(t2) “Buenos días, princesa”- XXXIX

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En el manual del superviviente emocional, el capítulo uno dice: el primer paso para sobrevivir es la honestidad con uno mismo. Al igual que un médico primero analiza los síntomas, luego diagnostica la enfermedad y a continuación receta el remedio, el que quiere sobrevivir a sus propios sentimientos primero tiene que definir cuáles son. Esto, que es el ABC de cualquier enciclopedia y que parece una perogrullada, puede resultar en ocasiones un auténtico desafío. Una escalada al Everest, una inmersión a pulmón en una fosa abisal. No se sabe lo que espera al final de esa travesía. No hay manera de prever el resultado. Ninguna garantía de éxito. Cuando una se encuentra ante una encrucijada de tal calibre, lo único que puede hacer es dejar que hable el corazón.

Volví en mí aturdida, acalorada y con un terrible dolor de cabeza. Cuando abrí los ojos, estaba en una tumbona con las piernas en alto y muchísimas caras desconocidas a mi alrededor. Paseé la vista por aquel círculo de rostros extraños hasta que vi a Diana abrirse paso entre la multitud con una jarra llena de agua con hielo y una toalla de mano.

—Salomé, mi niña. ¿Cómo te encuentras? —me dijo sentándose en un ladito de mi hamaca y poniéndome una toalla empapada en agua fría sobre la frente.

—No sé qué ha pasado.

Ella se dirigió a la multitud allí congregada:

—Bueno, aquí ya no hay nada más que ver. Dejémosla recuperarse.

En dos minutos, el espacio quedó libre para Diana y para mí, aunque sentía las miradas de la gente, observándonos desde la distancia.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté a Diana—, ¿mis niños, dónde están?

Diana me interrumpió, quitándome la toalla y volviendo a refrescarla.

—Los niños están bien, no te preocupes, no se han enterado de nada.

—Dios, no sé qué ha pasado —dije llevándome la mano a la frente y cerrando los ojos.

Entonces escuché a mi amiga a mi lado decir.

—Salomé, cuando recogí tus cosas del suelo, tenías el móvil abierto y no pude evitar leer.

En aquel momento, las imágenes se precipitaron en mi retina, como escenas de una película proyectadas a toda velocidad: la campanita del whatsapp, el chat de Eme, “buenos días, princesa”.

Me incorporé y me abalancé sobre mi bolso, buscando el teléfono, pero mi amiga Diana me lo arrebató de las manos.

—Alto ahí, pequeña, antes vamos a pensar juntas cómo vamos a manejar la situación.

Sentía un nudo espantoso en el estómago, ganas de vomitar, palpitaciones en el pecho, ¡joder! Tenía mil preguntas bullendo en mi cabeza: ¿habría vuelto? ¿querría volver a verme? ¿y para qué querría volver a verme? ¿habría tomado una decisión? Compartí todas esas inquietudes con Diana. Y ella volvió a aportar algo de sensatez a la situación:

—En lugar de pensar en lo que querrá él, ¿por qué no te centras en lo que quieres tú? Sea lo que sea lo que él quiera decirte, suponiendo que quiera decirte algo y no se trate sólo de un saludo de follaamigo, ¿qué quieres responderle tú? ¿estás dispuesta a volver a jugar con fuego? ¿Prefieres mantenerte distante? Deberías decidir cómo quieres relacionarte con él antes, para que pueda darte consejos prácticos en esa dirección.

Suspiré. Diana tenía razón. Tocaba pensar de nuevo en Eme, y la simple idea me agotaba. Había pasado el último año intentando sacarlo de mi cabeza y ahora tenía que volver a afrontar que seguía existiendo. Estaba nerviosa y asustada en la misma proporción, ansiosa e ilusionada, acojonada y enfadada. Era una batidora de sentimientos, y no sabía qué podía resultar de aquel gazpacho emocional. Le pedí a Diana que fuera a por los niños y nos llevara a casa y ella se ofreció a quedarse con mis hijos aquella noche para que yo pudiera descansar. Viniendo de Diana, aquel gesto me conmovía el triple.

Cuando llegamos a la puerta de mi piso, le pedí que esperara para bajarle una muda de ropa y un par de pijamas y ella me respondió, “por favor, no seas absurda, paro en H&M de camino a mi casa y los apaño”. Los niños aplaudieron encantados la idea. Era la primera vez que se quedaban en casa de la tita Di, de la tita guay, supongo que sabían que eran los primeros niños que pisarían su apartamento con intención de pasar la noche, y eso los hacía sentir especiales.

—Dedícate a pensar un poco —me dijo mi amiga, antes de arrancar.

Subí a casa, me di una ducha y me puse un vestido largo y amplio. Me tumbé en el sofá con las piernas hacia arriba y cogí mi móvil. Leí el mensaje de Eme trescientas veces, letra por letra. A veces, veía que se conectaba y aparecía en línea. Me quedaba mirando absorta aquellas dos palabras, sintiéndolo cercano al otro lado de mi aparato. Y entonces me atreví a responderle un escueto “hola”.

El corazón empezó a bombearme a dos mil por hora, sentí una estampida de caballos salvajes en mi pecho cuando vi las dos rayas tornarse azules, y esperé. Entonces leí escribiendo… y quise morirme de los nervios.

“Necesito verte”

Fue su mensaje. Directo al grano. Sin florituras, sin corazones de colores, ni emoticonos de besitos, sin ramos de flores, ni soles. Eme y sus necesidades. Por un lado me cabreaba, pero por el otro era él, siempre había sido así. Y a pesar de sentirme tremendamente enfadada, y de saber que podía echar por tierra todo el año que había invertido en sacarlo de mi vida, lo único que pude contestar fue:

“Cuándo?”

“Ahora?”

Suspiré hondo. Aquí ya no estábamos jugando. Eme había vuelto, era real y quería verme. Sin detenerme a pensar en las consecuencias que aquella cita tendría para mí, le respondí escuetamente.

“ok. Dónde nos vemos?”

“Estoy frente a tu portal. Baja”

Joder. Me precipité al balcón y comprobé que efectivamente, su BMW estaba aparcado en la acera de enfrente. Aquella escena me traía demasiados recuerdos, se parecía demasiado a otra y tuve que apoyarme contra la pared para no caerme. Corrí al baño, me pinté los labios de rosa intenso, burlándome de mí misma por aquella actitud de ovejita sumisa y entregada que corre devota al matadero, y salí del piso intentando mantener el equilibrio y lo que me quedaba de dignidad. En el ascensor, me coloqué bien el pelo, revisé mi aspecto, e intenté decidir si iba a mostrarme fría y distante o si mejor me mostraría indiferente y amistosa. No supe decidir. Había llegado a la planta baja y se abrieron las puertas del ascensor. Afronté el último tramo que me separaba del hombre al que llevaba un año sin ver y del que no había sabido nada excepto por aquella carta desgarradora. Abrí la puerta del edificio y salí a la calle. Fuera, las luces del atardecer, la noche que comenzaría en breve. Me dirigí hacia el BMW, cruzando la calle y vi bajarse a Eme. Llevaba vaqueros y una camisa azul por fuera. Se había dejado una barba corta que le lucía salpicada de canas y nos miramos. Me quedé clavada. No pude seguir avanzando. La respiración se me aceleró. Acababa de darme cuenta en aquel preciso instante de que no estaba preparada para ser la amiga de Eme. Amaba a ese hombre con toda mi alma. Él siguió avanzando hacia  mí con el semblante serio. También parecía asustado. Nos separaban menos de dos metros y ya podía distinguir su olor. Casi podía palpar la temperatura de su piel. Yo seguí allí clavada mientras él desandaba los últimos pasos. Se paró muy cerca de mí, y me miró de arriba de abajo. Yo era incapaz de decir nada. A duras penas podía mantenerme en pie. No sabía qué me iba a decir, no sabía si abofetearle, si gritarle todo el dolor que me había causado, si darme la vuelta y volver a hacerlo desaparecer…

Entonces él susurró, más para sí mismo que para mí, pasándose las manos por su pelo:

—Cómo he podido vivir sin ti todo este tiempo…

Vi cómo le temblaba la barbilla y cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Y entonces hice lo que me pidió el cuerpo, sin ninguna sombra de duda. Me precipité hacia él y me arrojé en sus brazos. Eme me abrazó como nadie lo había hecho nunca. Con hambre. Con ansiedad. Hundió su cabeza en mi cuello y comenzó a llorar. Los dos llorábamos. Notaba su pecho encogiéndose con cada sollozo y empezó a pedirme perdón en una letanía sin sentido interminable. Lo tomé por la barbilla y lo obligué a mirarme. Entonces, él me acarició la cara y estrelló su boca contra la mía.

Me supo a ambrosía. No podía pensar, sólo quería fusionarme con aquel hombre al que amaba tanto, sin pensar en las consecuencias del día después. Mi cuerpo lo había echado dolorosamente de menos. Era como si cada célula de mi piel hubiese estado aletargada y ahora se activara con el  contacto de sus dedos. No sabía si lo deseaba más que lo amaba o al contrario. Era una mezcla adictiva de pura ansiedad. Me separé de su beso y lo tomé de la mano. Caminamos de vuelta hacia mi piso sin pronunciar palabra. No hacía falta decir nada. Nuestros cuerpos, nuestras manos, nuestras bocas, nuestros ojos, hablaban por nosotros. A veces, tocaba decir te quiero con otro lenguaje y escribir promesas con otro tipo de tinta.

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