(T2) Un clavo saca otro clavo -V-

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Una afronta una ruptura sentimental con la sensación aciaga de que nunca volverá a ser feliz. Al menos, no es algo que contemple en un horizonte próximo. Y no creo que lleguemos a ser conscientes de cuándo la rueda comienza a girar hacia el otro lado. Un pequeño detalle un día, unas risas con las amigas otro, y poco a poco nos damos cuenta de que hemos escalado hasta la mitad o más del pozo profundo en el que estábamos y de que muy cerca se atisba al fin la superficie. ¿Es comparable el momento en el que una acepta una cita con otra persona al momento de sacar la primera mano del pozo y agarrarse a la hierba para impulsarse fuera definitivamente? ¿Es ése el momento clave de despedirse del antiguo amor y abrazarse con ilusión a una nueva oportunidad para ser feliz? ¿Significa que ya estamos dispuestas a pasar página?

Antes de despedirnos aquella noche, había hecho que Mariluz subiera a mi piso para que se llevara el recuerdo de Portugal a su casa. Miré por última vez el plato del que me había enamorado, con aquella mujer cantando bajito al oído del hombre al que parecía amar. Cuánta nostalgia me produjo. Se me humedecieron los ojos al acordarme de Eme, pero antes de que ninguna lagrimita llegara a salir, mi amiga había cogido una bolsa de mi cocina y había dejado aquel espacio gritando su vacío al resto del balcón.

Pasé varios días mirando la pared, con la alcayata desnuda recordándome continuamente la presencia que había intentado borrar. En vez de ayudarme, ver ese hueco me agobiaba. Tenía que acabar con aquello de una vez. Aproveché el sábado del primer fin de semana que no tuve a los niños para elegir varias fotos bonitas que había hecho aquel verano y llevarlas a la tienda de fotografías del barrio para imprimirlas. Después de comer, cogí el coche y me planté en Ikea para escoger los marcos necesarios. Por supuesto, di un paseíto por la primera planta cogiendo algunas ideas y llenando mi bolsa amarilla de cosas que no necesitaba, como era de rigor, y antes de bajar a por los marcos, decidí pararme a tomar un cafetito con un trozo de tarta Sacher. Al dirigirme con mi bolsa amarilla y mi bandeja con la merienda a una de las mesas de la cafetería, reconocí a alguien, y para mi sorpresa, me alegré de verle. Me acerqué hasta su mesa.

—¿Víctor?

También iba solo, se tomaba un café hojeando el catálogo y levantó la mirada sorprendido. Enseguida se levantó de su silla y me dedicó una sonrisa.

—Salomé, qué casualidad, ¿qué haces por aquí?

—Lo mismo que tú, imagino. Comprando cosas que no necesito.

—Bueno, en realidad, yo he venido a buscar una librería que sí necesito. Las que tengo en casa se me han quedado pequeñas y necesito una más grande. A ver si encuentro algo que me venga bien. Pero siéntate, mujer, vienes cargada —añadió quitándome la bandeja de las manos y ayudándome con la bolsa que cargaba.

Nos tomamos juntos el café, le di mi opinión sobre las librerías que él había señalado y fuimos juntos a la planta baja, conversando como dos amigos. Por primera vez desde que lo conocía, me sentí agusto a su lado. Mi amiga Mariluz, una vez más, tenía razón. Él era un hombre de verdad, jamás habría podido vivir este inocente momento con Eme.

Nos despedimos al llegar a la zona de marcos de fotos, para que él continuara su camino hacia el almacén donde cargar la librería que finalmente había escogido. Me gustó que no insistiera en una cita, pero al mismo tiempo, me hirió el orgullo que no me la pidiera. ¿Qué me pasaba? ¿Me había acostumbrado a rechazarlo y el hecho de que no me persiguiera ahora me molestaba?

Me dirigí a la caja con mis marcos de fotos por fin en el carrito y en la cola volví a ver su melena plateada. Me gustaba su estilo en pantalones vaqueros, camisa por fuera y zapatos de deporte. Le daba un aire juvenil y un poquito canalla. Por supuesto, me coloqué en la misma fila, haciéndome la distraída. Justo cuando él pagaba, me descubrió detrás de un par de clientes y decidió esperarme para bajar juntos al parking. Me divertía la situación. Al pasar por la tienda de comestibles me sugirió:

—Oye, son casi las siete ya. ¿Qué te parece si compramos algo de comida sueca y te invito a casa a cenar? Si no tienes otros planes, claro.

Alerta.  El cazador había recuperado su rol.

Pero le sonreí. Qué diablos, llevaba más de tres meses sin catar varón y me apetecía echar un polvo, al menos, tener la oportunidad de ello, luego veríamos cómo se desarrollaba el resto de la noche. Acepté sin pensármelo demasiado. Me dio su dirección y nos citamos a las nueve de esa misma noche. Tenía el tiempo justo para llegar a casa, dejar la compra, ducharme y ponerme monísima. Y nada de tiempo para arrepentimientos. Mejor que mejor. Como medida de seguridad, opté por no consultarlo con las chicas. Esta noche iba a ser solo mía.

Photo by silviarita on Pixabay

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