(t2) El atraque -XX-

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El momento previo al atraque suele alargarse varios minutos, durante las maniobras de acercamiento del barco al pantalán, su colocación definitiva, y el lanzado de amarras y puesta de rampas. Aquella noche los minutos parecían horas completas. Todo el mundo parecía nervioso: niños lloriqueando tras haber dormido casi todo el camino, otros sobrexcitados correteando entre la gente, alguna madre corriendo tras éstos dando voces, muchos adultos buscando el acceso a la pasarela para ser de los primeros y no tener que esperar demasiado en la zona franca, y el resto en los accesos a la bodega para subir al menos a los coches.

Era el punto de organizar la escena final de aquel secuestro con tráfico de drogas, y con más de veinte años de cárcel por cabeza en el reparto: de seis a ocho por tráfico de estupefacientes, seis por retención ilegal y de ocho a doce por tráfico de personas, y suerte tendrían si cumplían condena en establecimientos penitenciarios españoles.

Las chicas habían ido al servicio durante la última hora, y de él salió Fatiné desprovista de su indumentaria marroquí para llegar a la bodega y sacar del barco el OPEL. Tal y como estaban colocadas las filas de los coches, la suya saldría antes que la de la furgoneta del Clan de Alí. De la cafetería desaparecieron los dos brutos con bastante mala cara y en dirección a la bodega. El padre y el hijo se quedaron entretanto en la barra, sin duda esperando noticias de que todo iba bien. Me retrepé a la vuelta de las puertas del salón cafetería y desde allí llamé a Jaime. Al primer tono descolgó.

—Comisario.

—Estás aquí supongo, ¿vestido de civil o de guardia?

—De guardia.

—¿Puedes subir al barco?

—Claro que puedo. ¿Y Malak, está bien?

—Libre y a salvo. Búscame en el salón cafetería cagando leches, y que aparten la furgoneta y le pasen los perros.

Poco a poco el bullicio del barco se fue transformando en silencio, y mientras los camareros recogían todo para la siguiente travesía, un par de mozos de reparto llegaron con dos carretillas cargadas de cajas de Coca Cola que dejaron a la entrada. Jaime apareció al fondo del pasillo y con una seña entendió que tenía que parar a los mozos que se volvían con las carretillas ahora vacías.

—Cada uno vamos a coger una carretilla y llegamos ocultos tras la torre de cajas hasta ellos. ¿A quién prefieres inmovilizar, al padre o al hijo?

—¿Cómo sabe que su hijo?

—Eso no importa. Sígueme.

Volvimos a cargar las cajas en las carretillas, y ocultos tras ellas penetramos en el salón. Los mozos se quedaron bajo el dintel de la entrada, entre expectantes y divertidos. La acción estaba servida, aunque ellos no imaginaban que si todo salía bien, serían apenas diez o quince segundos.

Por fin llegamos junto a ellos y apilamos las cajas a su espalda. Cada uno por un lado de la gran torre roja aparecimos, y la cara de Alí fue todo un poema al ver a Jaime.

—¿Tú qué coño haces aquí? —preguntó temiendo lo peor y en claro ademán de ir a sacar un arma.

—Yo que tú me quedaría muy quieto, Alí.

Esta vez era yo el que hablaba con mi Veretta montada y apuntando a su cabeza.

—Madero cabrón —fue lo único que acertó a decir.

Jaime le dio la vuelta contra la barra y le puso los grilletes reglamentarios. Le cacheó y sacó de su cintura un revolver Smith Wesson 38 Chiefs Special pavonado en negro y con las cachas de madera. Un leve chasquido desvió mi mirada hacia la mano derecha del chico que acababa de sacar la hoja de una automática. Todo fue muy rápido. A su intento de clavarme en el costado,  prevenido como ya estaba, respondí con un paso lateral cogiendo el antebrazo del arma con ambas manos, y golpeando con mi rodilla contra su estómago con tal fuerza que cayó desplomado ante mí. Le puse boca abajo contra el suelo, y los grilletes con los que solía jugar con Nuria en la Motilla, fueron dos cárceles para sus muñecas, tan apretadas, que no paró de quejarse hasta que su padre le dio una orden  que adivinamos aunque no entendimos. Alí me miró entonces fijamente y pronunció solemne.

—Te mataré, basura.

—Procura tener tu culo a salvo durante los próximos veinte años, igual con tu voz de morita alguno se enamora de ti allí dentro.

Entonces sonó su teléfono móvil en el bolsillo una y otra vez hasta que se quedó en silencio.

 

En el puerto habían mandado parar a la furgoneta y salir a los dos cachos de carne. Cuatro guardias con chaleco antibalas y armamento reglamentario escoltaban a los sicarios, mientras otros dos abrían todas las puertas y entraban dentro con un pastor alemán que, a juzgar por los ladridos que daba, debía haber olfateado algo verdaderamente grande. El que conducía sacó su móvil con disimulo e hizo intento de llamar, hasta que uno de los guardias se dio cuenta y de un culatazo se lo tiró al suelo.

—Pon las manos sobre la cabeza, a mi perro no le has gustado nada.

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