(T2) El albañil que todas llevamos dentro -III-

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Las mujeres hemos sobrevivido con una decencia y un saber estar dignos de elogio los vilipendios lingüísticos de los machos ibéricos a la hora del cortejo. Y es que claro, la vida no está plagada de Benedettis, y me tendréis que reconocer que hay piropos que hacen que a una le tiemblen las piernas… de miedo. Porque puestas a ser objeto de agasajo, casi que es preferible ser el blanco de una burrada correcta que tener que escuchar un intento de seducción poética con frases del tipo “tienes una sonrisa Profident”. Déjalo, Bécquer, mejor otro día. Pero, ¿no es cierto que cuando nos toca a nosotras dejarnos llevar por las bajas pasiones, somos mil veces peores que el más curtido oficial de primera? ¿No es verdad que si el hombre que desata nuestras alabanzas supiera de nuestros excesos, tardaría mucho tiempo en no sentir vergüenza ajena al mirarnos a la cara? ¿Es una especie de venganza que servimos fría, por tantos y tantos años de desigualdad? ¿Nos deslegitima eso para criticar que se nos siga considerando mera mercancía?

Al tercer día de estar en aquella preciosa casa, ya habíamos establecido las rutinas. Solíamos levantarnos temprano, desayunar en el porche del jardín y salir de excursión hasta mediodía, para dejar que los niños disfrutaran de la piscina por la tarde. Algunas noches salíamos al pueblo  y otras nos quedábamos tranquilamente conversando en casa, con una copa en la mano. Por supuesto, se hablaba de Eme. Al principio, ninguna se atrevía a mencionarlo, pero para cerrar capítulo había que enterrar al muerto. Así que una noche decidí hacer el velatorio y me dejé el corazón abierto sobre la mesa del jardín, explicándoles a mis amigas que yo aún creía firmemente que él había estado enamorado, y que sólo las circunstancias le habían obligado a su partida. Pero por más que me esforzaba en hacerles ver a Eme desde mi perspectiva, de transmitirles cómo lo había visto abatido, llorando, apoyado contra mi cama el día de nuestra despedida, ellas se mantenían férreas en sentenciar que aquello no podía haber sido amor. Por amor, se hacían grandes locuras, no grandes sensateces. Y si él se había ido, si había puesto en una balanza lo nuestro, y había elegido, yo debía entender que cuanto antes aceptara aquella verdad irrefutable, antes podría sanar.

Intentaba que las actividades me absorbieran, pero me seguía sintiendo absolutamente rota por dentro. Sin embargo, el sexto día sucedió algo que marcaría el cambio definitivo de rumbo. De la forma más tonta, de la manera más soez que una mujer decente pudiera esperar.

Habíamos avisado al dueño de la casa de que la lavadora no funcionaba. No es que fuera fundamental, al fin y al cabo nos quedaban tan sólo cuatro días más de vacaciones, pero Mariluz había insistido en llevarse el máximo de ropa limpia de vuelta, enumerando sus innumerables ventajas,  de forma que ahora ninguna quería llenar las maletas de ropa sucia. El casero nos prometió enviar a alguien a echar un vistazo. Y esa misma tarde, mientras los niños hacían suya la piscina como siempre, y nosotras ocupábamos las tumbonas dando buena cuenta de una botella de ron añejo que habíamos comprado en el súper, sonó el timbre de la casa. Mariluz se levantó a abrir y se perdió detrás de la cristalera del salón. Cuando apareció, con una sonrisa pícara en la cara y las gafas de sol colocadas en la punta de la nariz, supimos que algo bueno había pasado. Detrás de ella caminaba un chico de unos treinta años, salido de alguna revista de malos malotes: un metro ochenta de altura, pelo oscuro, y unos brazos con los que podía haber estrangulado al mismísimo King Kong. Mariluz lo condujo hasta el cuartillo lavadero, en el otro extremo del jardín, al tiempo que nos decía:

—Chicas, saludad al técnico.

Todas levantamos la mano a modo de saludo, deslumbradas por aquella sonrisa de marfil, y seguimos sus pasos hasta que Mariluz, con cuatro coqueteos más, lo dejó dentro del cuartillo y volvió con nosotras. Desde nuestra privilegiada posición, continuábamos mirando a aquel chico, ahora agachado, maniobrar con el electrodoméstico, tensando y destensando músculos, y quizás algún que otro tornillo.

Por supuesto, Diana fue la que rompió el hielo:

—¿Os estáis imaginando lo mismo que yo?

—En esta ocasión, no sé si tu mente puede llegar al nivel de la mía, amiga —respondió Emi socarrona, sin despegar la vista de aquel saco de músculos—. Yo me lo estoy imaginando con un uniforme de policía viniendo a detenerme.

Sonreí por lo bajini. Las demás se partían de risa, entre el calor y alcohol, el pobre chico sólo era la mecha que había encendido las brasas. Iban de ocurrencia en ocurrencia, a cuál más subidita de tono.

—¿Policía? Amiga, estás obsoleta. A ese lo metía yo en mi cocina con un delantal solamente y lo embadurnaba de harina—añadió Mariluz—, que me cogiera entre su pecho y el rodillo de cocina y amasáramos así diecisiete kilos de pan.

Yo no daba crédito. Mis amigas habían desarrollado la capacidad de ignorarme, se habían acostumbrado a mi presencia taciturna sin que participara de sus locuras, y tuve que incorporarme en la hamaca para mirarlas de frente. Siguieron con su mirada fija en el cuartito lavadero, obviando mi estupefacción. La reina de todas las cazadoras tensó la cuerda:

—Me gustaría verlo sólo con una toallita de bidé minúscula, con una cuerdecita atada a las caderas.

Dios, aquello se estaba desmadrando, pero he de reconocer que me hacía muchísima gracia ver a mis amigas en esa actitud. Desde luego, las mujeres éramos las peores cuando se trataba de ser vulgares.  Y cuando menos lo esperábamos,  Emi soltó por esa boquita:

—Yo solo sé que a ése me lo embutronaba yo.

Me quedé de piedra. Todas lo hicimos. Durante una fracción de segundo no podía creer lo que aquella amiga mía había dicho, ¿había dicho embutronar? ¿En serio?  ¡No se podía ser más gráfica! Mi amiga Emi había sido poseída por el espíritu de un albañil. Entonces noté cómo volvía una sensación que hacía demasiado tiempo que no sentía. Estallé en una carcajada increíble, larga, sonora. Me reí hasta que me empezaron a doler los abdominales, hasta que tuve que sujetarme las mandíbulas porque creía que se me desencajarían. Me reí y lloré al mismo tiempo, dándome cuenta de que no había mal que durara cien años, feliz de contar con aquellas tres locas que habían sido capaces, una vez más,  de rescatarme de las profundidades.

 

Image by klimkin on Pixabay

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