(t2) Deshojando margaritas -IX-

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Seguro que todas tenemos una amiga a la que sabemos infeliz y a la que nos gustaría poder ayudar. Una amiga cuyas desventuras sufrimos como propias y por la que daríamos todo lo que tenemos para que su suerte mejorara. Pero, ¿qué ocurre cuando llega por fin el ansiado momento en el que ella se decide y comienza a dar pasitos hacia el cambio, aunque esos pequeños avances sean un tanto erráticos? Como amigas, ¿debemos apoyar su decisión, aun sabiendo que puede estar equivocándose? ¿Deben estar encaminados nuestros consejos a que siga avanzando con el menor riesgo de fracaso? ¿O debemos usar nuestra sensatez para ponerle freno a sus desvaríos, sabiendo que eso puede anclarla de nuevo en la desidia y la apatía que deseamos que de una vez por todas deje atrás?

Miré el reloj sobresaltada. La confesión de Mariluz nos había hecho entrar en toda una serie de elucubraciones, teorías, posibilidades y alternativas que nos había enredado durante casi tres horas sin darnos cuenta. En menos de diez minutos, exmarido me traería a los niños de vuelta. Me despedí de mis amigas con un abrazo, en especial uno muy largo y muy fuerte para Mariluz y me dispuse a volver a casa. Emi se ofreció a acompañarme. Dijo que Paco ya había ejercido bastante de padre por un día y que tenía que volver, así que echamos a caminar las dos juntas.

Me agarré de su brazo y le ofrecí mi comprensión para lo que quisiera contarme. Emi me recordaba muchísimo a mí misma hacía unos años, estaba pasando por algo que yo ya había dejado atrás, pero sabía que no era una situación fácil para ninguna mujer. Tendemos a criminalizar a la persona que deja de estar enamorada, intentamos buscar una explicación, sin darnos cuenta de que no se puede mandar sobre los sentimientos. Ojalá fuera posible, ¡cuántos problemas nos evitaríamos! Pero no deja de ser una quimera, el corazón siempre ha sido un órgano indómito. Fue ofrecerle mi apoyo en confianza y Emi se lanzó como un cohete a contarme. Había entablado conversación con tres o cuatro hombres, me mostró las fotos en el móvil, todos del perfil que le gustaban a ella, hombres fuertes y musculosos, que incluso guardaban entre ellos cierto parecido. Me divertía, siempre y cuando aquello no pasara de ahí. Fui prudente al confesarle:

—A mí me da un poco de miedo todo eso. ¿Quién hay en realidad detrás de un perfil de Tinder?

—Pues gente normal. Hija, estoy yo.

—Tú eres un encanto, cariño, para nosotras. Pero fíjate que para el tío que conozcas eres un pedazo de fraude, casada y con dos hijos. Y lo tuyo será lo más light de todo, me imagino que historias habrá para no aburrirse. ¿De verdad, necesitas recurrir a esto para ligarte a un maromo de una noche?

—Me divierto, Salomé. Me gusta que me calienten por teléfono.

Solté una carcajada.

—Bueno, bueno, mientras puedas controlarlo…

Hizo una pequeña pausa antes de seguir:

—Salo, dentro de quince días voy a conocer a un tipo de Málaga.

Me paré en seco:

—¿Qué? ¿No te parece que vas un poco rápida? ¿Y dónde has quedado?

—Iré yo a Málaga y me quedo el fin de semana.

—Tú estás mal de la cabeza. ¿Vas a meterte en casa de un tío que no conoces de nada?

—No, me alquilo un hotel.

—¿Y por qué no puede venir él?

—No quiero que pueda verme alguien. Prefiero ir yo.

—Joder, Emi, esto no me gusta. ¿Y qué piensas decirle a tu marido?

—No lo he pensado, pero me da igual. Ya inventaré algo.

—¿Y los niños?

—Se quedan con Paco, o con mi madre. ¿Qué te pasa, amiga? ¿No me has dicho siempre que no me conforme si no soy feliz?

—Pero no estaba pensando en esto precisamente, corazón.

Entonces soltó lo que yo temía:

—Vente conmigo.

—Estás loca.

—¿Por qué? Vente conmigo, Salomé. Alquilamos una habitación para las dos.

No daba crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Pero tú qué esperas de ese encuentro?

—Primero quiero conocerle. Pero no quiero ir sola. ¿Y si no me gusta?

—Es muy probable, cariño. ¿Cuántos filtros le pasamos nosotras a una foto antes de subirla a ningún lado? Y eso contando con que el de las fotos sea él en realidad.

—Por eso.

—Pero Emi, ¿qué quieres que haga yo allí?

—Pues quedo con él en alguna cafetería. Tú vienes conmigo. Si me gusta, tienes un fin de semana libre para ti. Siempre te andas quejando de que no tienes tiempo de nada. Y si no me gusta, pues lo pasas con tu amiga. Te prometo acompañarte a ver museos y todo.

—Yo no voy a hacer de niñera —le reproché—. Si eres tan madura como para hacer esto, ten la madurez necesaria para hacerlo sola.

—Salo…

Me puso ojitos de corderita degollada, pero ya casi habíamos llegado a mi portal y vimos aparecer el coche de exmarido y parar en doble fila para bajar a los niños.

—Hablaremos de esto —le dije, levantando un dedo delante de su cara—. Eres una lianta.

Me dio un abrazo que casi me tira al suelo y se echó a reír.

—No he dicho que vaya a ir —le advertí.

Pero ella ya había cantado victoria. Se adelantó un par de metros, dando saltitos hacia el coche de Pedro para darles besos a los niños. Hacía muchísimo tiempo que no la veía tan ilusionada, y sonreí.

2 Comentarios

  1. Raquel says:

    Me encanta como sigue la historia con las amigas, cada una con sus problemas hacen que ella se olvide un poco del suyo propio como en la vida real.
    Muchas gracias por escribir como escribes.

    1. Raquel Tello says:

      Ciertamente, Raquel. Es la vida real. Es lo que intento, que nuestras protas se parezcan a nosotras mismas y a nuestras amigas. ¡Seguro que todas tenemos una amiga atrapada en un matrimonio infeliz!
      Muchas gracias por leerme, faltaba más! Besos !

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