(t2) Ahí va mi resto -XXVII-

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Mi modo alerta era máximo. En ese estado comprendí enseguida que no me sería fácil relajarme. Durante mi paseo por Fez y mientras caía la noche, repasé una y otra vez cada secuencia, cada instante, buscando algún error que me permitiese anticipar lo que estaba por venir. Todo lo sucedido estaba bastante claro en mi mente. Ahora tenía que improvisar el presente para que el futuro fuera feliz. Recordé que había dicho a Diana que el BMW estaba en el parking del Hotel Príncipe de Asturias, cuando el nombre era en realidad Hotel Campo de Gibraltar, de la Avenida Príncipe de Asturias. Muy pocos errores había cometido hasta el momento, para el cúmulo de situaciones que se estaban cruzando en nuestras vidas desde que salí del chalet de Nuria en la Motilla aquella madrugada. Escribí a Diana con la corrección, y enseguida me respondió. “No te preocupes, ya lo había imaginado al buscar en Google. He quedado mañana con el picoleto en la cafetería. Parece majo por teléfono. ¿Es guapito?”. Sin duda lo último y un emoticono guiñando un ojo con cara de pillo, tenía una perversa misión. Si yo le contara que iba al encuentro de un par de damas, de aquel póker del que ella formaba parte.

El hedor insoportable de la Curtiduria Chouwara se extendía por las calles aledañas. Hacía mucho rato ya que el sol se había puesto y, salvo algún grupo de turistas despistados, los lugareños iban desapareciendo paulatinamente del entorno. A la vuelta de cada esquina, observaba tras mis pasos por si alguien me seguía, sobre todo ahora que las calles estaban vacías del bullicio de la tarde. Todo parecía tranquilo.

Fue en una zona de soportales llenos de comercios ya cerrados, pero en algún caso con escaparates iluminados dónde las encontré. Allí estaban las dos: Shaina y Zareen, vestidas de turistas pero llamando la atención por su espléndida belleza.

—Hola chicas, no sabéis cómo me alegro de veros.

Se giraron a la vez mostrando sus sonrisas más amorosas. Miraron alrededor buscando miradas indiscretas o recriminadoras, y ambas estamparon sendos besos sobre mis labios, tan cálidos y tan hermosos, que quizás, y en ese instante todavía estaba en cuarentena, la tensión que durante toda la tarde había atenazado mis hombros, terminaría por desaparecer.

—¿Me habéis echado de menos?

—A un marido siempre se le necesita cercano —contestó Zareen guiñándome un ojo que me recordó el del emoticono de Diana.

Pude haberme agobiado con la palabra marido, pero lejos de ello, llene mis pulmones del aire infecto de aquel barrio  y asentí con la cabeza. Había una petición implícita en sus palabras a la que si las circunstancias eran propicias no iba a renunciar. Todos tenemos un lado canalla.

—¿Supongo que Fatine os ha contado?…

Esta vez intervino Shaina con la resolución de quien lleva por delante las decisiones familiares.

—Nos ha contado poco es verdad, pero lo suficiente como para saber qué hacer esta noche. Las tres nos conocemos desde el colegio, y la mayor parte de las veces no es necesario que hablemos para saber las cosas. Al llegar a Fez nos hemos hospedado en el Hotel Riad Jamai. Después de cinco horas y media de viaje, ya puedes imaginar que nos apetezca mejor que cenemos los tres allí, y luego subes a dormir con nosotras. Nadie va a preguntar si estamos dos o tres en la suite.

Cenamos en un patio interior tan ricamente decorado como es costumbre en la cultura musulmana. Jazmines y damas de noche aromatizaban aquel lugar, que en un ambiente de luces muy cálidas, hacían delicioso estar allí. Nos acomodaron junto a una pequeña piscina que parecía surgir entre pilares de zócalos forrados de mosaicos de diminutos azulejos exquisitos. Era el momento de asumir que en efecto, las circunstancias comenzaban a ser sumamente propicias, y que al menos por aquella noche podía apartar mi mente de las otras dos damas de mi póker. Me prometí no volver a pronunciar ni en mi pensamiento hasta la mañana siguiente, los nombres de Fatine y de Diana.

Me llamó sobremanera la atención la estructura de la cama de la suite. Toda en forja sencilla, y rematada en unas barras que ascendían hasta formar la estructura de la que colgaban doseles en gasas rojas.

Me propusieron esperar sentado sobre uno de los sillones de cuero marrón, mientras ellas salían del baño. Escuche sus risas, y su conversación, a veces en francés, y otras en árabe, éstas, volvía por enésima vez a repetirme, que tenía que aprender aquella lengua de los califas.

Por fin salieron envueltas en sendas toallas ajustadas sobre su pecho y casi de puntillas llegaron hasta la cama, descorrieron el dosel y se perdieron tras las gasas de rojo pasión.

—En el baño tienes una toalla —me gritaron a coro entre carcajadas—, te estamos esperando.

Así, con una pareja de damas, estaba dispuesto a saltar la mesa y bien a fondo que pensaba en emplearme. Todo el desarrollo de la partida se pierde tras el telón del dosel de roja y apasionada gasa, hasta que por fin, exhaustos y felices nos quedamos dormidos.

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