(t2) El armisticio -XXXIV-

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Había escuchado de parejas que aprovechando las últimas tecnologías, quedaban para cenar a través de Skype, cada uno en su lugar de estancia, pero compartiendo la cercanía virtual que a través del ciberespacio se puede alcanzar. Es verdad que el ser humano es muy de emociones. Lo es de las propias y de despertar las ajenas, y gracias a lo virtual somos capaces de sentir ahora, casi lo mismo o parecido que si estuviésemos piel con piel.

Mi teléfono apoyado sobre la botella de Ribera del Duero de manera apaisada, le ofrecía a Diana todo el encuadre de mis acciones.

—Hola guapo. ¿Vas a cenar?

—Ahora mismo. Me ha parecido buena idea compartir un ratito contigo antes de acostarme. Mañana no quiero levantarme muy tarde. Tengo que hacer varias cosas por la mañana, entre otras ir al banco y a comprar un traje que me sirva para moverme por Italia.

Sin perder la sonrisa, a Diana se le ensombreció un poco la mirada.

—¿Qué se te ha perdido en Italia?

—Nada. El vasco que me contrata sale mañana para Roma a firmar contratos de venta de conservas, y me ha pedido que le lleve allí el maletín que nos dio Massú en Fez para él.

—Pero se lo puedes llevar a Bilbao también antes de que se vaya —protestó— y así te ahorras kilómetros.

—En eso tienes razón pero, también quiere que le de allí seguridad. Ya sabes que la Mafia sigue silenciosamente viva.

—¿Y Fatine? —preguntó a bocajarro.

—Supongo que en Marruecos. ¿Por qué?

Yo sabía muy bien a qué se refería Diana al preguntar por ella. En el fondo me divertía que doña independiente tuviera esa vena posesiva guardada para mí. Se estaban activando en su interior mecanismos que ni ella tal vez supiera que existen. La primera vez que alguien va al gimnasio, acaba confesando que le duelen músculos de los que desconocía su realidad, y acaso fuera por mí la primera vez que la cazadora había ido a la sala de pesas y máquinas del amor.

Diana encendió un cigarrillo y le dio una profunda calada antes de contestarme.

—Hay casualidades…

Ahora el que jugaba era yo haciéndome el ofendido.

—No seas tonta. Desde que salimos de allí no he vuelto a hablar con ella. No sé cuándo irá a Italia, ni a dónde irá finalmente. Lo de Aitor ha surgido a propuesta suya —mentí— y serán 48 horas según me ha dicho.

Supongo que debió sentirse algo ridícula. Apoyó el teléfono contra algo y se echó hacia atrás en aquel sofá que yo tan bien conocía. En efecto estaba desnuda de cintura para arriba: aquella exposición era la firma de un armisticio.

—Si me invitas a comer mañana, te acompaño a comprar el traje… un consejo con buen gusto nunca está de más.

Otro mecanismo ligado a la posesión se acababa de activar en Diana. Reconozco que la oportunidad de hacer cosas en pareja no me disgustaba.

—De acuerdo. ¿Te va bien la cafetería de El Corte Inglés de Nervión? ¿A las doce?

No dudó ni un momento.

—Muy bien, allí nos vemos. Acaba de cenar y coge fuerzas. Un beso de gata.

Segunda evidencia del armisticio. Habíamos aprendido a hablarnos con segundas y hasta con terceras intenciones desde hacía ya mucho tiempo. La diferencia actual, era que empezábamos a transitar ahora otros territorios..

A la mañana siguiente, y tras pasar por la sucursal de mi banco a requerimiento del director, siempre empeñado en ofrecerme productos que me interesaban mucho y con los que la entidad casi perdía dinero por favorecerme, me dirigí a la quinta planta del centro comercial. Allí estaba Diana sentada con pose distraída haciendo ver que leía una revista, cuando en realidad miraba hacia la puerta a intervalos regulares. Entre uno y otro aproveché yo para colarme en aquel espacio impregnado de olor a café y pan de molde sobre la plancha, y rodeando por el contorno del mismo llegar junto a ella sin que se diese cuenta. Justo cuando levantó nuevamente la vista en dirección a la entrada, se encontró con mi beso al que correspondió subiendo el contenido más grados de los que yo esperaba.

—Siéntate anda. ¿Quieres un café?

—Claro, pero casi no necesito azúcar, ya se lo acabas de poner tú.

—Qué mentiroso, con lo goloso que has sido siempre.

—Siempre no ha habido besos como el que me acabas de dar.

Le pidió mi café al camarero y mientras lo traía contestó a lo anterior.

—Antes de buscar tu traje, me gustaría comprar algo de lencería, y no estaría mal que fuese a tu gusto. Ahora bajamos a la segunda, me pruebo y me dices.

Dicho y hecho. Al poco entrábamos en los probadores cargados de conjuntos. Diana los dispuso todos colgados por las hombreras, de las perchas del probador. Yo me quedé fuera, en el pasillo y pegado al fondo donde estaba el cubículo que ella había elegido, aunque los anteriores estaban vacíos. Al poco asomó la cabeza entre la cortina y la pared, y guiñándome un ojo me preguntó.

—¿A ver qué te parece el modelito?

Entreabrió la cortina y en el espejo vi su cuerpo de espaldas completamente desnudo.

—Pasa —me invitó— para que lo veas mejor.

No dudé en aceptar la invitación a ratificar el armisticio.

 

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