(t2) Buonanotte amore -XXXVIII-

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Tengo que confesar que decir Pompeya para mí es algo mágico, algo que trasciende y me llena la cabeza de evocaciones que retrasan el reloj XX siglos. Seguro que los habitantes de la antigua Pompeii no escucharían con agrado que, el que el Vesubio un 23 de noviembre del año 79 d. C. parase el presente cubriéndolo todo del manto piroclástico que nos ha traído hasta el hoy, aquel instante en el que temperaturas superiores a 700ºc y una capa de cenizas hicieron el prodigio de crear moldes perfectos, nos permita ahora, conocer en detalle qué hacían los pompeyanos aquel día, y la disposición en la que el Vesubio atrapó a 2.000 de ellos que se sepa, y probablemente a otros tantos aún por desenterrar.

Tanto me emociona el sitio, que casi me sentí decepcionado cuando el taxi llego hasta la puerta del Hotel Royal Continental de Napoli.

Nápoles es la gran capital. El desarrollismo sobrevenido a partir del siglo XVI en tiempo de Fernando II de Aragón, Carlos I y Felipe II, dieron paso a una gran urbe de casi 6.000.000. de habitantes a día de hoy, y gran parte de los movimientos financieros, no solamente de Italia, sino probablemente de toda Europa.

Al hacer el check in a la llegada, el recepcionista que nos atendía en perfecto castellano, nos informó que una gentilíssima signora había preguntado por nosotros por teléfono. Lo hizo con un guiño al utilizar esa expresión revestida de segundas intenciones. Enseguida me vino Diana a la cabeza, y esa extraña facultad que tienen algunas mujeres para adelantarse a los acontecimientos, o para predecirlos llegado el caso, de manera casi mágica.

Al entrar en la habitación, preciosa por cierto, no pude por menos que salir a la terraza que parecía colgada sobre la mismísima bahía  napolitana, y aspiré el olor a sal que subía desde los pantalanes del puerto deportivo.

Era el lugar perfecto para llamar a mi cazadora. El móvil sonó y sonó, hasta el punto de llegar a impacientarme, y cuando ya me disponía a colgar, por fin escuche su voz del otro lado.

—Hola polizonte. ¿Cómo te va?

—Hola Diana. Casi no hace falta que te cuente, pareces ir por delante. Se nota que tienes memoria y algún pajarito que te chiva cosas.

—No te entiendo.

—¿Ah no? ¿No has sido tú la que ha llamado al hotel para preguntar si habíamos llegado?

—No cariño. Ni siquiera sé dónde estás.

Recompuse el tipo en un segundo y enseguida aclaré.

—Entonces habrá sido la mujer de Aitor. Acabamos de llegar a Nápoles, y en recepción nos han dicho que habían llamado preguntando por nosotros.

Se hizo un silencio incómodo que por fin rompió Diana.

—Fatine sabe que estás allí.

—No Diana. No he vuelto a hablar más con ella. Seguro que ha sido la mujer de Aitor. Por cierto, que he quedado en bajar a cenar con él en diez minutos, y me gustaría deshacer antes la maleta. Creo que volvemos mañana. ¿Me esperarás?

—Pues claro tonto. Tengo muchas ganas de verte.

Deshice mi pequeño equipaje, y me di una ducha rápida para refrescarme un poco y cambiarme de ropa.

El Royal Continental de Napoli era realmente coqueto y cómodo. Siempre me ocurre al llegar a un hotel, que o me disgusta casi desde el minuto primero, o me enamora –suele ser lo habitual— y me siento en él muy cómodo.

A mi llegada y a la derecha del comedor, Aitor ya me estaba esperando en el bar, todo forrado de madera de roble barnizada, con una cerveza enorme en la mano.

—¿Pasamos al comedor, o quieres antes una cerveza conmigo?

—Vamos a echarla. Oye, ¿era tu mujer la que ha llamado antes preguntando?

—Para nada. Siempre hablo con Nagore antes de dormir. Preguntarían por ti.

—Nadie puede saber que estamos aquí, salvo la gente de tu oficina, y si me dices que tu esposa no ha sido…

—Ya nos enteraremos, estas cosas cantan antes o después. Anda, pasemos al comedor, mañana nos espera un gran día. Estamos citados a las doce en el Hotel Palma. Me han dicho que está muy cerquita del yacimiento arqueológico, y había pensado que cuando terminemos, podrías llevarme a visitar aquella ciudad romana, de la que seguro te lo sabes todo.

—Será un placer Aitor. Venir a Italia y no visitar Pompeya es un crimen. Te contaré muchas cosas de las que los guías turísticos generalmente no hablan, porque entre otras, ni las conocen.

Acabada la cena, volvimos a la barra de roble a tomar un Amaretto con hielo a modo de digestivo. Al fin subimos a las habitaciones, contiguas por cierto como ya había aprendido Aitor por motivos de seguridad, y cada uno  entró en la suya.

Cerré la puerta tras de mí, y antes de insertar la tarjeta en la ranura que enciende las luces miré en dirección a la terraza. Las cortinas estaban descorridas, la puerta de acceso abierta de par en par, y tan solo un visillo claro que la brisa bamboleaba, hacía de separación casi ficticia entre una estancia y la otra. Del otro lado una silueta de mujer, que de perfil, fumaba apoyada en el pretil de la terraza. Sin duda había visto la luz del pasillo al abrir la puerta, y que no hubiese hecho por esconderse, alejaba a priori el peligro de aquella situación insólita. ¿Podría ser Diana dispuesta a darme una sorpresa de esas que se recuerdan toda la vida? ¿Acaso la dulce Fatine, con tentáculos, ojos y oídos, más allá y más acá de lo imaginable? Me dirigí cauteloso hacia la terraza y por fin descorrí suavemente el visillo. Bella a la luz del puerto y bajo la luna, fumando como si no me hubiese visto y buscando algo en el horizonte negro del Mediterráneo estaba esperándome la sorpresa de la noche.

—Buona… notte… Brunella.

—Buonanotte amore.

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