(T2) Por arte de magia -XXIV-

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Recogimos las cosas en un silencio tenso en el que flotaba la culpa. Aquel chapapote que todo lo manchaba, no hizo necesario ni siquiera el plantearnos cambiar de hotel para pasar la noche. Un nuevo hotel supondría una nueva cama y entre Fatine y yo se había instalado una especie de absurdo cordón sanitario. Viajaríamos hasta Algeciras en busca del primer barco con rumbo a Marruecos, y mañana sería otro día.

Antes de salir de la habitación, el sonido de la recepción de un WhatsApp con un escueto “¿Todo bien?”. Diana se interesaba por el final de la persecución. Si Fatine era muy inteligente, Diana no lo era menos. Lo escueto de su mensaje abría –o así lo entendí yo— un nuevo frente de tensión. Lo cierto y verdad es que a ninguna de las dos le había jurado amor eterno, y ambas sin embargo parecían demandarlo. “Todo bienfue mi escueta respuesta.

Embarcamos en el ferry de la una am. Viajar de noche nos otorgaba un plus de seguridad a través de la sorpresa; ese inhibidor de los percutores de las pistolas que uno tiene a veces en su contra.

Hicimos toda la travesía en uno de los salones destinados al pasaje, sentados en asientos contiguos, y con Fatine apoyando su cara sobre mi muslo, sin duda rendida por el cansancio, y acaso queriendo interponer cercanía a lo que había sido un comienzo absurdo, como lo son todos los de las guerras frías.

El casi medio siglo de protectorado francés en Marruecos, han calado algunas costumbres del imperio de Napoleón, e incluso se han expandido por los territorios del norte correspondientes en aquel reparto al protectorado español. La francofonía como segunda lengua es una de las marcas gabachas, y otra, son algunas especialidades culinarias que son ahora tan populares en aquella tierra, como su cuscús o su tajine de cordero y, una de ellas, las crêpes suzette cubiertas de miel, nos recompusieron en parte, estómago, cabeza y ánimo, en el interior de un café tangerino.

—¿Dónde será la entrega? —preguntó Fatine conciliadora mientras salíamos del café.

Saqué de mi cartera un papel con una dirección anotada y se lo tendí.

—¿Otra vez volvemos a Fez? Debí de haberlo imaginado.

—Hay otras cosas que aún no imaginas, pero pronto las conocerás.

Aquella sentencia enigmática dejó a mi acompañante algo taciturna, y a mí con la satisfacción perversa de generar una intriga ambigua.

Enfilamos por la A-1 en dirección a Kenitra. Serían dos horas si todo se daba bien, que en Marruecos y en este último tiempo  ya era mucho suponer. Luego tomaríamos la A-2 rumbo a Fez, previo paso por Tiflet, Jamisser, Mequinez y así, finalmente llegaríamos a la ciudad de las siete puertas, tras otro par de horas de silencios y alguna caricia de Fatine sobre mi mano derecha apoyada sobre la palanca de cambios.

Para el mediodía ya estábamos buscando la Ave des Almohades, y en ella, un palacete que había a la izquierda en la misma, entre ésta y las vías tren.

Paré el Opel frente a los portalones y le pedí a Fatine que me esperase dentro. Bajé del vehículo y golpeé con una de las grandes aldabas para que salieran a abrir. Pasado un rato se descorrió un cerrojo interior y  un hombre con cara de pocos amigos y traje impoluto me interrogó con la mirada.

—Bonjour, je demande au monsieur Massú.

Con un gesto de la cabeza me invitó a pasar.

Tras aquellas puertas había un jardín repleto de flores, naranjos y palmeras. Al fondo el palacete de corte clásico en decorado en ocres, con unas puertas chapadas en cobre remachado y un par de gorilas franqueando la entrada. El recepcionista  indicó en árabe algo a través del walkie talkie, y uno de los dos hombres de las puertas del palacete entró a buscar a alguien. Volví a lamentar no entender aquella lengua.

—¿Viene usted de Bilbao?

Me sorprendió la pregunta, y que me la hiciera en un español muy correcto.

—Digamos que sí.

Al poco, monsieur Massú me dedicaba desde lejos una sonrisa mientras avanzaba hacia mí con uno de los gorilas a su costado.

—¿Buenos días Sr…?

Buenos días. Soy el enviado de Aitor. Mi nombre no importa demasiado. Tengo un encargo que cumplir con usted, y he venido a iniciar la entrega.

—¿Está usted solo?

—No, señor Massú. Fuera en el coche está mi compañera. Ella está custodiando la bolsa.

—Pues salga y hágala pasar por favor. He oído hablar de su belleza.

Me abrieron una pequeña puerta lateral, con una invitación implícita a dejar el coche fuera. Al llegar al asiento del copiloto y abrir la puerta Fatine tenía la bolsa de Adidas sobre las piernas con la cremallera descorrida, y la misma cara que se le queda a uno cuando la chica de la curva desaparece de tu lado en el coche.

—¿Aquí no está el dinero?… ¿Qué está pasando comisario?

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