(T2) Mi dios Apolo -XXIX-

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Contradicción en estado puro. Ésa es la conclusión. Queremos un hombre que pierda la cabeza por nosotras, pero también queremos un hombre con el que tener sexo sin compromiso. Cuando tenemos buen sexo con un hombre, no queremos estropearlo con sentimientos, y si estamos enamoradas de un hombre queremos que toda su sexualidad sea para nosotras. ¿Por qué cuando decidimos tener sexo sin amor es él quien se enamora? ¿Si tienes a un hombre que te ha dejado para irse con su mujer, y otro que está dispuesto a quedarse a tu lado, resulta que no quieres compromiso con el último por si acaso al primero le da por volver? Pero, ¿qué juego demencial es éste? ¿Hay alguna oportunidad de no volverse loca en el intento de ser feliz?

Tal y como habíamos acordado, Coque y yo salimos a cenar el viernes por la noche. No habíamos reservado mesa, y acabamos acodados en la barra de Zelai, tomando unos vinos y compartiendo un delicioso risotto y un tataki de atún. Estar con él me sentaba bien, era muy divertido, un perfecto caballero y notaba cómo las miradas de las féminas del lugar se posaban disimuladamente en mi acompañante. ¿Por qué entonces sentía que necesitaba argumentos que me convencieran de que hacía bien saliendo con él?

Después de cenar, decidimos ir a mi casa por primera vez. La petición que le había hecho de que configurara mi teléfono, le había proporcionado un buen motivo para ofrecerse a pasar por allí y a mí una situación de la que no me iba a resultar fácil desembarazarme. Pero, ¿qué diablos me estaba pasando? ¿La mitad de las mujeres de esta ciudad se morirían por llevárselo a la cama, y yo accedía como corderito al que llevan al matadero? Decidí cambiar de actitud y ofrecer mi mejor yo a partir de aquel instante. Intenté no pensar en el único hombre que había estado en mi casa aparte de exmarido y lo llevé a mi piso sin demasiada ilusión.

Le ofrecí una copa mientras él se empleaba a fondo con el móvil que aún permanecía intacto en su cajita de cartón. Puse algo de música, me decidí por “Si Sucede, conviene”, de Zenet, y me senté a su lado en el sofá mientras lo veía trastear con el aparato y me iba preguntando los datos que necesitaba para ponerlo en marcha.

—Deberías intentar aprender, por si te vuelve a pasar.

—Paso —le dije, sacando un cigarro de mi pitillera y encendiéndolo.

—A una mujer tan actual como tú no le pega nada ser tan arcaica.

Lo miré con hastío y le dije muy seria.

—Mi relación con el papel es para toda la vida. No voy a permitir que la moderna y joven señorita tecnología interfiera en nuestro bonito romance.

Se echó a reír, dejando a la vista su preciosa dentadura blanca.  Después me dedicó una mirada intensa y me susurró:

—Estás como una verdadera cabra.

—A ti te gusta —le contesté, juguetona.

—Por supuesto. Me encantan las locas que deciden darle un baño a su móvil en la playa, las que llaman a los bomberos para que le quiten dos huevos duros del fuego, y las que se niegan a aprender cómo se conecta un teléfono porque siguen llevando un pedazo de agenda de tres kilos en el bolso.

Le pegué un codazo justo cuando él me dijo:

—Esto ya está. Ahora ponlo a cargar un ratito.

—¿Me has puesto todo lo que tenía instalado?

—Todo; además, tendrás todas las apps configuradas como estaban cuando perdiste tu aparato, no encontrarás ningún cambio.

—Jo, qué suertuda soy de tener un amigo que sabe de estas cosas.

Entonces él me miró desafiante y me preguntó:

—¿Eso es lo que somos? ¿Amigos?

“Ay, no, por favor, no me hagas esa pregunta”, pensé inmediatamente. Él debió de notar mi expresión incómoda porque enseguida cambió su tono. Se inclinó hacia mí en el sofá y comenzó a meter su mano por debajo de mi falda larga. Yo me dejé hacer. La verdad era que el sexo con Coque era de lo mejor que me había pasado en la vida. Ningún hombre había sido capaz de hacerme sentir tanto placer como él.

—¿Es que dejas que tus amigos te hagan esto? —me preguntaba, con sus dedos acercándose peligrosamente a mi entrepierna.

—Por supuesto —decidí jugar a su juego—. Y a los más íntimos les dejo llegar más lejos.

Él frunció las cejas, haciéndose el dolido. Separó la mesita de centro y se colocó de rodillas en el sofá delante de mí. Sus ojos negros eran capaces de derretir hielo. Me excitaba muchísimo. Me quitó las botas de charol y me pidió ayuda para que me bajara las medias. Me quedé allí sentada con las piernas abiertas delante de él. Se desabrochó la camisa, dejando al descubierto el torso con ese espeso vello oscuro que me encantaba y me besó durante el tiempo justo para que comenzara a desesperarme por tenerlo sobre mí. Pero Coque era juguetón. Se notaba que tenía experiencia, y no había nada más sexy para mí que un hombre que supiera desenvolverse con maestría en la cama. Hundió su cabeza entre mis piernas sin dejar de mirarme.  A mí me encantaba sostenerle la mirada en aquel momento. Con Coque me sentía tremendamente desenvuelta. Le tomé por su mandíbula para hacerle subir la cabeza hasta mi boca y le besé con pasión. Me encantaba sentir mi sabor en la boca de un hombre. Coque aprovechó el momento para quitarse el pantalón y me pidió que me levantara con él. Me hizo rodear el sofá y colocarme de frente sobre el respaldo mientras él se colocaba detrás. Nos mirábamos en el espejo del salón mientras él me decía una y otra vez “Eres preciosa”, “Me encantas”, “Quiero que haya mil momentos como éste” y también otras lindezas mucho más subidas de tono. ¿No os encantan los hombres que hablan durante el sexo?

Recorrimos mi piso enganchados en cada esquina. Coque tenía un aguante impresionante, la noche prometía ser larga. Después de dos horas de probar mil y una posturas y de haber llegado al orgasmo más de tres veces, conseguí que se dejara ir él también. Tumbados sobre mi cama, nos fumamos un cigarrillo a medias, y cuando más a gusto estaba, sonriéndole por la noche perfecta que acababa de empezar, dijo algo que casi hace que se me cayera el cigarro de la mano:

—Te quiero.

“¿Qué demonios?”. Lo miré estupefacta sintiendo cómo se me cogía un nudo en el estómago, ¿cómo podía decirme eso? Eso no se le decía a cualquiera ni de forma apresurada. Eran palabras muy grandes, que implicaban mucho, al menos para mí.

—Mírame —me repitió, con esa sonrisa preciosa y esos ojos de príncipe egipcio—, no estoy bromeando, te quiero.

—¿Cómo puedes decir eso? —protesté dibujando en mi cara la expresión “quiero salir corriendo ya”.

—Es lo que siento —me quitó despacio el cigarrillo de la mano—, no estoy mintiendo.

Lo miré perpleja unos segundos más antes de levantarme y meterme en el baño. Necesitaba poner espacio de por medio. No podía estar pasándome esto. Cuando regresé a la cama volvió a decírmelo.

—Te quiero.

Le devolví una mirada enfadada que decía “ya basta”.

—Me da igual que huyas, y que tú no me lo digas. Eso no va a cambiar nada, ¿me oyes? Te quiero.

Me ablandó. Le permití acurrucarme en sus brazos fuertes y musculosos y empecé a besarlo.  En menos de un minuto, lo tenía otra vez dentro de mí. Nos amaneció sin dormir. Fue la mejor noche de sexo en la historia de mi vida, y pasara lo que pasara, decidí que a partir de aquel momento, Coque acababa de subir para siempre a la merecida categoría de Dios del Olimpo.

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