(T2) Caramelo y Narguile -XI-

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La travesía no fue de las más cómodas. Cuando el estrecho no está en calma, incluso un barco de tonelaje medio como era el ferry que nos llevaba, cabecea hasta hacerse incómodo. En el selfie que hice a Fatine con los brazos extendidos como en Titanic, y a mí abrazándola desde atrás con el puente de mando como decorado de fondo, se observaban nuestras caras en estados bien distintos: Ella risueña y con gesto de felicidad, y yo preocupado ante los peligros que nos esperaban al otro lado del mar, y rumiando la dimensión del nuevo caso de la hermana de Jaime, al que no podía desatender de ningún modo y, cuya explicación espero poder dar en otra entrega futura.

Enseguida bajamos al interior del buque, donde innumerables filas de asientos dibujaban un paisaje de gentes sentadas, tumbadas, con todo lleno niños y de bolsas grandes de rafia de colores en lugar de maletas, y hablando de modo ruidoso y multiétnico. Fatine aprovechó para sacar un cuaderno y comenzar a hacer las reservas en los lugares que yo le había marcado, mientras por mi parte escudriñaba cuanto nos rodeaba en modo alerta.

Era sorprendente la dulzura con la que mi compañera manejaba el francés, y la sonoridad acalorada con la que se desenvolvía en el árabe de Marruecos al teléfono, y luego, el aplomo cuasi malagueño con el que hablaba conmigo en español. Creo que tenía suerte de tenerla a mi lado.

No habían dado las siete de la tarde en nuestros relojes, cuando estábamos ya instalados a las afueras de Gueznaia, un pequeño pueblo de casas diseminadas al sur de la Zona Franca de Tánger. A todas luces cumplía a la perfección el cometido de lugar discreto y fuera de las rutas muy transitadas, y el sitio reservado por Fatine era un pequeño piso sobre el Mostafa Net Cafe, del que su amable propietario nos entregó la llave sonriendo mientras hablaba una mezcla de árabe, francés y español, supongo que en honor a mí.

Humilde y limpio, con olor a recién pintado y a asado de cordero que subía por las ventanas desde las cocinas del establecimiento que daba nombre al sitio, parecía una invitación al descanso.

Fatine miró su reloj.

—¿Sabes que son en realidad las seis de la tarde en Marruecos? Cambia el reloj porque aquí es una hora menos. Tendremos tiempo de ducharnos y luego te voy a dar una sorpresa antes de bajar a cenar. Creo que te interesará mimetizarte con el ambiente en todos los sentidos, y cuando digo en todos no dejo fuera ninguno.

Mientras me dijo esto me guiñaba un ojo con la picardía arabigoandaluza más insinuante que uno pueda imaginar.

—¿Puedo saber a qué te refieres?

—Claro cariño. Hoy voy a ser tuya al estilo bereber.

Salió del apartamento y al poco subió con una bolsa que contenía azúcar y varios limones sueltos. Calentó agua en un cacillo hasta que esta hirvió. Y luego le añadió varias cucharadas de azúcar y el zumo de dos limones. Entró con aquel extraño caramelo en el baño, y al rato apareció desnuda, recién duchada y depilada totalmente.

—Te espero en la cama, sultán. Hoy seré más tuya que nunca. Hoy tu placer será el mío.

—¿Te has depilado con el caramelo como si éste fuera cera?

—Un buen esposo debe conocer a su mujer hasta el punto de adivinar lo que hace cuando ella no está presente. Enhorabuena.

—Y supongo que una buena esposa debe adivinar los deseos de su marido sin necesidad de que éste se los manifieste ¿verdad?

—Veo que te mimetizas por momentos y me encanta.

—Pues me ducho, vengo y nos damos una sesión bereber primero y luego…

—Luego bajamos a comer cordero al horno, a tomar té, y a fumar una narguile. ¿Era ese tu deseo sultán?

Al fin estábamos en Marruecos.

Photo by yvonne lee harijanto on Unsplash

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