de vez en cuando, a cambio de que le dejásemos traer cajas de Winston en su Rodman 700 Crucero. Allí vendría a por nosotros para que entrásemos con él en el puerto y con su barco cruzar a Gibraltar evitando incómodas escenas en la frontera, de las que se daban con los turistas de vez en cuando.

Tenía pues el tiempo justo para llamar al director de mi banco, pedirle que me preparase 12.500 euros en metálico, los 10.000 de Fatiné y otros 2.500 más para gastos, y llamar a mi amante de la Motilla, a ver si con un poco de suerte su marido estaba en Holanda, y pasaba la noche con ella. Seguro que me echaba de menos y yo, necesitaba otro sitio para pernoctar sin historias, sin remordimientos en unos brazos que siempre me habían dado mucho más que yo a ellos, y entre unas piernas en las que nadie me buscase.

De camino a la estación de Santa Justa para devolver el coche, paré un momento en la puerta de la sucursal a por el dinero. Ricardo el director, no puso pegas en salir hasta el coche con los 250 billetes en un sobre tamaño folio que parecía preñado y sin hacer preguntas. Es curioso lo que puede llegar a hacer una cuenta corriente con bastantes ceros, y la mía los tiene.

De camino a casa y en el taxi llamé por teléfono.

—Pregunto por la reina de la Motilla.

—Qué pedazo de canalla está hecho —fue su respuesta inmediata—. ¿Dónde te metes? —continuó.

—Trabajando mucho, cariño. Ya sabes que la vida es dura.

Alargué a propósito la última a: sabía bien cómo doblegar su voluntad.

—Dura tienes la cara y espero que otras cosas también. Tú no necesitas trabajar. ¿Qué te ocurre?

—Nada, simplemente te echaba de menos. ¿Y el de los Tercios?

—En Flandes. Anda vente a comer.

El taxista me miraba divertido por el espejo. Son sabios que a fuerza de vivir y conocer desarrollan una sagacidad extraordinaria.

—¿Le mandará unas flores, verdad?  Si me permite la sugerencia.

—Se acaba de ganar diez euros de propina –respondí agradecido.

De nuevo en casa, respiré un momento antes de llamar a Interflora y anticipar a mi llegada a La Motilla, dos docenas de rosas rojas. Introduje junto con el dinero para Fatiné los otros 10.000 euros, me duché de nuevo, hice algo de equipaje en una maleta mayor, y saqué de la caja fuerte otro par de cargadores, que junto con los que traía de Bilbao, me daban una cobertura de 35 disparos. Raramente en una refriega se superan los 15 o 20 tiros, así que íbamos a Marruecos preparados para lo que pudiera ocurrir. Dejé a Diana un escueto mensaje de voz en su WhatsApp , y apagué el teléfono.

“Hola Di, se ha precipitado todo y tengo que hacer un pequeño trabajo antes en Portugal. A mi vuelta ya te llamo”.

A las 15 pm. se abría ante mí la puerta del Chalet de la Motilla, y allí sobre el porche y apuntando a la puerta con el mando a distancia, me esperaba mi cómplice de hoy, dispuesta sin duda a cobrarse bien la oportunidad.

Photo by LovableNinja on Pixabay

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