(t2) Si bebes, no mandes whatsapp -XVI-

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La sociedad va cambiando, y afortunadamente, la imagen de la mujer, cambia con ella. Poco a poco, se va perdiendo el estereotipo de mujer de hogar —con todo lo que eso conlleva en cuanto a falta de autonomía— en favor de una versión más actualizada de la mujer de hoy: la que trabaja fuera de casa, la que tiene su independencia económica, la que necesita su espacio con las amigas, la que no da demasiadas explicaciones, la que se emborracha y  pierde los papeles de vez en cuando… En este sentido, ¿somos las mujeres mucho peores que los hombres con dos copitas de más? ¿Nos desinhibimos más como consecuencia de esa moral social que queremos hacer desaparecer? Y sobre todo, ¿están los hombres preparados para encajar este cambio con normalidad?

Sobre las cuatro de la mañana, sentí a Emi abrir la puerta de la habitación. Se acercó a mi lado de la cama y me susurró:

—Amiga, me he acostado con él.

Me incorporé de un salto, sin creérmelo de veras, medio aturdida. No creí que fuera capaz de dar ese paso, pero allí estaba ella, feliz, buscando algo que beber en el minibar y diciéndome, “levántate, vamos a fumarnos un cigarro”.

En la terraza, con una Coca-Cola, un par de cigarrillos y las dos liadas en una manta, pasó a narrarme los detalles de su primera infidelidad, como si fuéramos dos quinceañeras que acabaran de descubrir el sexo. La noté muy tranquila, nada arrepentida por lo que había hecho, y no demasiado obsesionada por el “y ahora qué”.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, Emi seguía dormida a mi lado. Cogí mi móvil, que estaba repletito de notificaciones de whatsapp, pero entre todas ellas, una me alarmó sobremanera. Era de Coque y decía: “Yo también te tengo unas ganas locas, leona”.

¿Leona? Abrí su chat inmediatamente, temiéndome lo peor. Exactamente, ¿qué vídeo le habíamos mandado? Recordaba haber grabado uno muy light, con Emi diciendo “oye, Coque, mi amiga se alegra mucho de haberte encontrado después de tantos años” y algo así, pero también había habido otros más tarde en plan “mira Coque, ¿te gustan mis morritos?” o “prepárate que cuando te coja voy a quitarme las ganas acumuladas de veinte años” con mi amiga descojonada al lado que no quería pensar ni por un segundo que hubieran llegado a él.

Comprobé con cierta tranquilidad que sólo le había enviado el primero, el que estaba casi dentro de lo correcto, y cuando ya mi cuerpo estaba volviendo al sosiego, se me cogió un nudo en el estómago y me entraron los sudores fríos. Me acababa de venir a la memoria que en un momento de la noche, Emi me pidió el número de Coque. Zarandeé a Emi a mi lado:

—Nena, por tu madre, despierta —Emi abrió los ojos con una expresión horrible de resaca—. Dime que no le enviaste ningún vídeo a Coque desde tu móvil.

Emi se restregó los ojos para espabilarse, volviendo a la realidad.

—Ay, no sé, no me acuerdo, Salo. Anoche nos vinimos arriba demasiado —dijo mientras alargaba su mano cogiendo el móvil.

Me apoyé en su hombro, esperando a que comprobara los chats. Había chat con Coque. ¡Me quise morir! Cuando lo abrió, había no uno, sino varios vídeos enviados y por las respuestas de él, supuse que era de los que habíamos etiquetado como “para no enviar jamás”.

—¿Le doy? —me preguntó Emi mirándome, con su dedo a dos milímetros de la señal de play del primer vídeo.

Asentí. Mejor era saber a qué nos ateníamos. Duraba tres minutos veinte, pero a los cincuenta segundos ya me estaba llevando las manos a la boca. Emi le preguntaba a Coque, mirando abiertamente a la cámara por qué nunca llegó a acostarse conmigo, si no sería un “pichafloja”, si le parecía normal que no tuviera ganas de catar mi cuerpo, que ya estaba tardando en enmendar el pasado y mil barbaridades más. Cuando ya creía que no podía ir a peor, Emi me preguntaba en el vídeo: “tú que dices, amiga, ¿tienes ganas de que te eche un polvo?”, y yo le respondía: “estoy tan salvaje como una leona”, con un “Grrrr” incluido y movimiento de manita imitando una garra.

Me tapé los ojos horrorizada, mientras Emi se desconojaba a mi lado.

—¿Cómo hemos podido enviar eso? —pregunté yo.

—¿Cómo? Nos bebimos tres botellas de vino entre las dos, amiga.

Me levanté y empecé a dar vueltas por la habitación. Qué vergüenza, ahora sería incapaz de aceptar una cita, ¿qué tipo de degenerada se iba a pensar que era? Como punto positivo, al menos no tendría que preocuparme por causarle una buena impresión, ya me había encargado de cargármela yo solita. Emi se partía de risa, aún en la cama, y yo aproveché para entrar en el baño.

—No te preocupes tanto. Se nota que estábamos borrachas, él sabrá entender —me gritó desde la cama—. Anda, dúchate y bajamos a desayunar. Las chicas dicen que volvamos pronto, que están locas por que les contemos.

La cabeza me retumbaba como un tambor.

—Diles que nos vemos en mi casa después de comer. Que las avisaremos cuando estemos llegando.

Parecía que al fin de semana de risoterapia aún le quedaba un último capítulo.

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