(t2) Buscando culpables -XXXII-

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Aquel viaje de regreso a Sevilla con Diana, dio paso al fin a la ternura entre los dos. Abrazos, besos y contacto físico, sin sobrepasar en ningún caso la barrera del deseo; acaso porque era mejor ir despacio, tal vez porque Di tenía relativa urgencia en llegar a casa, y ponerse a disposición de su grupo de amigas. El sexo bien podría habernos retrasado, cosa que no queríamos, y no dimos pie a que se insinuase entre nosotros dos.

Dejé a Diana en su casa y me dirigí hasta mi dúplex en Los Bermejales. Observé la cerradura de la puerta arañada. Sin duda habían intentado probar a abrir, cosa de aficionados sin duda, pues un verdadero profesional tan solo con ver  puerta y cerradura, habría tenido claro que se enfrentaba al sistema más inexpugnable del mercado, y o bien venía preparado para asaltarlo, o directamente se habría marchado sin ni siquiera intentarlo. Supongo que habrá ocurrido cuando se me suponía aquí con el dinero de Aitor. Mi precaución por tanto de ir a casa de mi cazadora no estuvo desacertada.

Se me hizo raro estar de nuevo en casa. Parecía que hubiesen pasado mil años desde que partí rumbo a Bilbao, y a mi vuelta pasé tan solo a por el coche. Bilbao me recordó que era momento de llamar a Aitor. Busqué en la agenda del móvil y pulsé su contacto. Al tercer tono descolgó.

—¿Cómo estás sevillano?

—Muy buenas Aitor, ya de vuelta en casa.

—¿Pero por qué me llamas Aitor sandios? El nombre no es feo pero yo no me llamo así.

No puede por menos que soltar una carcajada.

—Ya lo sé hombre, es una larga historia aunque como nombre en clave no está mal.

—Si te ríes es señal de que todo está terminado, ¿verdad?

—La parte que me encargaste sí que lo está. Ha habido contratiempos que nos enseñan para lo sucesivo, pero has acertado aunque suene a presuntuoso al contar con mis servicios. Desde que salí de Bilbao me han estado siguiendo. Sin duda alguien sabía que el dinero lo llevaba rumbo a Marruecos, y pensaron que si me interceptaban antes, la entrega no se habría realizado. De ese modo, tal vez el señor Massú cobraría dos veces: una quitándonos la pasta, y la segunda cuando hubieras tenido que volver a pagarle. Con esta gente se puede ganar dinero, es verdad, pero hay que ir por delante de ellos, saben mucho. Claro que si lo del seguimiento ha sido absolutamente cierto, lo de que haya tenido que ver Massú en el tema o no, ya es pura especulación de policía con muchos años en el cuerpo.

—Joder chico, me dejas helado. ¿Por qué me dices que en la parte que yo te encargué? ¿Es que hay más partes?

—Hay una segunda parte. Massú me ha dado un maletín. Dice que dentro están los contratos de la siguiente operación, y en concreto, y por eso su deseo de confidencialidad extrema, la parte que a él le corresponde fuera de circuito igual que esta vez. El encargo es que te los lleve en mano.

—Ya han corrido estos moritos, ¡sandios!, la operación es para después del verano.

—Lo primero que querría es pedirte permiso para abrir el maletín. Está cerrado con llave, y supongo que la llave te llegará de alguna manera pero, saltar ese obstáculo es pan comido. No me interesa especialmente el contenido de los papeles, eso es cosa vuestra.

—¿Entonces?

—Quiero saber si tiene dentro algún tipo de dispositivo GPS. Si lo tiene, ya sabemos quién ha querido interceptar tu dinero.

—Vaya, chico, no dejas de sorprenderme. Por supuesto ábrelo.

—Si no te importa voy a colgar, te vuelvo a contactar mediante videollamada y pongo la cámara para que veas el proceso. ¿Te parece?

—Por supuesto.

Hice la llamada a través de WhatsApp y puse la cámara del móvil enfocando al maletín. Había traído de la terraza una tijera de podar de las de mano, y comencé a cortar el cuero de la solapa, hasta desprender la parte de la cerradura que entraba en el herraje del cuerpo del maletín.  Abrí la solapa y extraje unos papeles que estaban dentro de una carpetilla de plástico. Palpé el maletín con detenimiento, y justo entre la piel de la solapa y la solapa note una pequeña dureza. Corté el forro en un lateral y pegado a él, separé un dispositivo similar a las alarmas antirrobo de los comercios, pero algo más grueso y con muchísima más electrónica en sus entrañas.

—Aquí tenemos lo que yo sospechaba. Ya sabes que Massú puede ser compañero de negocios, pero lo que se dice amigo… En fin.

—No paro de sorprenderme contigo. Hay que ver la de cosas que me estás enseñando.

—No lo creas. He aprendido a interpretar determinadas señales por mi trabajo, supongo que igual que tú interpretas otras en el tuyo.

—Hombre, alguna sí. Tienes razón. Una de ellas es que hay que fiarse de muy pocos y, creo que perteneces al grupo de los elegidos, de modo que tú dirás qué haces con los documentos.

—De acuerdo. Por lo pronto voy a poner el maletín con el localizador en una basura a bastantes kilómetros de aquí. Por el camino voy pensando y a la vuelta te llamo y te lo digo. ¿Te parece bien?

—Por supuesto. Espero tu llamada.

Cuarenta minutos después tomaba la salida 508 de la A4 en dirección a Carmona con el maletín desguazado sobre el asiento del copiloto de mi X4. Entré en la Calle Juan Chico, y en el primer contenedor verde que encontré introduje lo introduje con un gesto cómico.

De vuelta a Sevilla llamé a Aitor tal y como había quedado con él.

—Aitor, ya sé cómo lo vamos a hacer.

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